Última Cena, de Veronese
Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Paolo Veronese, el Veronés para el día a día de la pintura, entre 1570 y 1580 pintó una “Última Cena” por encargo de la Escuela Veneciana del Santísimo Sacramento para la iglesia de Santa Sofía.
La composición fue escandalosa: “Asimetrías deliberadas, marginación de Cristo, colores inusualmente oscuros, cotidianidad del entorno”… En la “Última Cena” de Veronés, que sitúa la mesa y la figura de Cristo descentrada, hay soldados alemanes, enanos y perros. Desde Trento, nos ilustra Barzun, el arte estaba sometido a censura, y la Inquisición llamó al pintor para que respondiera sobre su oficio.
“Pinto y compongo figuras”, se presentó Veronés ante el tribunal. Los jueces: “¿Sabes por qué compareces?” El pintor: “Sus señorías habían ordenado que se pintara una Magdalena en el cuadro en lugar de un perro. Yo dije que haría cualquier cosa, pero que no veía cómo era apropiada una figura de la Magdalena en ese lugar”. Los jueces: “¿Qué está haciendo San Pedro?” El pintor: “Trinchando el cordero”. Los jueces: “¿Y el que está a su lado?” El pintor: “Tiene un palillo con el que se limpia los dientes. Pinto como creo oportuno y mi talento me permite.” Los jueces: “¿Sabes que en Alemania y otros lugares infestados de herejía hay cuadro que se burlan de la Santa Iglesia Católica?” El pintor: “Eso está mal, pero yo sigo lo que han hecho mis superiores en las artes. En Roma, Miguel Ángel pintó al Señor, a su Madre, a los Santos y a las Huestes Celestiales desnudos, incluso a la Virgen María”. Visto lo visto, al final los jueces fallaron que el cuadro debía ser corregido, pero Veronés, haciéndose el loco, únicamente cambió el título de la obra, que en adelante se llamó “El banquete en la casa de Leví”.
Viene este cuento a cuento de la (mala) literatura periodística inspirada en la foto de la última cena de los futbolistas del Real Madrid, con sus asimetrías, sus marginaciones, sus colores inusualmente oscuros y su entorno de cotidianidades. Al fondo, en pie, Militao y un Carvajal como en demanda del cariño que según Benito el de la Purga Arbeloa no le da. Arbeloa humilla al viejo Carvajal en el banquillo, refunfuñan los mismos analistas que se amustiaron como los relojes dalinianos cuando Carvajal marcó el primer gol de la final de la Quince. Como Arbeloa pasa por ser el brazo mecánico del Club, el responsable de la humillación a Carvajal sería el Club, que le renovó automáticamente el contrato cuando el futbolista se rompió. Pero Carvajal aparece sonriente en la foto de la última cena, señal de que hay que abrir otro melón, y ese melón es Güler, que siendo el tirillas del equipo ofrece las mejores notas físicas de la plantilla. Entonces sale el ex director espiritual del muchacho y denuncia que Güler es víctima de “mobbing” en el vestuario y que los autores serían algunos jugadores de ego encampanado. El crédito del personaje se desvirtúa cuando en la misma conversación sostiene que “el Fenerbahce es un club más grande que el Real Madrid porque tiene un equipo de baloncesto que una vez ganó la Champions League”. Y en la foto de la última cena Güler aparece a un lado, sentado discretamente, entre Valverde y Huijsen, con Courtois, al fondo, con cara de “a ver si ahora tenéis lo que hay que tener para venir a pegar al niño”, o algo así, muy del periodismo de andar por casa, infradotado para la comedia… y para el drama. Lo que dio de sí esa última cena lo resumió Napoleón en un pispás:
–Para volver de la tragedia a la comedia, no hay más que sentarse.
En Madrid, pues, tragedias griegas, y en Barcelona, lecciones de estética que nadie pide para dar continuidad al Relato, resumido (sin querer) en esa “boutade” ingenua del Pep cuando dice que el Barcelona de Messi, que coincide con el de Negreira, “jugaba de escándalo”. Y el de Flick, ya puestos, también. El Barcelona baila como Michael Jackson y el Real Madrid canta como Bad Bunny. Esto es así desde Cruyff, aquél que dijo: “Mourinho is a coach of trophies, not of football”. Y Mourinho:
–Me encanta aprender de genios como Cruyff, pero aún tiene que enseñarme a perder una final de Champions por 4-0.
Con Mourinho, esa cena hubiera valido un San Valentín.
La otra cena del Veronés


