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domingo, 24 de junio de 2018

Europa, el "Aquarius" y Tocqueville: Historias de náufragos

 Preparados para el show


Jean Juan Palette-Cazajus

«Una ideología es literalmente lo que su nombre indica: la lógica de una idea […] Con su poder de explicarlo todo, el pensamiento ideológico prescinde de toda experiencia. Piensa que ésta no le puede enseñar nada nuevo, incluso cuando se trata de algo que acaba de producirse».
(Hannah Arendt: «El sistema totalitario»).

«La función de la ideología consiste en ocultar la realidad, y luego en sobrevivirle».
  ( François Furet: “Pensar la Revolución francesa).

No seré el único en considerar que estas dos citas reflejan de maravilla el comportamiento oficial en el estrepitoso episodio del «Aquarius» y su atribulado pasaje. Quede claro que también para mí resultó evidente que las condiciones en que se encontraba aquella gente en el momento de su rescate no dejaban lugar a duda sobre la necesidad de la acogida. Necesidad, pues, pero no razón suficiente para considerar tal acogida como arquetipo ejemplar del ejercicio moral kantiano, ni como la afirmación de un gesto ético procedente de un sujeto libremente determinado. Porque la realidad es que los problemas migratorios a que se vienen enfrentando tantos países europeos de forma cada vez más exponencial los tienen atrapados en una tupida malla de concatenaciones causales ajenas a su voluntad. De modo que frente a las más aparatosas demostraciones públicas de la compasión autocomplacida sólo los ciegos y los irresponsables fingirán creer que se trata de decisiones libremente determinadas. Hoy, ya no hay manera de ocultar que detrás de cualquier decisión que tomemos, está la pistola de los inexorables determinismos geográficos y demográficos apuntándonos fríamente a los riñones.
 
 Mediterráneo

Es de suponer que los técnicos del nuevo gobierno valoran mejor que cualquiera de nosotros la espada de Damocles que pesa sobre nuestras nucas. Por esto me pareció lastrado el  show de la acogida por una deriva caricatural y no tuve más remedio que pensar en el contumaz síntoma de ceguera ideológica ante la experiencia, descrito por Hannah Arendt en nuestra cita inicial. El colmo llegó cuando  la firma Benetton -fiel a sí misma- también intentó sacar sus buenos réditos de la triste aventura del «Aquarius». Su conocida maña para siempre recuperar en beneficio propio lo más «trendy» de la corrección política le hizo en este caso la puñeta al gobierno, que se vio involuntariamente emparejado, en materia de cinismo publicitario y comunicacional, con la codicia de los traperos italianos. Aquello resultaba tan abstraído de toda realidad cotidiana y tan marcadamente exhibicionista era el afán de proclamar la adscripción ideológica bondadosa, o la pertenencia a las últimas tendencias del «care», que los calificativos se atropellaban en mi cabeza: «grotesco», «esperpéntico», eran los más suaves. Pero no convenía ninguno. Lo que se impuso fue un sentimiento abrumador de irrealidad: habían logrado extraer de una realidad cotidiana tremendamente espesa y problemática un episodio casi rutinario, para convertirlo en excepcional función de beneficencia.

Ni así pensaba dedicarle unas palabras al clamoroso paripé. En realidad llevaba meses con la firme intención, una vez terminado el ciclo dedicado a los nacionalismos, de dedicar una reflexión exhaustiva al seísmo migratorio -hoy en sus temblores incipientes- y a sus ineluctables repercusiones sobre el destino de Europa. La contingencia atajó mis buenas intenciones. El tema me parecía tan necesitado de una rigurosa totalidad reflexiva que dedicarle siquiera unos párrafos al paréntesis del «Aquarius» me parecía distraerse inútilmente de lo esencial .
 
 Pensamiento "0"

Pero resulta que la anécdota del «Aquarius» era básicamente un episodio de lo esencial. Lo correcto hubiese sido acoger sobriamente el/los barcos de náufragos, asumiendo lúcidamente el acontecimiento como lo que era: una muestra más del acorralamiento ético a que están sometidos los europeos, frente a un tipo de situación particularmente indeseada, de la que no son responsables y de las que sabemos que a partir de ahora se volverán vertiginosamente cotidianas. Chirrió desagradablemente la decisión de  refocilarse en la comedia del buenismo ideológico y vender como un acto libre ante una situación excepcional lo que, al revés, no es más que impotencia frente a situaciones proliferantes y progresivamente fuera de control.

