jueves, 5 de febrero de 2026

Andanada 9


Andanada 9


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


En esta Feria de San Isidro hay que hablar de Casa Calderón, que no es Casa ni es de Calderón, ese señor que manda en el callejón. Ocurre que, como en los casinos de los pueblos andaluces, hay en Las Ventas lo que se llamaría un “saloncito árabe”, que debe de estar bajo el 9, pues a su andanada ascienden cada tarde, a eso del segundo toro, los humos primordiales de las frituras, dado que en la plaza de Madrid, hoy, la manifestación que mejor revela el genio de la raza no es el toreo, sino la cocina. Ahí, por el módico precio de seis euros, lo dejan a uno ver los toros –muchas tardes, “las sardinas”– y oler las acedías. “¡De dónde vendrás!”, gruñe la típica esposa de progreso al fiel esposo reaccionario que llega a casa pasadas las diez. “¿De dónde voy a venir? ¡De los toros!” “¿De los toros... oliendo a acedías?” Equilicuá. Menos el miércoles de los “oles”, y porque a “la marquesa”, que diría Simancas, le dio por sentarse a cantarlos en su abono de la andanada, el 9 ha sido, más que un número árabe, la voluta andaluza de una gran fritanga de acedías cuyos humos lo ayudan a uno a recordar las razones que, comiendo acedías, precisamente, daba Villalón para sostener que los mejores toreros son los andaluces: “El toreo, además de una gran agilidad externa, requiere una gran agilidad interna... En el toreo, la máquina interna del raciocinio y del juicio, aceitada y engrasada por un ángel con una plumita de sus alas, tiene que llegar a moverse tan rápidamente que casi se convierta en instinto... Aquella llana sentencia de Lagartijo, ‘o te quitas tú o te quita el toro’, trocada de dilema en impulso, comprimida, incorporada a la sangre, es la esencia del toreo. Por eso son los andaluces los mejores toreros. Porque, según los filósofos, ‘los ángeles comprenden por presencia pura, y los hombres, por discurso racional’. Pero olvidan un término de la escala: los andaluces. Los andaluces comprenden por mitad y mitad.” Rodeado de acedías en lo alto de una andanada, un aficionado debe ser exquisito, descontentadizo y exigente hasta un límite corrosivo y destructor. Como Villalón.