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miércoles, 3 de febrero de 2016

Gamonal y el Gaitu

 Con el nuevo Obispo, en uno de sus primeros actos

Llegada del alcalde al acto

Con los medios


Francisco Javier Gómez Izquierdo

      El reconocimiento de Gamonal al Gaitu quizás sea el colofón, en su caso glorioso,  al ciclo vital de una generación de niños de pueblo que fuimos llenando el barrio y que estamos próximos a la jubilación. Fuimos los últimos en estudiar un Bachiller al que llamaban Superior y los penúltimos en jugar al mus en las huelgas del 76 con los del Colegio Menor, donde el temible Polifemo aterrorizaba a unos alumnos de jersey azul, pantalón gris y unos zapatos amarillos, horrorosos en la época, que se han puesto de moda este año.

      En el Instituto Diego Porcelos predominábamos los gamonalinos porque los chicos del Barrio de San Pedro empezaban pronto a trabajar y los de la capital, no había más que verlos, eran más bien enclenques y debiluchos. Gamonal, en los 70, cuando se formalizó, tenía sus fronteras y sus límites no eran tan difusos como hoy día, y  que me corrijan si desbarro.

    Si tomamos la Calle Vitoria como la arteria de la ciudad y partimos de la plaza del Cid, que es donde empieza, la primera frontera estaba en el Gobierno Militar, donde la N-I robaba la calle y se la llevaba hacia tierras vascas. Para nosotros, ahí acababa Burgos. A continuación nos encontrábamos con la Barriada Militar, que nos era extraña y “pija” porque allí estaba la Ciudad Deportiva y se jugaba al tenis. La zona de El Plantío (plaza de toros, campo de fútbol y piscinas) era territorio de nadie y lo teníamos como una isla independiente y libre de influencias. Como la Quinta, era de todos.  Al final de los militares, y siempre siguiendo la calle de Vitoria, llegaba la Telefónica y el cruce de la carretera de Logroño, que casi paralela a la N-I llevaba a quinientos metros a Capiscol. En el edificio de la Telefónica empezaban las Mil Viviendas, que se hicieron sin aparcamientos y que fueron motivo hace dos años de un ensayo revolucionario orquestado por mozos inconformistas que tomaron el barrio creyendo que tomaban la Bastilla. Las Mil Viviendas era y es un tramo de medio kilómetro que acababa en los cines,  Ducal y Condal, donde vimos las tetas a todas las actrices de España y donde las Emmanuelles volvían cada seis meses.

     Ahí empezaba el Gamonal que se llenó de aldeanos. Muchos serranos se asentaron en Romanceros, la parte de San Agustin y Carretera Madrid en curiosa querencia por no apartarse del camino que los trajo de la patria. Imagino que por la misma razón, los juarreños (Ibeas, Santa Cruz, Salgüero, Tañabueyes...) preferían Capiscol, pero la mayoría (burebanos, la parte de Villadiego, Lerma...) compraron pisos donde se construían. En Gamonal.
     
Nosotros, el Gaitu, Alberto el frutero de Villusto, los Pineda de Santa Cruz, Juanjo y Colás de Villarcayo ó Toño el de Villadiego, al que hoy reciben ministros de la China, fuimos también los últimos que nos jugábamos un duro en el campo de fútbol del Silo contra los de la Inmaculada. En aquel tiempo, y para los de Burgos, un gueto peligroso. El campo del Silo, los chalets de Aviación, la campa del Hotel el Cid donde Cruyff, Kempes ó Del Bosque me tienen firmado en Don Balón, el cementerio donde hoy está el Liverpool, las casas de aquel hombre siempre vestido con mono azul... son hoy gigantescas colmenas de hombres que hicieron de Gamonal “un populoso barrio”.

   Una de las cosas que más sorprendió a  mi padre cuando me visitó en Córdoba era que había muchas personas por la calle y ninguna mutilada. Le chocaba tanta ociosidad, al lado de un barrio como el nuestro en el que en el hueco de la mañana todo el mundo tiene que hacer. Hoy ya no. Hoy en Gamonal vive mucho jubilado. Mucho desocupado que en la plaza de San Pablo y en la zona de la Iglesia cuenta en un corro donde daba la vuelta el autobús o donde quedaba la huerta del Moreno

Jubilados que en  estos tiempos sin Dios en los que nadie confiesa se acercan al cuartelillo del Gaitu, el hombre bueno al que el gamonalino de siempre le va con sus cuitas y sus problemas, en principio sin ánimo de denuncia hasta que el subinspector, que es Juanjo, lo vea y decida. El Gaitu es Gamonal porque siempre ha estado allí y por eso  no sólo asistieron a la entrega del Tito de Oro las fuerzas vivas de la capital, sino también los gamonalinos de toda la vida. Entre otras, mi madre, a la que el Gaitu besó como si fuera la suya.