sábado, 7 de febrero de 2026

Casa de Beneficencia


Sombrero en la de Beneficencia


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


“¡Mira que criar toros para matarlos!”, rezongaban los ingleses para ponderar la barbarie de los españoles. “¡Pues mira que criar pobres para socorrerlos!”, les contestó Julio Camba. En efecto: los ingleses siempre han criado pobres para socorrerlos y los españoles siempre han criado toros para matarlos. De la mezcla de las dos aficiones surgió en Madrid, hace siglo y medio, la Corrida de la Beneficencia, cuya casa está en Las Ventas del Espíritu Santo, donde reina esa piola de la adulación que es el veterinario Ballesteros. “La Beneficencia –ha dicho el veterinario Ballesteros– ya no está para hacer dinero, sino para hacer historia.” Y este año, desde luego, la ha hecho. Pero con estos amigos de los toros, ¿para qué queremos enemigos como el hijo de Pérez, el guardia (Carod-Rovira, para el vulgo)? La samuelada del veterinario Ballesteros es para que la corran los boyeros, no los toreros, y esto lo sabían los aficionados hasta el punto de que, para llenar la plaza de Madrid, hubo que traer de gorra a las sanotas gentes de la sierra, con lo cual, ¿qué sentido tenía quitarle la corrida a TVE, que se ve en toda España, para dársela a Telemadrid, que sólo se ve en la sierra? “¡Oh, Demos, que en griego parece que quiere decir pueblo y en gallego quiere decir demonios...!”, hubiera suspirado Camba. Y ya que de gallegos hablamos, allí estaba él, el gallego de Pontecesures, en el palco real, con su crudillo de junio, de cháchara con la marquesa de Simancas y dando gracias a la política, que lo ha aupado tan alto, y aplaudiendo a Vicente Yestera, el banderillero que chafó el conteo que de choteo acostumbra hacer el público con las banderillas derramadas. Contar, como se sabe, es la habilidad del gallego de Pontecesures, aunque él siempre se queda en la quinta parte. Camba, precisamente, contaba de una comarca africana donde nadie sabía contar más que hasta cinco que, cuando por excepción lograba allí alguien contar hasta seis o siete, los ancianos de la tribu le ofrecían una chistera desfondada, que se habían encontrado un día en una playa, le colocaban un enorme paraguas en la mano, lo sentaban en un trono y lo proclamaban rey. Pero este gallego es republicano.