Bastarán unas palabras para recordar los fundamentos de la cuestión. En este caso presenciamos una vez más la habitual conchabanza entre sadomasoquistas interiores y aprovechados exteriores para estimular el inextinguible sentimiento de culpabilidad europeo y ordeñar habilidosamente la ubre de una debilidad compasiva, por otra parte históricamente ausente de otras áreas  culturales. Alguno quizá reconozca aquí algunas notas de la cantilena titulada «Agnus dei qui tollis...» infligida a los lectores entre finales de 2016 y principios de 2017 [Ver Nota]. En algún momento del ciclo, yo trataba de recordar las cifras esenciales. Nos ha vuelto a refrescar la memoria, estas últimas semanas, Stephen Smith, curtido especialista francoamericano de África, en un libro harto íncomodo, titulado «La ruée vers l'Europe: la jeune Afrique en route pour le vieux continent», («La estampida hacia Europa: La África joven en ruta hacia el viejo continente»). Los africanos eran unos 150 millones en los años 30 del pasado siglo. Llegaron a 260 millones en 1960, en el momento de las independencias. Hoy la población se eleva a unos 1300 millones que se habrán duplicado en el inmediato horizonte de 2050. Para entonces, la Unión Europea, hoy poblada por 512 millones de ciudadanos, habrá bajado a 450 millones. En Africa del oeste, el 40% de la población tiene menos de 15 años. Lagos, la capital de Nigeria que tenía 350 000 habitantes en 1960, tiene ahora 20 millones, con un 60% de menores de 25 años. En París son el 14%, (por allí andará Madrid). Dicho de otra manera: con un crecimiento parecido, España tendría hoy unos 480 millones de habitantes.
 
 Benetton y Gobierno: no "limits" publicitarios

 «Que Europa vaya a africanizarse está escrito de antemano» dice Stephen Smith. Escaso interés tiene una película cuyo final conocemos de sobra. Queda el escrúpulo intelectual. Notemos entonces que la incapacidad cultural o la renuencia para aprehender el problema demográfico suscitan perversas reacciones en cadena. Así, en Africa del oeste, el descontrol demográfico engendra la precariedad económica y la precariedad económica empuja cada vez más mujeres hacia la poligamia. Así, las coesposas se ven abocadas a rivalizar entre ellas para enviar el mayor número posible de ejemplares de la numerosa prole hacia el  Eldorado europeo y garantizar el porvenir de la familia, granjeándose de paso méritos ante el señor y amo. O así las familias, siempre extensas, se cotizan para reunir los 3000 a 5000 euros que exigen los traficantes para pasar a Europa. Que transcritos en la escala económica local constituyen un muy respetable peculio con el cual bastantes cosas podrían hacerse en África. Y así parece que de nada sirve recordar, una vez más, que no son los más pobres los que emigran. Y así tiende a desaparecer, entre los jóvenes africanos,  cualquier tipo de responsabilización laboral y social hacia la comunidad, sustituidas por la dependencia mental frente al espejismo del éxodo.
 
Y así, la propia labor de las ONG se ha convertido en tóxica. Sabemos que el patético simplismo ideológico de los militantes «no borders» lleva algunos a considerar los traficantes de personas como «aliados objetivos» en su cruzada contra las fronteras. No todas las asociaciones alcanzan tal nivel de indigencia ideológica. Pero no es menos cierto que los traficantes han aprendido a usar las ONG para mayor eficacia de su business y la triste paradoja es que unos y otros son colaboradores objetivos, al servicio de objetivos antagónicos: unos quieren lucrarse con las personas, los otros salvarlas. Los traficantes engatusan y tranquilizan su ganado humano: «No os preocupéis, si pasa algo siempre vendrán a recogeros». De modo que la labor de los segundos engorda el negocio de los primeros y estimula la avalancha. Esto fue exactamente lo que pasó con el «Aquarius», que recibió de los traficantes la información de que los barcos de refugiados estaban a punto de hundirse a proximidad de las costas libias.

El diario «Le Monde » tenía algunos de sus Tribuletes a bordo de los navíos que arribaron a Valencia.  Sus reportajes son harto reveladores: «Un francófono llamado Abou pide hablar con Ludovic D. (uno de los salvadores). “Tú eres el primer rostro que vi cuando me salvaste”, le dice sonriente. “Tiraste tan fuerte de mí para sacarme del agua que volé hasta dentro del barco”.  Para Ludovic, el hecho de que Abou se pase el día dándole gracias a Dios es un misterio:  “Yo -concluye-  tengo ganas de decirle: si estás aquí ¿qué esperas?”».
 
