Vicente Llorca
Miércoles de Ceniza airado. La lluvia que viene de Portugal de nuevo.
En el pueblo, Juan Pa, el mozo que ahora lleva la panadería de su madre, ya no va al Carnaval. Se me queda mirando, entre escéptico y enfadado, cuando le pregunto. Hay algo de lógico en su retiro, advierto.
Juan Pa se ha pasado una década acudiendo a todas las fiestas que había en la provincia. Conocían los salones de baile más escondidos y las barras más oscuras. Cerraban el bar de la plaza y alguna mañana se lo encontraron meditando sobre el tiempo en los soportales del Ayuntamiento. Hay algo necesario en su desdén ahora.
Y en que no haya ido a Ciudad Rodrigo este año. De pronto, recuerdo las calles repletas, los ruidosos peregrinos que vienen de todas partes –sobre todo, de Cuéllar, Medina o Sigüenza, ignoro por qué–, los vasos llenos, las charangas y las carreras en la muralla, frente a los toros, y entiendo a Juan Pa, su agnosticismo.
Yo tampoco he ido. Corría un viento gélido que venía de la Serra da Estrela, llovía todos los días, veía los coches y los remolques desfilando por la carretera y no tenía ningún deseo de alcanzarlos. Una tarde había estado en la tienta del Bolsín Taurino en la plaza del Conde Rodrigo. Llovía también y el público llevaba las viseras de paño y botas de agua que denotaban su procedencia de las fincas de alrededor. (Un novillero de un pueblo remoto de Portugal había lidiado con cierto gusto la vaca de Sánchez Arjona que le correspondía. Estaba flaco como una lezna. “A este muchacho no le dan de merendar” le comenté a Ángel, un picador a mi lado. “No deben” respondió éste, que sin embargo merienda todas las tardes).
La otra mañana nos comentaron en el bar de la muerte de un paisano, alcanzado por un toro en la Plaza Mayor la madrugada anterior. De pronto todo el teatro cesó, por un instante, y la fiesta retornó a su origen trágico. La muerte ronda detrás de los disfraces, aunque a veces lo olvidemos.
Entonces recordé el romance sombrío, plagado de augurios, del pueblo de Monleón. (Monleón, al pie de la sierra, con su oscura torre de piedra sobre los montes, tiene algo sombrío todavía). Los mozos del pueblo, en el cantar tradicional, se preparan para ir a la corrida. A Manuel Sánchez, el hijo de la viuda, le niegan el remudo. La viuda –veñuda en la copla– ya es una figura sombría, preñada de una marca ominosa. El toro también lo es: es una figura mestiza, criada en la cercanía de las casas, lejos del salvajismo de las sierras.
Muchachos, no vayáis al toro.
Mirad que el toro es muy malo.
Que la leche que mamó
Se la di yo por mi mano.
Un augurio de muerte ronda el romance. Y al hijo de la viuda, tal como ésta demanda, lo traen a casa de los siniestros del carro colgando
Tres pañuelos tengo dentro
Y con este que meto son cuatro
Todo el romance está lleno de negras señales. (De alguna manera lo están también los vaqueriles, las navas donde pasta el toro, la plaza donde lo encierran).
Manuel Sánchez llamó al toro
Nunca le hubiera llamado
Y éstas se cumplen, fatalmente.
A la puerta la veñuda
Arrecularon el carro;
Aquí tenéis vuestro hijo
Como lo habéis demandado.
La viuda agorera saldrá al cabo de nueve meses por los vaqueriles, preguntando por el toro.
A eso de los nueve meses
Salió su madre bramando,
Los vaqueriles arriba,
Los vaqueriles abajo
El toro ya está enterrado, culmina el cantar. Y surge de nuevo un signo inquietante en los nueve meses que han transcurrido antes de que la madre oscura recorra los campos, reclamando a la figura de su anterior maldición. Los estudiosos analizarán las figuras del romance: la viuda agorera; los ocho años del toro; el plazo de los nueve meses… A mí me gusta recordar las señales del canto tal como surgen, en su fatal aparición. (Sigo la edición del P. Dámaso Ledesma –Una nota del Cancionero señala que “fue recogido en el pueblo de Robliza a Ramón Reyes”. Hay otra versión, más reducida, de Ramón Menéndez Pidal. Federico García Lorca recogería la anotación musical del primero).
Las fiestas de los pueblos son un rito jubiloso, a veces. De la mocedad, el disfraz, la renovación de la siembra en ocasiones. Pero también una invocación a la mala suerte, que ronda detrás de la fiesta. Surge de pronto en estos carnavales, en la plaza del pueblo. Esa madrugada culmina la farsa.


