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jueves, 28 de enero de 2010

¿CIERRA O NO CIERRA EL BULLI?

Que vuelva María Mestayer de Echagüe, la marquesa buena,
o sea, la Parabere



José Ramón Márquez


En el periódico El Mundo sacan dos páginas enteras en Cultura para dar la noticia de que el malhadado Bulli va a cerrar sus puertas por dos años. ¡Toma ya! Incluso sacan una foto del tuno de Arzak dándole un besito y todo al tal Adriá. Por cierto, y a propósito de Arzak, nunca debemos olvidar la factura que tuvo que pagarle al dentista el pobre R. por la reparación de las muelas que se le rompieron cuando quería hincarle el diente a una becada/pollastre, que por lo dura debía ser fosilizada, en la sacrosanta guarida del viejo restaurador, en San Sebastián.

Pues bien, dice el espumoso chef que echa el cierre porque va a dedicarse a pensar en la cocina del siglo que viene y no sé qué cosas que ni me entero de si al final cierra o no cierra de verdad o si sólo es un truco para llevar a currar allí a unos becarios y que le salga mejor la cosa de los dineros o para salir en los periódicos gratis.

La influencia que ha ejercido el tipo éste, el tal Adriá, ha resultado totalmente nefasta para la gente que nos gusta comer bien. Se prolonga mucho más allá de su chiringuito de Rosas, llegando hasta el infinito de la memez y mucho más allá. Cuando en un humilde restaurante de Béjar un descerebrado te ofrece mi-cuit de pato con reducción al Pedro Ximénez en vez de un torrezno o cuando en una carta de Cádiz o de Calahorra aparece el reiterativo foie o una espuma de no sé qué, en lugar de unas tortillitas de camarones o unas acelgas rehogadas, es porque se han dedicado a convencer a la gente de que esos inventitos estúpidos, creados generalmente para gentes que odian la comida o que les encanta hacerse los finos o los diletantes, son superiores a lo bueno, sencillo y tradicional. Con lo difícil que es triunfar en el trato delicado al mejor producto.

Así vamos marchando desde hace años en esto de los restaurantes, y parece que es una deriva que no será fácil de corregir: el arte contemporáneo también llegó a los fogones.
Realmente lo que debería hacer el tal Adriá sería, ahora que es rico y ya no tendría por qué andarse con tonterías, deslumbrar al mundo con una carta genuinamente revolucionaria que incluyese: champiñones al ajillo, oreja de cerdo a la plancha y rebozada, sesos, gallinejas, callos, torreznos, patatas revolconas, alubias con chorizo, conejo guisado, butifarra con monchetas, salmorejo, ajoblanco, bacalao al pil-pil y con tomate, sardinas asadas, berenjenas fritas, pichones, zorza y, como es natural, paella. Creo que hoy por hoy eso sería lo más revolucionario e inesperado que podría hacer el famoso chef, y lo que más ayudaría para tratar de volver a llevar las cosas a la lógica. Y, como es natural, todos los platos anteriores realizados en su forma natural, no en espumas ni en nitrógenos ni en bolitas ni en deconstrucciones, y acompañados de un buen pan, que eso es algo que también escasea mucho.

Ahí, en esa nueva y revolucionaria propuesta es donde podríamos comprobar, aquellos que nos gusta la comida de verdad, si este tío es o no es tan bueno como dicen por ahí esos críticos norteamericanos, que serán muy famosos para quien les conozca, señores de gusto extravagante y que da la certera impresión de que no han comido caliente en su vida.