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viernes, 8 de junio de 2018

San Isidro'18. XIV de Feria. Ni fiesta de Rehuelga ni desafío ganadero ni zambombazo de Cortés


Ἀγεωμέτρητος μηδείς εἰσίτω


José Ramón Márquez

Hay que ver lo contentos que nos íbamos hacia Las Ventas para retomar el pulso del toro, tras el innecesario paréntesis de la Beneficencia, canturreando con Pepe Pinto aquello de “…en el toro el cárdeno / y en el caballo el tordo…”, y quién nos iba a decir que al final de la tarde nos íbamos a llevar más alegrías gracias a los caballos que a los toros propiamente dichos. Para esta tarde de postrimerías de la Feria del Isidro 2018, de la que ya sólo resta un capítulo de Adolfo y un estrambote de Victorino para que doble en tablas, la inteligencia del think-tank Dombiano pergeñó un desafío ganadero, que es una fórmula moderna para traer toros de dos ganaderías, tres y tres, como una especie de competencia cuya finalidad se nos escapa. En realidad más bien parece que lo del desafío es un subterfugio para traer toros de ganaderías que, probablemente, no tienen una corrida completa para Madrid, y en esto me refiero de manera especial a la de Rehuelga, que tan sabrosa tarde de toros nos ofreció el año pasado.

Lo más normal, lo que pasaría en cualquier otro espectáculo, es que el público tuviera una mínima información de cómo se desarrollan los pormenores alrededor de su espectáculo favorito, tal y como pasa en el balompié, que se sabe todo acerca de cualquier circunstancia que se produzca, desde las tristezas o mohines de los jugadores y sus novias, las tremolinas del vestuario, las circunstancias todas que rodean el desarrollo de la competición o los dimes y diretes. En los toros no pasa nada de eso. En los toros todo se sabe de manera no oficial, porque uno tiene una amiga que es celadora en un hospital y se entera de que a Ureña lo han metido en una máquina que acelera la curación de sus vértebras, porque el primo de un compañero de trabajo es amigo de uno del equipo veterinario de la Plaza que le cuenta alguna interioridad del reconocimiento, o  porque el pollero del mercado es hermanastro de un banderillero. Parece inexplicable que nos tengamos que imaginar, en plena “sociedad de la información”, lo que ha tenido que pasar para que hoy hayan salido los seis toros del “desafío” y no tengamos una sola explicación por parte de Plaza1 sobre cuál es la razón por la que el desafío se hace sobre la base de dos de Rehuelga y cuatro de Pallarés, sobre cuántos toros se han visto, cuántos han sido rechazados y por qué razón lo han sido. Parece mentira que ahora que los consultores han encontrado una nueva mina con la que forrarse a base de la monserga de la Responsabilidad Social Corporativa o de la cantinela de la Transparencia, el planeta de los toros siga anclado en unos modos propios de la I Revolución Industrial.

Lo que también se ve es que, por exigente y argumentado que fuera el criterio que los eminentes doctores veterinarios les han aplicado a los toros, al final se ha conseguido una combinación perfecta, entre echados y acogidos, que no daba opción a que el poseedor de una entrada pudiese ejercitar su derecho a la devolución del importe de la misma, o sea que Domb y sus Dombos se habrán batido el cobre con el fin de que nadie pudiese ir a taquilla a recuperar la parte de su inversión en toros correspondiente al importe de una entrada, que Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita.

La verdad es que ni miro esas cifras que dan y no sé si los espectadores éramos 12.789 u 11.378, que como no soy el empresario me dan lo mismo,  pero lo que sí sé es que la Plaza presentaba un día más una entrada de muy poco fuste y que en esta Feria la asistencia del público ha sido mucho más escasa que en la precedente, sin ir más lejos. Está claro que lo de permitir no comprar todas las entradas del abono es una buena triquiñuela con el fin de dar rotación al público en los tendidos y que no sean los mismos durante un mes los que vean juntos las corridas, cosa que este año han conseguido de manera perfecta.

Como se dijo antes, la corrida se tituló “Desafío Ganadero” y los desafiantes fueron las ganaderías de Pallarés y Rehuelga, ambas de idéntico origen Buendía, por más que en el programa oficial, las páginas 8 y 9 las rellenen a base de diagramas de flujo ganadero que lían más que aclaran la cosa, con lo facilita que es. El caso es que se trajeron a los cuatro pallareses desde la provincia de Sevilla, esa ciudad ya rendida a los pies del Curro de San Blas, y a los otros dos hermanos desde Benalup de Sidonia, que es el nombre actual de Casas Viejas, donde se lió la tremolina hace treinta años por unos furtivos que cazaron una liebre y la cosa se fue enredando y enredando hasta acabar con trece detenidos y con un asalto tumultuario al cuartel de la Guardia Civil de Medina Sidonia incluido.

