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lunes, 25 de junio de 2018

Tórrida, pero entretenidísima tarde de Montalvos, con Chacón, Cortés y Campos, tres toreros que no siguen las huellas del mainstream


Cortés, Campos, Chacón

José Ramón Márquez

Antes de entrar en harina hay que entrar en la tremolina del timo de Las Ventas, que esta semana ha salido, como de tapadillo, la noticia de que pretenden achicar el ruedo de la Plaza. Así, con un par, sin recabar la más mínima opinión, ciscándose en su propio “Bien de Interés Cultural”, que es Las Ventas, deciden los de la Comunidad de Madrid que el ruedo en el que han triunfado desde Juan Belmonte hasta Pepe Nelo, el ruedo al que ninguna de las grandes figuras de los años 40, de los 50, de los 60, de los 70, de los 80, de los 90 han puesto pegas, ahora hay que achicarlo “porque lo demandan los toreros” Y digo yo ¿qué toreros? ¿El mismo que alisó el ruedo y ya nunca más va a volver? ¿Quiénes son los toreros que demandan como imprescindible para que mane su chorro de arte el que se convierta el generoso redondel de Las Ventas en el de la Plaza de Toros de Gor? ¿No será que a lo mejor hay algunos, entre los que el otro día calificaba doña Mercedes Picón como “figuritas de mazapán” en el espléndido reportaje de Emilia Landaluce en el diario El Mundo, que desean ansiosos la miniaturización del ruedo, porque eso conlleva la miniaturización del toro?  Reducir el diámetro del ruedo en Las Ventas es como quitarle un trozo del final del crucero a San Pedro del Vaticano: las proporciones de la Catedral más grande de la Cristiandad y del ruedo de mayor diámetro del Planeta de los Toros, son cosas innegociables. El ruedo de Las Ventas no debe ser alterado en su tamaño por la interesada decisión de oscuros manejos que no deben ocurrir. Si se perpetra ese desafuero se habrá descendido otro escalón, irrecuperable, para acabar con la Plaza de Toros de Madrid, en la que muchos toreros tienen la ocasión de ver al toro por única vez, una vez al año, en sus fecundas temporadas llenas de éxitos. Esperemos que las asociaciones que agrupan a los aficionados: la Asociación el Toro, Abovent, la Peña el Puyazo, Los de José y Juan, la Peña de Los Areneros, la Asociación Juvenil Taurina de España… se pongan cuanto antes manos a la obra para tratar de frenar este desafuero y para frenar en seco el ataque que se está realizando de manera artera sobre la misma naturaleza de un Bien de Interés Cultural.

Y ahora lo otro, que es la corrida de Montalvo, que como todo el mundo sabe tiene una parte de Contreras que es la que nunca vemos y que la llevan perfectamente oculta y por separado de la otra parte, de procedencia juampedro, que es la que siempre vemos. La verdad es que cuando pegaron los carteles a la vera de las taquillas (casi es el único sitio de Madrid donde se pueden ver los carteles) ya nos quedamos amoscados con lo de Montalvo:

-¡Joé!... Los toreros interesan, pero ¿y eso de Montalvo?

-¿No habría otra, en tanta dehesa como hay por España?

-Seguro, pero ésta la habrán conseguido a precio de saldo… (etc.)

Montalvo es la permanente remembranza de Morante el Terraplenador, que hoy le ha hecho el galleo del bú a un novillote en León y que firmó una de las cúspides de su arte con uno de estos en la Monumental de Cantalejo hace unos años ya. Entre tanto, los productos de la Sociedad Limitada Agropecuaria Trespalacios ya nos dieron un turre imponente el año pasado y ya se sabe que en el Madrid de Plaza1 echar una corrida pésima es garantía de que te compren otra al año siguiente. Así que cuando puso su pezuña en la tierra del redondel un castaño gordo, fofo y blandengue etiquetado como Jilgera (sic), número 18, comenzamos a maldecir en arameo de la tarde que nos tenían preparada y de los 40º centígrados que nos ablandaban los sesos. Luego la cosa se enderezó bastante respecto del inicio y la verdad es que hubo sus cosas con los toros, sin ser la nota predominante en ellos precisamente el descaste ni la blandura. Digamos que la corrida fue toda de cinqueños y que su presentación, excepto el fofo primero, fue buena, resaltando por cuajo y presencia el imponente cuarto, Vaquerito, número 44. Para los doctores en Veterinaria que enviaron a analizar las astas del tercer Miura de los lidiados en San Isidro, ese celo siempre con o contra los mismos, ahí tienen los pitones de los Montalvo para preparar una tesina o una comunicación a un congreso, mismamente los del primero o los del sexto, que a estas horas estarán desguazados como los famosos ferrocarriles del 11m. Por lo demás, diversos registros del toro de lidia, desde el manso cuarto hasta los nobles tercero y quinto y el más encastado comportamiento del segundo y la condición colaboradora y poco exigente del sexto.

Parta dar fin de los Montalvo se vinieron Octavio Chacón, Javier Cortés y Tomás Campos, que venía a confirmar la alternativa que le dieron en 2014. Un cartel interesantísimo, sin lugar a dudas.

