Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Uno de mis sueños de millonario es poder leer una tarde “Guerra y paz” en Casa Baltasar, calle de don Ramón de la Cruz, 97, así, según entras, a mano derecha, y a mano derecha otra vez, en la mesa que da a la ventana, mientras te vas poniendo lambistón con esos tocinillos de cielo que Carlos, el artífice de Casa Baltasar, sirve astutamente con un golpe de jerez, que es el vino que no lo hace ni éste ni aquel fabricante: lo hacen los dioses. Lo decía Villalón. Decía que la elaboración del jerez es una tarea mínima y andalucísima de “dejar hacer” a la Naturaleza; tarea negativa, de pereza y descanso. Y decía que el vino de jerez se hace solo, a sí mismo, bajo los arcos húmedos y catedralicios de las bodegas, en las largas siestas de las andanas. Primero, el mosto; luego, después de “desliado”, la añada; luego, el trasiego a las criaderas; luego, a la solera... “¿Cuál ha sido el esfuerzo del hombre en todo el tiempo? Nada: el gesto mínimo y soñoliento de trasegar con la cuba de una bota a otra. Labor andalucísima; un gesto, que es la labor de un año. Luego, ya en la nueva bota, durante meses, ‘dejarlo estar’... ¿Quiénes hicieron este vino de maravilla? Los dioses, nada más que los dioses...” Lo dicho: un golpe del vino que hacen los dioses sobre el tocinillo de cielo que hacen en Baltasar... y a leer “Guerra y paz”. Pero “Guerra y paz” sólo se deja leer después de que uno haya almorzado como un quinto, y aquí se almuerza –y se cena– como un quinto: guisos y potes asturianos, y ensaladas, y carnes, y lenguados, y quesos, y tortillas de bacalao... ¡Qué olor! Dicen que el olor es como la generosidad de las cosas impacientes de entregarse. Después de “Guerra y paz”, también le gustaría a uno poder cenar aquí unas sopas de ajo como las que en octavas reales recetó Ventura de la Vega y un buey asado como el que en hexámetros recetó el buen Homero. A lo mejor todo esto puede parecer demasiado literario, pero es que, bien mirado, al menos la mitad de la literatura –y de la filosofía– del mundo está influida por el hambre, que la gente bien llama apetito.

