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sábado, 2 de junio de 2018

San Isidro'18. XX de Feria. Se llama Cayetano y hoy ha conseguido que sólo se hable de él

 La oreja (sesenta minutejos) de Cayetano

José Ramón Márquez

Lo que son las cosas. No es lo mismo apellidarse Pérez hasta el quinto, como aquel inolvidable Tony Leblanc en Los Tramposos, que, pongamos por caso, apellidarse Ordóñez y máxime si estamos hablando de la cosa de los toros, que hay una serie de apellidos como Gómez, Vázquez, Mejías, Ordóñez o Roger, que para el aficionado medio representan la más pura idea de lo que son las dinastías en el ámbito de la tauromaquia. No es fácil portar esos apellidos si tu nombre aparece en los carteles y se da la circunstancia de que en tu DNI figura uno de ellos, porque el apabullante peso de la Historia está puesto de manera inmisericorde contra ti. Eso es algo que, en mi opinión y sin conocerle más que de una vez que fuimos presentados, siempre me ha parecido muy evidente en Cayetano Rivera Ordóñez desde el día de su confirmación, hace diez años por ahora, que él no quería pasar por Madrid sin dejar de alguna manera una huella y, desde luego, de no dar la impresión acomodaticia de ser alguien que tiene su temporada hecha a despecho de lo que ocurra en Las Ventas.

Mi opinión es que Cayetano ha venido siempre a Madrid con la  idea de hacer un máximo esfuerzo, que a lo mejor no repite luego por esas Plazas de Dios, con el fin de no dejar a nadie indiferente y afirmar orgullosamente el compromiso con los que le han precedido en los ruedos, a despecho incluso de sus carencias. No es fácil decidir a la edad de 27 años que lo que uno quiere es ser torero; es una enorme losa iniciarte a la edad en que muchos se retiran y decidir que lo que quieres es dedicarte a este complicadísimo oficio, aunque tengas cerca a personas de tu máxima confianza dedicadas a enseñarte, porque el toreo es algo que se empieza a aprender desde la más tierna infancia, y como prueba ahí está la fotografía de Gallito perfilado para entrar a “matar” a su hermano Rafael en la Huerta del Algarrobo de Gelves bajo la mirada atenta del señor Fernando El Gallo. La cosa es que Cayetano parece que quiere sacudirse de encima cualquier aire farandulero y, hoy mismo, ha sido torero durante toda la tarde y ha querido pisar el ruedo como lo hacen los matadores de toros, con aplomo y orgullo y dejar en la tibia tarde madrileña la presencia de sus aciertos y de sus errores, de lo que tiene y de lo que carece, sin mixtificación ni doblez. Y Cayetano ha dejado hoy lo más hermoso que se ha visto en todo lo que llevamos de feria, que es un bellísimo galleo por chicuelinas para llevar al caballo a su segundo, hecho con una naturalidad que echamos de menos cada tarde, con la velocidad de quien va simplemente dando un paseo y mientras tanto burla a un toro, con la verticalidad elegante y nada impostada de quien camina erguido. He ahí un recuerdo indeleble de la Feria 2018, pura torería hecha, armada y rematada. Y también una larga afarolada de las de cartel de toros de cuando en los carteles de toros se ponían bellas imágenes, y también un inicio de faena sentado en el estribo, cuatro ayudados, una trinchera, uno por alto… y también irse a recibir a su segundo a porta gayola, que no te lo esperas, y una espléndida media verónica de frente. Lo que se dice una actitud y unas ganas de no pasar desapercibido; y los detalles en que hay que fijarse, que le tira la montera al segundo para que se le arranque, tal y como hacía su abuelo, o que cuando va a brindar la muerte de su segundo a Curro Vázquez y a su hermano llega corriendo el pelmazo de la TV con el micrófono a husmear sus palabras y le suelta un manotazo para echarle de donde no debe estar, que a nadie le interesa lo que les tenga que decir en el brindis. Y ésas son las cosas buenas de Cayetano en esta tarde, ésas y lo de llevar una excelente cuadrilla, pensando en hacer las cosas fáciles al matador y en no crear problemas, en la que hoy ha brillado con el capote Iván García con el descompuesto y distraído sexto de la tarde. Y por otro lado sus carencias, que parece que carece de las habilidades necesarias para tratarse con el toro que no sea estrictamente de carril, el de ir y venir, y en el momento que hay que tirar de oficio le faltan las ideas y aquello no prospera, tal y como le ocurrió en su segundo, que demandaba toreo cruzado y tocar el pitón contrario y él se empeñaba en hacerle lo que a los más pastueños y bobalicones. En su primero enjaretó una faenita de altibajos rematada con una estocada atracándose de toro, algo desprendida y ejecutada con un saltito que resultó emocionante, por más que el animal terminó en morir. Don Trinidad López-Pastor Expósito atendiendo a la circunstancia de que hoy era viernes (dice el refrán: “Ve el viernes a Las Ventas / si quieres ver cortar orejas”) concedió de manera harto generosa una de las aurículas del primero de la tarde, provocando una fortísima división sustanciada en esta imagen: mientras yo abroncaba al torero por tan inmerecida oreja, la aficionada T. a mi izquierda batía las manos aplaudiendo. Cayetano consiguió que hoy sólo se hablase de él.

