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domingo, 17 de junio de 2018

Sobre héroes y tumbas (In memoriam Iván Fandiño, 29.09.1980-17.06.2017)

 "Dense prisa..."

Jean Juan Palette-Cazajus

«Dense prisa…porque me estoy muriendo», intuyó el torero Iván Fandiño tras la cornada, hoy hace un año. ¿Acaso es posible resumir mejor la historia de toda existencia humana?  En el momento de encarar su trágico destino, Ivan Fandiño se convirtió en exacerbada metáfora de todos nosotros. «In Ictu Oculi», reza un cuadro sobrecogedor de Valdés Leal, en el sevillano Hospital de la Caridad. Esto es, «En un abrir y cerrar de ojos». Así vuela toda vida y así lo recordaban a todas horas los barrocos. Pero hemos olvidado su lección. Huye volando toda vida, pero más rápido se trunca todavía la de los héroes ¿Cuánto tiempo llevamos menoscabando el concepto de muerte heroica? La del soldado hace tiempo que ha pasado a ser un valor obsoleto, casi despreciado, propio, de épocas brutales, bárbaras y, queremos creer, pretéritas. Pero «el hombre es aquello que le falta» decía Georges Bataille. Es decir que iluso y peligroso es todo aquél que espera del ser humano cosa alguna que no termine generando carencia y frustración.
 
 Iván Fandiño con Néstor García, alter ego, apoderado y biógrafo

La historia nos lo ha mostrado y nos lo sigue mostrando inexorablemente: cuando una sociedad repica campanas triunfalistas, éstas sólo pueden sonar estridentes, destempladas y a la postre siempre fraudulentas. Prestemos oídos a un tañido aparentemente más modesto, en realidad todavía más ambicioso, el que postula nuestras sociedades democráticas simplemente como las menos malas en la historia humana. Sostenidas por valores definitivamente  frágiles, precarios y cada vez más inciertos. Por esto son altamente temibles los yihadistas del progreso impepinable, los ciegos ante lo conseguido y los cegados por la quimera de las causas finales. Los insensatos que piensan que una sociedad se puede operar a corazón abierto. Entre los tumores por extirpar están los valores sacrificiales de la tauromaquia ¡Valores reaccionarios y brutales! consideran. Que sólo pueden entorpecer el porvenir entre algodones que nos espera. O esto creen.

En realidad nuestras sociedades sobreviven en un mundo cada día más tambaleante. Las vemos asediadas por jaurías brutales, dogmáticas y oscurantistas. No lo dudemos un segundo, se acerca el momento en que habrá que volver a aprender a morir en nombre de valores. Algunos ya lo están haciendo por nosotros. Pero, de momento, la única forma de muerte heroica, ejemplar y desinteresada que todavía conoce nuestra sociedad es la del torero en el ruedo y me atrevo a decir que el objetivo es el mismo: recordarle al ser humano que si realmente quiere seguir siendo un sujeto emergente, definitivamente extraído del magma indiferenciado de la vida animal, tiene que elegirse un destino. Y no hay destino individual sin riesgo. Siempre que rechacemos la sumisión al determinismo, a la inercia de nuestra herencia biológica. Siempre que marquemos diferencias: así, mientras el toro ni siquiera sabe que es toro, nosotros podemos elegir ser torero...o militante antitaurino. A los aficionados, los toros nos apasionan por muchas razones. Muchas razones tenemos también de sentirnos cada vez más frustrados. Nuestra fidelidad se debe a la grata certeza que tenemos de habernos apuntado a «la escuela más austera de vida», en expresión de Marcel Proust, a la misma exigencia ética que llevó quien empezara siendo un lechuguino mundano, a sacrificar su salud y su vida a la escritura de una obra excelsa.

 
Las Ventas, 2014

El torero también nos lleva «En busca del tiempo perdido». El toreo, cuando es auténtico, crea por un momento un tiempo virgen, recrea el tiempo puro del Ser, provoca una efímera fisura en el espacio-tiempo. Por esto, cuando muere el torero, es de los pocos que merecen acceder al aura intemporal de los  héroes homéricos. No nos engañemos, cuando hablamos de la dimensión «sacrificial» de los toros no nos referimos a la muerte del animal. La pasión que lleva el aficionado a la plaza es la conciencia de que la vida del torero es «Pasión».  Él es el único sacrificado en el ruedo. Y no solamente cuando muere, sino tantas veces como hace el paseíllo, tantas veces como sabe que puede morir. Extraño oficio que ve la conversación habitual con la muerte elegida a modo de singular rutina.

Y es así porque el lenguaje es el genitor de nuestro destino y la placenta que alimentó nuestra condición. Y no le busquemos más destino a ninguna especie viva fuera de lo que sea capaz de contar de sí misma. Por esto la muerte es patrimonio exclusivo de nuestra especie y el Ser-hacia-la-Muerte definición privativa del individuo humano.

La evolución primero, la capacidad simbólica del hombre y la selección ganadera después, hicieron de las astas del toro de lidia el más expresivo vector de la muerte trágica. El toro es el mejor «eidós» de la muerte, su forma-idea mejor representada y expresada. En la embestida del toro bravo no percibimos el movimiento sino sólo la amenaza y el peligro. Sus astas dibujan en el espacio un programa perforante que aterra las carnes. Las heridas por asta de toros suelen ser devastadoras. Las de Iván Fandiño lo fueron en grado extremo. Nosotros, que somos naturaleza, hemos humillado la naturaleza y la hemos devastado. Esto quiere decir que nos hemos convertido también en seres humillados y devastados. Por esto el asta letal del toro destroza las carnes pero devuelve sus víctimas a la inocencia y a las zonas del alma que sólo conocieron los pueblos primeros. El torero muerto nos devuelve al mundo de sentimientos y al tipo de imaginación que alumbraron los mitos fundadores.


Pase de pecho

 Hay otra modalidad de fatalidad mortal cuya perspectiva me aterra particularmente por su atroz mediocridad. Me refiero a la más frecuente en nuestra sociedad, el accidente de tráfico, carente de  toda grandeza, carente de toda significación, carente de toda finalidad pero tranquilamente metabolizado por nuestras sociedades, mientras la muerte del torero escandaliza  a los atolondrados. El accidente, que reduce la realidad humana a su peor inexistencia aleatoria, al amasijo de carnes sanguinolentas y de chatarra humeante. No solamente se pierde la vida en aquellas ocasiones sino la pertenencia a la humana condición. La sangre sucia en el asfalto entre cristales rotos y restos orgánicos nos retrotrae a la insignificancia cósmica del caracol aplastado que cruje bajo el zapato.
Las almas piadosas que han venido diciendo que la muerte de Iván Fandiño era gratuita no estaban interesadas en conocer la diferencia entre el accidente y la tragedia. Gratuita, la muerte de Iván lo fue en el sentido oblativo, fue su último regalo. Por esto la muerte del torero aparece realmente crística. Nos redime a todos y a todos nos engrandece. Incluso a los cínicos.

La plaza de Aire-sur-l'Adour