 Stephen Schmit

Una periodista cuenta: «Las madres, a menudo muy jóvenes, contemplan con envidia las muñecas Barbie que han regalado a sus hijas pequeñas».
 
«¿Qué esperas?» A la vuelta de dos citas, aparentemente anodinas, quedamos confrontados a la brecha cultural. La que explica en gran medida las respectivas situaciones económicas. Si la primera cita habla por sí sola, la segunda expone una de las peores lacras del África saheliana: la postergación de la mujer, su analfabetismo y los matrimonios precoces que la infantilizan y apartan definitivamente del protagonismo social, dando lugar al rosario ininterrumpido de embarazos. La ignorancia de la realidad europea y su mitificación son tan aberrantes que dentro de un año, dentro de dos, sin duda mucho antes, la mayoría de los pasajeros del «Aquarius» estarán desengañados, frustrados y empezará a sonar el tictac de la bomba del resentimiento.

 Alexis de Clérel, vizconde de Tocqueville (1805-1859) tuvo tiempo, en una vida demasiado breve, para ser aristócrata y demócrata, importante político y politólogo, sobre todo pensador cenital de la democracia. Hace pocas semanas se celebraron en los lares familiares del castillo de Tocqueville, en la punta de la normanda península de Cotentín, las llamadas «Conversaciones Tocqueville». Por cierto animadas por una brillante española, Ana Palacio. Llamó particularmente la atención la intervención de Pierre Manent, conocido historiador de las ideas políticas. La Unión europea se ha convertido -vino a decir-  «en una forma vacía de toda sustancia propia». Los europeos se han impuesto a sí mismos «una auténtica apnea moral. No se atreven a respirar». La energía que sus antepasados pusieron, antiguamente, en explorar, inventariar, conquistar u colonizar el mundo a partir de sus convicciones progresistas, la han reinvertido ahora en el vaciado de su ser interior. Este movimiento de retractación de las naciones europeas piensa que así prosigue la descolonización sobre el propio suelo.
 
 Pirámides poblacionales en 2007

Europa, siguió Pierre Manent, ha creído que una vez más se ponía a la cabeza de la humanidad, pero esta vez en sentido contrario: negándose a sí misma toda forma y todo contenido propios, exceptuando la idea de los derechos ilimitados del individuo y la obligacion moral de la acogida del otro (algo muy parecido traté de explicar el año pasado). Pues bien, esta extensión de los derechos individuales en detrimento del sentido cívico, Tocqueville la había identificado como uno de los mayores riesgos que corrían las democracias. Y así podemos leer en «La democracia en América» (traduzco de mi edición francesa): «Si los ciudadanos continúan encerrándose cada día más estrechamente en el círculo de sus pequeños intereses domésticos […] podemos temer que acaben por volverse inasequibles a las grandes y poderosas emociones públicas que perturban los pueblos pero contribuyen a desarrollarlos y renovarlos. […] Tiemblo, lo confieso, por que terminen dejándose dominar por un cobarde amor de los disfrutes presentes, que el interés por su propio porvenir y el de sus descendientes desaparezca, que prefieran seguir con molicie el curso de su destino antes que efectuar el brusco y enérgico esfuerzo necesario para enderezarlo» (II.3.21). A falta de mi propia reflexión, compensará con creces la de Tocqueville.
 
 Alexis de Tocqueville retratado por Chasseriau

No terminaré sin confesar una pequeña satisfacción de amor propio. Me pareció entender que la idea fundamental que constituía el telón de fondo de estas «Conversaciones Tocqueville» se parecía a la que latía en filigrana de mi modesto «Agnus Dei qui tollis...». La formularía así: ¿Debe Europa seguir siendo la vanguardia de la universalización del mundo, obsesionada por la idea de que le ha sido encomendada la misión de superar la noción de alteridad, o tiene derecho a expresar y reivindicar una identidad particular? Notemos que mal se entenderá lo dicho si olvidamos que muchos de los que se acogen a la pulsión universalista europea suelen aprovechar para encerrarse acto seguido en un férreo repliegue comunitario.

NOTA 1: Del citado trabajo salió un libro en la «Bibliotheca Bulbuentina» al cuidado del inestimable Tomás M. de V.
 
Castillo de Tocqueville