El resto del cartel estaba compuesto por Castella y por Manzanares III.

Lo de Castella es algo incomprensible, para que se vea cómo se las gasta Domb, empresario de Las Ventas y apoderado del torero. En vez de dejarle apurar las mieles de la Puerta Grande y Generosa que se llevó el otro día por vaya usted a saber qué merecimientos, y teniendo la formidable excusa de la lesión en el pie, en vez de sacarle de un cartel en el que su papel a priori es el del patito feo, presentar parte y sustituirle por quien sea sin menoscabo en la taquilla, porque quien hoy movía la taquilla no era Castella precisamente, va y le pone con el previsible fin de devolver las orejas tan poco justamente obtenidas, tal y como ocurrió a la postre. La diferencia entre sus dos trasteos estuvo en que el del primer toro lo hizo calzado y el del cuarto, descalzo, y en que en su segundo hizo el pase cambiado y espaldero y en su primero, no. La cosa fue primero de lejanías, con el toro teledirigido por las afueras por el pico de la muleta, y luego de  cercanías y arrimones, que no le sirvieron para meter el susto en el cuerpo a los de la ingesta del gin & tonic y llegó a dar la impresión de que se estaba poniendo un pelín espeso, sin que pareciese que nadie estaba haciéndole mucho caso. También dio el deleznable pase invertido circular, que debería ser multado de oficio, que hoy estaba que lo tiraba.

Y Manzanares, que sólo tuvo un toro porque el primero era la “Máquina de Huir de Victoriano del Río”, como una coña marinera del ganadero de las estrellas para los que el otro día hablaban pestes de otro manso de Dolores Aguirre. Se puso Manzanares frente al toro en el tercio frente al 9, le sacó un par de series en los que, acaso sin buscarlo, se quedó bien colocado para sacar un par de derechazos de enjundia y ahí finalizó todo, porque el bicho se fue corriendo al 1, al 2, al 3, al 4, al 5  y al 6 donde fue cazado por el inexorable y certero estoque de Manzanares. En el otro, durante el rato en que se medio movió, dio otra nueva muestra de su tauromaquia de pata atrás redimida para muchos por la estética que atesora el alicantino, pero ahí no hubo la fortuna de ver ni siquiera los dos destellos que se le vieron en el otro toro. Asombra que Manzanares no tenga los arrestos de venir a Madrid a tapar bocas a base de torear, que se sabe que puede hacerlo, que no se le pide que lo haga en todos los sitios, pero hacer un gesto un día, torear como él sabe, porque lo hemos visto, desoír los cantos de sireno salmantino de Matilla y firmar una faena de verdad en Madrid, y no esa cosa rococó del toro Dalia, sería una forma de abrirse camino en el pétreo corazoncito de una parte de la afición. Ni que decir tiene que a su segundo lo mató con idéntica eficacia que a su primero.

Y para el final los toros, por llamarlos algo. Los Victoriano del Río con la ya tradicional espuela de un Toro de Cortés (en realidad sería “unToros de Cortés”, que es el nombre de la vacada, aunque no case la concordancia), que visto lo visto esto se le está yendo de las manos y va a tener que echar mano del toro que clonó o de los hectómetros cúbicos del semen que tiene congelado este Fu-Manchú de la genética taurina, a ver cómo arregla el desaguisado, porque los toros fueron casi copias en sus modos los unos de los otros, y hoy como anteayer ni vamos a fijarnos en lo del comportamiento en varas, o lo de que se cayesen y terminasen los pases caminando sobre los codos, como aquél que dice, que si no le importa al ganadero ¿por qué nos va a importar a nosotros? Vamos a quedarnos en lo de las faenas de muleta, que es para lo que han sido criados. Pues el primero se entregó un poco al principio y a la de ¡ya! se largó a estar cerca de las tablas, que ahí se encontraba la mar de bien; el segundo es el de la maratón huyendo del que se habló antes; el tercero se acabó parando entre pase y pase y, lo mismo que su hermano, se encontró más a gusto en las tablas; el cuarto se tragó los del principio, repetidor, pero luego se paró y ya se sabe que sin ligazón hoy día no hay ná; el quinto sacó exigencias de toro cuando lo que de él se pedía era bobería sumisa, creó problemitas y además era más feo que Picio; el sexto tampoco estaba por favorecer la ligazón y le estropeó a Cayetano su 1 + 1 orejil que buscó con ganas y sin resultados. Los seis fueron tardos a la hora de echarse y dilataron la muerte en tablas, como marmolillos. Fracaso ganadero de Victoriano del Río, que a ver cómo va arreglando este desaguisado.

En la cosa del olivar hoy tenemos a Rafael Viotti que tomó el olivo en el primero de sus pares al cuarto y en el segundo de ellos hizo una carrera digna de un personaje de dibujos animados, colándose en el burladero de milagro, lo cual le valió una inexplicable ovación. Suso, Jesús González, hizo un pleno al tomar dos veces el olivo, una por cada uno de sus pares.

Antes se habló de Iván García, pero sería injusto no citar la perfecta brega de José Chacón al segundo de Castella.


Cayetano a porta gayola

El toro corriendo delante de los grises, que era Manzanares

 
Línea de Nazca