Octavio Chacón se justificó de manera completa en sus dos trasteos como un torero curtido, con una muleta mandona y dominadora, muy recia. A  su primero lo paró con oficio depurado, por bajo, para erguirse en unas verónicas de un sello muy personal y el remate de una media de frente muy masculina. Dejó al toro muy de lejos al caballo en el primer encuentro y algo más cerca en el segundo, no siendo hoy el mejor día de Santiago Pérez en la cosa de la puya. Su faena la organizó sobre la mano derecha, demostrando el mando que puede imprimir a su toreo y bajó la cosa de intensidad cuando quiso al natural. Cobró una estocada un poco desprendida y de buena ejecución tras otro intento atacando en recto y pinchando arriba. Su segundo era el manso, que se le picó en la contra querencia, donde el bicho se fue a ver si no le molestaban y en el inicio de la faena de muleta, en el primer muletazo salió corriendo hasta chiqueros y arreó un cabezazo a la puerta por la que había salido a ver si alguien le hacía el favor de abrirla. Chacón se lo trajo al tercio del 10 y allí le sujetó con confianza en tres series de buen trazo y colocación, luego decide llevarse la toro a los medios donde acude peor al cite por naturales y tampoco se entrega al derechazo como lo había hecho anteriormente. Chacón decide entonces volver al tercio y allí remata airosamente su faena de nuevo con la derecha y después de una trinchera y un pase del desprecio mirando al tendido deja una estocada de buena ejecución en la que el estoque queda un poco bajo y trasero. A lo anterior hay que añadir su permanente atención a los aspectos de la lidia en su condición de director de la misma. Mantiene su cartel en Madrid y debe ser pieza imprescindible en otoño. En lo malo, digamos que tiende a encorvarse un poco y que de pronto hace unos movimientos estrambóticos como de coreografía que no le pegan nada.

Javier Cortés hizo un personalísimo inicio de faena a su primero: cita de largo al toro y parece que le va a dar un ayudado por alto, pero cuando el toro llega a jurisdicción baja la muleta y se la esconde al animal, que pasa a toda velocidad, volviéndose mientras el matador se ha colocado con la muleta en la izquierda y ahí le receta un soberbio natural, y luego otros tres o cuatro y uno por alto. Inicio personalísimo y fuera del sota, caballo y rey de cada tarde que se agradece como si de un maná se tratase. Interesa eso de “personalísimo” porque en la actuación de Javier Cortés con su primero es lo que más ha destacado, estando en la del quinto más vulgar y más despegado; y sin embargo fue mucho más jaleado en la faena en la que optó por ir más aliviado que en la que tanteó denodadamente el toreo más recio, bajando la mano y buscando una ligazón que no siempre consentía el toro. Como en el quinto hubo más repetición por parte del toro, las gentes en seguida se tomaron aquello por la tremenda, pero donde Javier Cortés había estado sólido y poniendo sus argumentos mejores sobre la mesa fue en la faena al tercero. La manera en que se quedó prendido por la chaquetilla del pitón al entrar a matar al quinto fue tremenda: el torero se echa fuera al herir y el toro le busca y le agarra por el pitón derecho, arrojándolo al suelo. Mantiene su cartel el de Getafe.

Y luego Tomás Campos, al que sólo vimos en un toro pues con el gordo huidizo del primero, con ese pitón que parecía una escoba, daba más asco que miedo y se te quitaban las ganas de mirar al ruedo. No obstante, con el gordo y con el otro, Tomás Campos dio una imagen de sí mismo muy vertical y seria, y da la impresión de que él no fue capaz hoy de poner encima de la arena de Las Ventas sus mejores trazas. Acaso recuerda un poco en su manera de estar en la Plaza a aquel remoto José Tomás de los 90, pero lo más evidente es que no es uno más de los seguidores de la nefanda escuela juliana, que a tantos chicos ha mandado al averno, que da la impresión de que quiere marcar un sello personal y a eso debe dedicar sus empeños, sin que los mercachifles le cambien. Apetece también volver a verle.

En suma, una entretenidísima tarde con tres toreros que, cada uno por sus propias razones, no siguen las huellas del mainstream: un verdadero soplo de aire fresco, que falta hace.

Hoy las cuadrillas no han estado a un nivel de alta escuela, la verdad. Hoy han hecho su particular muesca en la nómina del oprobioso olivo Juan Carlos Tirado en el primero, a Vicente Ruiz en el cuarto, que además no fue capaz de clavar ni una sola banderilla en sus tres pasadas en falso, y a Antonio Molina en el quinto que hizo el uno más uno, dos olivares en dos pasadas.

Lo del programa oficial con la cantante (?) Rossy de Palma en la portada lo dejamos, si acaso, para otro día.


La belleza picassiana de Plaza1

Ducha escocesa

Adiós a la Andanada del 9
¡El Nido del Bombero!

Detalle

Chacón en la vuelta al ruedo con devolución de prendas

Campos en el callejón

Cuatro porteros y un montalvo

Un aficionado subió a pedir explicaciones al palco presidencial,
 y el presidente, que negó las orejas y recibió las protestas
 ("¡chulo!, ¡chulo!, ¡chulo!")
 del público con actitudes impropiamente zarzueleras
 ("¡seguid!, ¡seguid! ¡seguid!"), se las dio