martes, 3 de febrero de 2026

Estado funeral



Ignacio Ruiz Quintano

Abc


El Estado te matará por negligencia (aquel Estado cuyo factor de gobierno sea la corrupción), y te homenajeará por impudicia.


Para Espinosa (Benito, no Iván), donde reina la impudicia, gobiernan el deshonor y la desvergüenza: es una pasión subordinada a las de ambición y codicia. Rousseau la trató en sus “Fragmentos Políticos”, recogidos por Trevijano al analizar la pasión de inmoralidad política. Rousseau observa que, con la impudicia, “el oficio de ladrón público es talmente ennoblecido que todas las honestas gentes de la nación lo ejercen con dignidad, y llaman orgullosamente sus derechos lo que antes hubiesen llamado robos”.


La Transición –sostenía en 2000 el único hombre que la estudió– ha sido y es impúdica.


Impúdica, dice, en el cambio de ideas y de fortunas. En el exhibicionismo del crimen de Estado. En la falta de temor a la vergüenza y al deshonor tradicional. En la prevaricación de las altas magistraturas. En el enriquecimiento escandaloso de los dirigentes de las empresas privatizadas. En los espectáculos de gran audiencia “chismográfica”. Y la pasión de inmoralidad política busca subterfugios en el lenguaje para decorar la cruda realidad.


Fustel de Coulanges nos recuerda cómo los antiguos consideraban a los muertos seres sagrados y les otorgaban los más respetuosos epítetos: buenos, santos, bienaventurados. Para ellos guardaban toda la consideración que el hombre puede sentir por la divinidad que ama o teme; en su pensamiento, cada muerto era un dios.


En España, donde gracias a la Santa Transición podemos ser de todo menos antiguos, un tal Sánchez y un tal Bonilla han suspendido, por falta de consenso (ese cencerro del Régimen), el “funeral de Estado” (?) por los muertos del tren de Adamuz, que no es el de Gamoneda. Mas la lechuza de Hegel siempre levanta el vuelo al anochecer, y una biógrafa presidencial, que en el periodismo iba de Teresa Cabarrús y presumía de no saber quién fue San Pablo, se opone a una misa católica porque somos “un Estado laico” (?), a sabiendas de que, en el mundo liberalio de los roedores de Estado, “laico” garantiza que no aparezcan curas que puedan arrebatarles algún trienio. Nada de cruces, en una palabra. Si acaso una pirámide, grata a los masones, o una estrella, como la de la tumba de Heidegger en Messkirch.


El concepto de religión que usan estos tirillas es un invento liberalio: la distinción religioso-secular va acompañada de la invención de las dicotomías público-privado, religión-política e Iglesia-Estado (Cavanaugh). ¿Qué sentido de trascendencia ofrece el Estado? Se presenta a sí mismo como un proveedor burocrático de bienes y servicios que siempre está a punto de dar a sus clientes una buena relación calidad-precio, pero de hecho nunca lo hace; y luego, como el depositario de unos valores sagrados que de vez en cuando nos invita a dar la vida por él… ¡Es como si se nos pidiera dar la vida por la compañía telefónica! (MacIntyre).


[Martes, 27 de Enero]