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miércoles, 3 de febrero de 2016

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Ignacio Ruiz Quintano
Abc

En Madrid, la presidenta Cifuentes ha puesto a sus diputados a patrullar las calles por distritos, porque dice que en eso consiste el sistema de representación británico, y nadie la manda a esparragar, ni siquiera los periodistas, que andan ocupados con las primarias americanas, que les parecen, en general, peores que las españolas (!), y con Donald Trump, al que señalan como tonto, siendo multimillonario en la economía más competitiva del mundo, o como fascista, siendo candidato a la presidencia en la única democracia conocida, mientras en España continúa el guirigay partidocrático cuya única novedad son las etiquetas, con los mirones que llamamos analistas observando los vestidos de los jefes de partido como al vuelo de las aves.

¡Pablo de negro en Palacio!
Pablemos cree de buena fe que lo admira el mundo, y al vestir de salmantino luto, él, que ya desdeñaba las corbatas y la inteligencia, desdeña también el ego, pues el negro lo rebaja. O puede que le haya ocurrido lo que a Martín Artajo cuando sustituyó en Exteriores a Lequerica y presentaba credenciales el embajador inglés. ¿Uniforme de Falange? No era falangista. ¿Chaqué? Insuficiente. ¿Frac? ¡Ufff! “Venga usted con uniforme de embajador”, ordenó Franco. Por falta de tiempo para hacerse uno, el amplio Artajo pidió el uniforme al menos amplio Lequerica, lo que provocó el comentario de Foxá, presente en el séquito:
Yo sabía que muchos ministros cambian de casaca, pero es la primera vez que veo a una casaca que cambia de ministro.
Si Pablemos se presentó de Eugenio en Palacio sería porque le dijeron que no podía ir de tahonero, como el primer día, y alguien le prestó la ropa de Sixto Zabaneta, el señor de negro de Mingote.
Hay que decir que España es hoy la partidocracia peor vestida de Europa, aunque los franceses educados en Mazarino y Richelieu ya notaron la pobre indumentaria con que España había abordado su mayor gloria: el pectoral franciscano de Cisneros.