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lunes, 29 de febrero de 2016

Matar a un colibrí

Colibrí de Fernández de Molina



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    El pájaro más extraño es el vicicilin, el cual no tiene más cuerpo que el abejón, pico largo y delgado. Se mantiene del rocío, miel y licor de las flores, sin posarse sobre la rosa; la pluma es menuda, linda y de muchos colores; la estiman mucho para bordar con oro, especialmente la del pecho y pescuezo; muere o se adormece por octubre, asido de una ramita con las patas, en lugar abrigado; despierta o revive por abril, cuando hay muchas flores, y por eso lo llaman el resucitado, y por ser tan maravilloso hablo de él, escribe el cronista de Indias soriano Francisco López de Gómara, que no conoció la palabra “colibrí”, que data de 1769 y proviene del francés, adonde llegó desde las Antillas francesas.

    Al emperador Maximiliano lo fascinó el colibrí, joya del paraíso, porque podía participar de los tres reinos naturales, flor fantástica y piedra preciosa a la vez.

    Sólo al Madrid podía darle, como a Maximiliano, por montar su imperio sobre el aleteo de un colibrí.

    Modric (Lukita, para los cronistas de la pomada) es nuestro colibrí: “El pájaro mosca que en la flor ahonda / zumbando y luciendo prosigue su ronda / como una esmeralda que lanza su honda” (José Juan Tablada). Zidane tendió al puma de Simeone la celada del colibrí, y el puma se comió al colibrí como ya le gustaría al pobre Silvestre comerse al mamón de Piolín.

    ¡Matar a un colibrí!

    Eso hizo Simeone en homenaje funeral a la Harper Lee de “Matar a un ruiseñor”, muerta el otro día.

    Mató al colibrí y se acabó el Madrid de “Sisú” emperador.

    Por cierto, ¿qué ventila Carvajal, ese Sergi Barjuan mesetario, jugando con un colibrí?

    Asesinado el colibrí, Zidane iba y venía por la banda con una levita de Mortadelo y escupiendo tortillas francesas.

    –¡Es tan elegante! –suspiran los piperos.

    Y siguió sacrificando niños canteranos al insaciable dios puma del Manzanares, a quien el madridismo debe agradecer su franqueza para poner fin a la Liga en el Bernabéu, acabando con el insufrible responso de los segundones (Ancelotti interiorizó en el Madrid el discurso del segundón): “Hasta el rabo todo es toro”, “La procesión no acaba hasta que pasa el último cura”, “Hasta el último minuto vamos a darlo todo”, y así.

    –¡El balón es como liebre! –exclamó Doña Croqueta en mitad de la transmisión del derbi.
    
Para que luego Errejón, el becario black del comunismo español, madridista y gafotas, diga que “las palabras son colinas”.

    El balón era como liebre, Modric era como colibrí y Zidane era como enterrador de Vinergaroon en “El forastero”. Cómo será la cosa, que Ancelotti ya ha salido a decir que Zidane tiene que seguir el año que viene "pase lo que pase", que es lo mismo que próximamente pedirán públicamente Simeone y Lui Enrique, “orfeonados” por el agit-prop mediático y la épica del señorío pipero.
    
Los títulos son importantes, pero más importante es que los futbolistas estén contentos. “Lo importante es que los jugadores estamos contentos con Zidane”, dijo el capitán tras el empate en Málaga.

    Si cayera Zidane, no me sorprendería que Ramos se pidiera para el banquillo al refugiado sirio de Getafe Osama Abdul, que en TV tiene pinta de simpático.


Colibrí de Fernández de Molina

EL GRITO DE MUNCH

    Las Desdémonas de Luis Enrique pasaron por Londres, donde ya nadie critica que se desmayen, sino que lo hagan gritando. “Cuando los jugadores del Barça caen, gritan”, se admiró el pasmado de Wenger. Y con eso condicionan al árbitro. Tengo observado que los jugadores del Madrid también gritan al caer, pero su grito es silencioso, como el de Munch. Kroos, que es uno de los que más se tiran, se desploma como si padeciera el mal de la piedra. Decepciona mucho un alemán, cualquier alemán, echándose como una mula vieja. Es como si a Occidente le fallaran las piernas. Porque Isco también cae, pero su grito no es el de Munch, sino el de su peluquero. Uno ve a Isco en el suelo y sólo se acuerda de su peluquero. Luego, en la calle, el piperío vanguardista grita bajito “Cristiano y Benzema mercenarios”.




Colibrí de Fernández de Molina