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martes, 19 de agosto de 2014

Los victorinos de La Malagueta (con una serie de naturales del Cid)

 El cartel

 Mejor con un buen jamón

 El yate del mexicano al que han colocado lo de Zalduendo

 A la Malagueta

 El torero y sus circunstancias

 La A coronada

 El paseíllo

 El primero
Descontrolado, nº 1

 La gaviota de Perales

Se van


José Ramón Márquez

Después de la hombrada de Madrid, de esas dos corridas que sirvieron para redimir a toda una Feria, y me refiero a dos corridas tan importantes como las de Victorino y Miura que pusieron punto final a la malhadada Feria del Isidro 2014, era una obligación volar a Málaga a ver la reedición de esa misma propuesta. En ese sentido hay que felicitarse de que la nueva Empresa que gestiona la Malagueta haya decidido apostar por una feria breve y enjundiosa. Lo de Feria va por las de Victorino y Miura, que es la Feria en si, y luego está la festivalería del arte y el harte, arte y parte diríamos, rematada con una en que se comenta que el Pétreo de Galapagar va a torear subido en un caballo, un caballito de la feria para extasiar a los del pantalón teja, la melena distraída y el zapato sin calcetín. Allá ellos.

Podemos ponernos exquisitos y decir que esta corrida de Málaga no ha sido una corrida de Madrid... según y como, porque esta corrida de hoy no anduvo tan alejada de la de Madrid del año pasado, regalo especial del ganadero a Talavante para que triunfase y ocasión que se le fue al torero de manera manifiesta. No echó el paleto en Málaga una como aquéllas de cuando Ruiz Miguel, pero el albero de La Malagueta, tantas veces mancillado, volvió a ser hollado por el toro de lidia, el que infunde respeto. Un ejemplo: sale un toro, se va a un burladero y le mete un cabezazo seco hundiendo el pitón en la sólida madera y haciendo un agujero de buen tamaño; otro, está un peón tratando de encelar al toro para cuartearle en banderillas y el animal no se fija apenas en él porque mira insistentemente al primer banderillero, el que la había clavado los pares con anterioridad, recordando que ése le había hecho pupa... detalles de esos que te hacen darte cuenta de que lo que hay en la Plaza es el toro, y no la mona da todas las tardes. Si contamos además con que los toros acudieron al caballo con presteza empleándose, que se fueron al otro mundo sin mostrar sus lenguas a los espectadores, que regalaron embestidas de cabeza humillada y de buen son, que exigieron de sus matadores colocación y buenas maneras y que dos de ellos se fueron al desolladero con los aplausos del antes llamado respetable, tenemos un dibujo más que halagüeño de la corrida que se vio esta tarde en Málaga.

En cuanto a los toreros encargados de dar fin de ella, Cid, Castaño y Escribano, habría que decir que ninguno de ellos sorprendió, es decir que los tres estuvieron de la manera que se esperaba de ellos. Manuel Cid hizo el año pasado, ya se dijo en estos agoreros Salmonetes..., la mejor faena que se pudo ver en el año 2013 para aquellos que buscamos en el toreo la autenticidad y la verdad de un estilo de toreo que está en vías de extinción. Esa grandiosa faena se construyó muchísimo más en la lucha de Manuel Cid contra sí mismo que contra el toro, no haciendo caso al cuerpo, que se defiende y le dice ‘no vayas ahí’, sobreponiéndose a sí mismo y poniéndose en el sitio. De alguna manera hoy hemos visto esa misma dimensión del El Cid en su segundo, en una faena en la que el torero no está a gusto en el sitio que él sabe que debe pisar, por las condiciones del toro y por la esencia del toreo del espada, y poco a poco se va convenciendo de que debe invadir el terreno del toro, quedarse quieto, presentar la muleta por delante, tirar del animal y rematar atrás con ese golpe de muñeca que sólo tienen los elegidos. Faena de menos a más, en la que casi se podía palpar el pensamiento del torero y la manera en que se va dando cuenta de que lo puede hacer, que acaba en una serie de naturales espléndidos con el torero encajado, tirando del toro con dominio y mano baja, rematada con su clásico farol. Como es natural mata de pena, pero eso ya es algo con lo que se contaba. En su primero, toro que salió flojo o acalambrado, se vio perfectamente cómo un buen trato en el caballo es esencial para hacer mejorar las condiciones de los animales. Lo picó muy bien, con mucho tiento el hermano de Espartaco y tras el tercio de varas el animal no volvió a doblar las manos.

Castaño tuvo el toro más claro para el triunfo, el quinto de la tarde. A este toro lo picó de manera magistral Tito Sandoval, demostrando de nuevo sus condiciones de jinete y de consumado picador de toros. El toro era una máquina de embestir, con vibración, con alegría... un festín. Todo el mundo conoce las carencias de Castaño y el hombre estuvo frente al bicho acompañando sus embestidas, rematando los pases  más bien por alto que por bajo, haciendo lo que sabe, que en este caso estaba bastante por debajo de las condiciones del toro, en una faenita sin mucha enjundia en la que todo lo bueno lo puso indiscutiblemente el toro. Faena festivalera del gusto del público menos exigente, pues verdaderamente el animal no paraba de ir y venir, y desilusión mayúscula de la docta cátedra que veía cómo el toro se iba al Valle de Josafat sin que le hubiesen dado un sólo muletazo digno de tal nombre. En su primero, siendo el toro de peores condiciones, la labor porfiona del torero tuvo más lustre al prevalecer en ella las condiciones de valor del torero frente a las dificultades del animal.

Y Escribano, permítase el chiste fácil, echó otro borrón. Yo no digo que haya toreado la mar de bien por ahí, pero sí que digo que yo personalmente desde el fulgor de la tarde de Sevilla con los Miura, cuando sustituyó al Pequeñín de San Blas, no he vuelto a ver en él nada que despierte el más mínimo interés. Su extremada vulgaridad como banderillero no es nada al lado de su falta de concepto lidiador. A su primero, tras un innecesario saludo por ayudados donde demostró que el toro aceptaba la distancia, se encajó encima del bicho y ahí estuvo ahogándole, atosigándole hasta que llegó la hora de despenarlo con un sartenazo. Y a su segundo, lo mismo, que el toro se movía y acabó harto, volviendo grupas y queriéndose ir a cualquier lado donde no estuviese Escribano.

Capítulo aparte es el de las cuadrillas. Cid tuvo durante bastantes años la mejor cuadrilla del escalafón, hoy con Alcalareño a la carrera prendiendo un palo y con Boni en las mismas, el más regular con los palos es Pirri; con el capote ya no hay asomo de aquellas eficaces bregas. Asistimos a un final. Castaño, por contra presenta sus espléndidas credenciales con Marco Galán, David Adalid y Fernando Sánchez, con esas delicadas bregas y con esa facilidad rehiletera que sirvieron para que hoy se volviera a poner la Plaza en pie. De los de Escribano poco hay que decir, pero en descargo del torero apuntemos que está bastante solo en la Plaza, porque los de plata no son lo que se dice una gran ayuda para él.