Acaso para equilibrar algo el desafío ganadero, la fortuna o la biología dispusieron que el primero de los de Pallarés, Campanillero, número 38, dada su extremada blandenguería y la falta de una eficaz psicomotricidad, fuera condenado a perecer en la soledad húmeda de un oscuro chiquero, siendo sustituido por uno de José Luis Marca, que no era de marca sino de garrafón, un jabonero juampedrero y revirado como sólo ellos se reviran, y eso hace ya que hablar del desafío pierda por completo el sentido, porque una vez eliminado por la ciencia veterinaria un tercio de la propuesta original de dicho desafío y una vez introducido un elemento imprevisto en el transcurso de la corrida, mediante la exhibición de pañuelo verde por parte de don Justo Polo Ramos, la corrida se ha transformado en un mini-concurso de ganaderías, que es una fórmula que desde aquí ofrecemos desinteresadamente a la estimación de don Bernard Domb, para que se vea que también ponemos nuestro granito de arena para el progreso de la Fiesta.

Del encierro, o del mejunje, se esperaba más: principalmente una dosis más elevada de casta, que es lo que se suele dar por supuesto cuando se habla de Santa Coloma. En eso la decepción ha sido el denominador común de los cinco cárdenos, sin paliativos. Luego ha habido un par de toros, el cuarto, Turquesito, número 28, y el sexto, Dichoso, número 34, que han propiciado un tercio de varas de gran interés y que sirve para explicar la belleza de ese tercio cuando se ejecuta con gallardía, con ganas de hacer bien las cosas, con conocimiento de la monta y con torería. En cuanto a la disposición hacia la muleta, el toro de mejores condiciones ha sido el veleto Turquesito, de gran nobleza por el pitón zurdo y algo más complicado por el derecho.

Decía Paco Camino, gran especialista en Santa Coloma, que a estos toros hay que darles su distancia y su espacio, no agobiándoles con cercanías, y al decir esto se nos viene al recuerdo las emocionantes faenas de Domingo Valderrama a dos toros de Hernández Pla, basadas en la distancia y la colocación perfecta del diestro, siempre la muleta por delante, que es el perfecto contrapunto a lo que hoy día se hace, pues en nuestros días lo que más se ve es cómo se acompaña la embestida más que traer toreados a los toros. En ese registro tan poco exigente es precisamente en el que se ha situado Iván Vicente, diecisiete años de alternativa, cómo se pasa el tiempo, para no acabar de llegar a nada con sus dos oponentes, de los cuales el primero tenía menos fuerza que ese culín de gaseosa que se queda en la nevera, pero un potable pitón izquierdo y el segundo era el Turquesito del que se hablaba antes, que hasta para ser toro hay que tener suerte porque si Turquesito cae en otras manos que le hubiesen dado otro tratamiento a lo mejor estábamos hablando del mejor toro de la Feria.

A Javier Cortés le esperábamos con ansia después de su tarde en Madrid del día 2 de mayo. Las cosas se empezaron a torcer con su primero, el flan Dhul que don Justo expulsó de manera expeditiva. Se corrió turno y salió Avinado, número 20, pegajoso y falto de chispa al que hizo un emocionante principio de faena trayendo al toro de largo para dar una exagerada trinchera y luego tres derechazos y uno de pecho de mucha enjundia. Con la Plaza a la expectativa plantea la siguiente serie volviendo a hacer galopar al toro y ligando tres con la derecha de más a menos y un cambio de manos por detrás, pero al intentar rematar la serie con uno de pecho el toro le arrebata la muleta y, sea por lo que sea, el toro y el torero cambian y la faena ya no consigue tomar el vuelo que tuvo en su inicio, por más que Javier Cortés lo intenta. Acaso le faltó sosiego. Lo mató por arriba soltando la muleta. El jabonero quinto, de Marca blanca, grande y de tipo charolais, tenía peores intenciones que Caifás y acabó echándoselo a los lomos en un natural en que el torero estaba completamente destapado, dejándole como recuerdo un puntazo en el muslo.

Que Javier Jiménez tiene muchas papeletas para funcionar en el mundo de la tauromaquia es algo que se ve bastante evidente: tiene el oficio como para estar frente a los toros sin apreturas y un cierto desparpajo como para andar por esas Ferias, que hay que hacer muchos carteles. No puede decirse que hoy sortease el mejor lote, como tampoco se puede decir que ni el soso tercero ni el grandón sexto le quitasen el sueño.

Lo mejor de la tarde, sin duda alguna fueron los tercios de varas que protagonizaron Héctor Vicente en el cuarto y Agustín Romero en el sexto, donde proclamaron netamente la belleza de la suerte de varas bien ejecutada.

Después de unos días sin tan oprobiosa costumbre, hoy tuvo que ser Jesús Robledo “Tito” el que quebrase la racha tomando el olivo.

Aquí no entra nadie que no sepa geometría

E=mc2

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