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lunes, 4 de junio de 2018

El mutis de Zidane

Espantá del gitano Rafael El Gallo


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Un Kennedy de nuestra Santa Transición, el liberal Joaquín Garrigues, fue el primero en hacernos ver que, si los españoles pudieran mirar por un agujerito (¡a lo Felipe II en El Escorial!) los consejos de ministros, correrían disparados hacia el aeropuerto de Barajas para tomar el primer avión que saliera al extranjero. Zidane, que no es español, tiene esos poderes (poderes de oír voces y de ver consejos de ministros), y el mismo día del cambio de gobierno hizo mutis por el foro.
El mutis de Zidane podría resumirse con la nota de despedida que dejó antes de suicidarse George Eastman, fundador de Kodak e inventor del rollo de película que haría posible una cosa buena, el cine, y una cosa mala, el turista.

To my friends: My work is done. Why wait? (“A mis amigos: Mi trabajo está hecho, ¿por qué esperar?”)
Es decir, que el mutis de Zidane nada tiene que ver con las “espantás” de Camacho, el hombre que nos trajo a Woodgate cuando podía habernos traído a Xabi Alonso.
La “espantá” es una creación de Rafael el Gallo, gitano, mas no supersticioso: en Granada una tarde le echaron el pellejo de una bicha; él se agachó delante del toro, lo cogió, se lo metió en la cintura, siguió su faena, lo mató de una estocada y devolvió al gracioso el pellejo de la bicha. Supersticiosas son las figurillas belenísticas de ahora, que sólo se ponen delante de las monas de Domecq, cuando Miura (ayer, por cierto, en Madrid) y Santa Coloma fueron las ganaderías predilectas de El Gallo, que explicó al Caballero Audaz la “espantá” con estas palabras:
El público no se explica las “espantás” porque no está delante del toro. Eso responde siempre a un extraño que hace el bicho, a una amenaza, y como no tengo piernas para confiar en ellas y, a una “tarascá” de él, pudiera echarme fuera de un salto, tengo que cogerle la vez al toro y salir por pies.
Aclarada la diferencia entre mutis y “espantá”, la retirada de Zidane en el Real Madrid parece digna de Santayana en Harvard, donde el filósofo español, amigo del ahorro y la vida sin lujo, planeó su retiro desde el día de su nombramiento, sin disimular “su aversión al materialismo y la santurronería” de la institución.

Zidane era el único imprescindible, y se ha marchado. Es normal que para sustituirlo se pensara en alguien con influencias de la cultura paranormal, y Pochettino, según el periodismo, cree en una “fuerza superior” que le permite “percibir cosas que van a pasar”:
Un amigo argentino me dijo que los limones atraen la mala energía y limpian el aire.
Por eso Pochettino (pedido por Camacho en el Espanyol) es un entrenador que trabaja cargado de limones. No uno, como Benito Floro; muchos. Cuando Mendoza vio por vez primera a Floro, pensó: “Éste me pide un autógrafo”. Y no. Lo que le pidió fue un limón, que luego su psicólogo daba a oler a los futbolistas, entre ellos Butragueño, que llegaría a sentirse como El Patuchas cantando el rap de los cuarenta limones.

Pochettino tampoco es un loco. Antonio Machado, al que Pedro Sánchez, el puertas que se ha hecho a sí mismo presidente, hizo nacer en Soria, resumió toda su infancia en el bulto verde de un limonero en un patio de Sevilla.

Y el limonero baila / con la encinilla negra.
Confiesa Pochettino que entrenado al Espanyol con Di Blasi, el preparador físico, hicieron “hasta hipnosis”.
Di Blasi analizaba al individuo a partir de su aura, y así fui aprendiendo a desarrollar mi sexto sentido. Hasta hoy.
Para quienes tomen a Pochettino por orate diremos que el aura es una cosa que el hijo del ganadero Victorino Martín, que es veterinario, medía a sus toros con fama de alimañas para transformarlos en “toros artistas” de Domecq.

Pemán, por cierto, preguntó un día a Lorca qué ventilaba Domecq, su pariente político, en el entierro del Camborio (“detrás va Pedro Domecq / con dos sultanes de Persia”), y el poeta le explicó que en todas las juergas flamencas había botellas… de Domecq.

Domecq en las juergas flamencas, y en los vestuarios de fútbol, limoncello.

Para sustituir a Zidane, el Madrid busca, y no lo sabe, a Daja Tarto.

Daja Tarto

RECUERDOS DEL FUTURO

La ausencia de Zidane mueve al piperío, que tiene el ojo como el juanete de Pogba, a poner su vista en Raúl, depositario de ese “señorío madridista” que se alegra con las Champions… del Barcelona. Sólo que Raúl no es Zidane: ni como jugador, que salta a la vista, ni como madridista (Zidane, que se sepa, lleva “perdonados” dos contratos). Y, desde luego, Raúl (“bueno, sí, ¿no?”) carece del aura de Zidane para los prodigios. En ese puesto resulta más imaginable Ronaldo, dirigiendo los rondos de Valdebebas vestido con la túnica de Rappel, pero Ronaldo se empeña en cerrarse las puertas del Cielo sacando de su alineación ideal a Cristiano, Casillas y Ramos.