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lunes, 18 de agosto de 2014

Fútbol de chiringuito


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    En Polonia vimos a un Madrid de chiringuito, palabro “inventado” en Sitges por Ruano, y que nos perdone el empingorotado académico de la bicicleta señor Muñoz.

    –¡Desde Varsovia un saludo a los chiringuitos de Estepona! –gritaban los locutores de la TV, que son como los Alcántara que según Beatriz Manjón acaban asomando siempre por Estepona.

    Si sería de chiringuito la cosa que a defender un córner, y vestido de Cristiano, o sea, de chiringuito, apareció un espontáneo polaco que se daba un aire a Lech Walesa. Ocurrió en la confusión de los cambios canteranos, cuando el chicle de Ancelotti era ya una tortilla francesa girando en la cuba de una hormigonera.

    De Cristiano, que a medida que crece se parece más a Cristina Higueras, los locutores del chiringuito decían cosas de una sicalipsis abracadabrante (lo sexual, que flota en el ambiente):

    –El miedo a Cristiano es que te la meta. Con él, recula, recula, o tócala con un compañero.
    
Y de aquí pasaban al “Pepe Imperial” y “Pepe Segundo Mejor Central del Mundo”, que eso es reinserción, y no lo que nos vende el Código Penal de la tía Concha (Arenal).

    También hubo elogios para Keylor, lo que prueba que no es competencia para Casillas. Keylor es un Casillas con hambre. Como él, vive bajo el larguero, donde lucen sus reflejos. Competencia es comparación, y eso, para entendernos, era Diego López, que poseía altura, dominaba el juego aéreo y jugaba con los pies, tres cosas que mortificaban al portero de Móstoles, razón por la cual López está hoy en Milán escribiendo cartas cuyo estilo literario elogiaron mucho los locutores del chiringuito, cuyo ídolo, en cualquier caso, es Toni Kroos.
    
El pipero es genéticamente germanófilo, y Kroos, sin saberlo, ha puesto en Madrid escuela “kroosista”, igual que le ocurrió a Krause con el krausismo, que, bien mirado, vienen a ser lo mismo: una ética del pase que no tiene pase.

    Pero el pipero es genéticamente ingrato, y nunca reconocerá los dos regalos de Guardiola, que son la Décima y el “kroosismo” de Toni Kroos, centrocampista con tatuajes, ay, pero cien por cien Wehrmacht, que pide a voces un tres cuartos de Hugo Boss para dar órdenes a Modric, que a su lado es más paje medieval que nunca.

    –¡Qué importante es direccionar como Kroos! –dijo uno del chiringuito.
    
¡Y ser reactivo como Keylor! –dijo otro.

    –¡Como Felipe II! –añadió un tercero, como si se hubiera metido una botella de la marca.

    Kroos, ciertamente, tiene el don del primer toque: definido por Cruyff, el primer toque consiste en parar, templar y mandar con un solo… toque. Con su toque, Kroos, sin quererlo, aporta al Madrid un tiquitaca vergonzante (como el comunismo de Podemos), aquella cortecita en la boca del viejo sin dientes con la que tan bien se lo pasaron los amigos de Xavi en el Barcelona.
    
¡Golpea con la cadera! –gritaban, con alborozo, los chiringuiteros–. ¡Tiene la cadera de Beckham!
    
Y en lo que miras los caderazos (que tampoco son los de la Bacall) de Kroos, tira el hijo de Marcos Alonso y has perdido un partido que a mí sólo me compensó el jab zurdo de James.




FIJARSE MUCHO
    Donde fueres, haz lo que vieres. Un vestuario tiene algo de patio penitenciario. Y nada más caer en Madrid, Keylor Navas dijo que él se fija mucho... en Casillas. Fijarse mucho, como los cárabos, que algo de porteros de la noche en el campo tienen. Fijeza de cárabo y, en terminología pipera, “mucho tren inferior” son las armas de Keylor en el Bernabéu, donde sin prensa tampoco llegará lejos. Y fijándonos como se fijaría él, en Polonia descubrimos que Keylor celebra los goles propios… como Casillas (salvo la noche del City). La pregunta de la Esfinge a Keylor: “¿De qué color es un camaleón ante un espejo?”