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domingo, 14 de febrero de 2021

Esto es lo que hay

 

Abc, 21 de Noviembre de 2001


Ignacio Ruiz Quintano

Entre sexualidad y sensualidad, decía Bergamín, no hay más que una «x» de diferencia, que es la incógnita por despejar, aunque no pueda ser despejada más que por el Demonio, porque detrás de la «x» de la sexualidad, que es una cruz, no puede estar más que el Demonio. Total, que el único medio de evitar la indecencia es evitar el misterio, y eso ha hecho el  fotógrafo Gómez Molina con algunos budas de la cultura gubernativa, que, haciendo piña, han corrido a posar coritos para un «inventario antropológico del ser humano» que se exhibe en Madrid.

 

Los antropólogos sostienen que el pudor es un sentimiento común en el mundo de los salvajes, sentimiento que, sin embargo, parece desvanecerse en el mundo de los cultos, como viene a poner de manifiesto esta muestra fotográfica cuyo artífice ni siquiera ha recurrido a otra cosa que dijo Bergamín: el truco famoso de Velázquez, el mechón de pelo sobre la cara de Cristo para taparla, y que cumple, con descaro tramposo, la voluntad engañosa del Demonio.

 

¿Recuerdan el reclamo de «El mono desnudo» en la solapa? «Después de leer este libro, nadie se verá igual al mirarse en el espejo.» Lo mismo ocurre con la contemplación de estos budas salados, que no salaces, de la exposición de Gómez Molina, que también podía titularse «¡Ahí va el Ebro!», y no porque se nos antojen toros, dado que, con semejantes láminas, no pasaría ninguno el reconocimiento veterinario en  una plaza como la de Madrid, lo cual no quita que en los pasillos del Conde Duque los visitantes de la exposición hagan suya la exclamación de los aficionados en los apartados de las Ventas: «¡Hace falta  valor!»

 

¿Valor? Sí, porque serán señores, pero están coritos. Lo que pasa es que no son unos señores cualesquiera: en pelota, esos altos cargos políticos representan el triunfo de la «línea clara», como se conoce la doctrina oficial de la cultura gubernativa, basada en la franqueza. La línea clara y el chocolate —del loro— espeso. Todos juntos quizás no den para despejar la incógnita de Bergamín, pero uno por uno vienen a confirmar el malentendido de Camba, para  quien siempre resultó un poco extraño que la gente suponga que el intelectual, por el hecho de llamarse o ser llamado intelectual, se atribuya a sí mismo más inteligencia que la de los otros mortales, y no suponga, en cambio, que el obrero manual se atribuya más manos.

 

La verdad  es que, hoy por hoy, en España, ni los obreros manuales tienen  más manos que los intelectuales ni los intelectuales tienen más inteligencia que los obreros manuales. Lo que vemos es lo que hay. Y lo que vemos en la muestra de  Gómez Molina, aunque graciosamente velado por el «hijab» poético de «La piel de la  mirada», es la cultura a culo  pajarero. ¿Acaso Jantipa no pegaba a Sócrates por la manía que él tenía de bailar desnudo para hacer ejercicio?

 

Nos queda por determinar qué es un desnudo. En su estudio de la  forma ideal sobre el desnudo, Kenneth Clark comienza con la distinción que la lengua inglesa hace entre el desnudo  orporal —«naked»— y el desnudo artístico —«nude»—,  palabra que no comporta, en su uso culto, ningún matiz incómodo. Por cierto, que este doble rasero del idioma inglés establece igualmente una distinción entre los animales de labor y los animales de mesa, entre el buey que tira del carro —«bullock»— y el  buey que hierve en la cazuela —«beef»—. Ahora, sólo por una fotografía, ¿cómo saber si nos encontramos ante un ejemplo de «naked» o de «nude», de «bullock» o de «beef»?

 


 Aquella España aznarí