Hughes
Pura Golosina Deportiva
Antes del partido hubo un gesto contra el cáncer infantil. Salían niños de la mano de los futbolistas y me llamó la atención uno que iba con el Madrid, vestido del Madrid, niño gordito y con gafas. Era la bondad hecha ser humano.
También había un recuerdo para Manolín Bueno, uno de los ejemplos morales del madridismo: ser Manolín Bueno, ser no bueno, sino manolinbueno para el Madrid, saber aceptar el banquillo y al que es mejor, como un Poulidor más resignado.
En el Madrid faltaban Bellingham y Mbappé. Cuando falta una estrella, el equipo juega mejor, cuando faltan dos, el equipo juega bien.
Salían Rudiger por Asencio y Trent, que demostró ser un jugador de otra categoría. Empezó pronto con un balón raso a Vinicius y al poco colaboró en el 1-0, un pase con rosca para Gonzalo, que demostró inteligencia porque sintetizó bien el desmarque, el remate y la colocación, o sea, el espacio del futbolista y el espacio de la pelota.
La silueta de Trent al dar el pase adquiría esa forma plástica, inclinada y flexible del gran futbolista. La vimos en Míchel y en Beckham.
El Madrid era simétrico, equilibrado, ligero... era lo nunca visto, sin duda por la colocación de nuevo de Valverde y Camavinga como interiores o contrafuertes del conjunto. En esos minutos iniciales, Huijsen mostró un fútbol superior, con gran animación del toque, con pases tensos, directos, que parecían valorar la milésima de segundo en su ejecución... ¿controla eso el fútbol de datos? Hay una ganancia de tiempo en cada pase, en recibirlo, pensarlo, ejecutarlo...
Yo, que soy calvinista-huijsenista cerrado y fanático, estaba disfrutando y sentía una euforia interior muy grande que tuvo que estar sintiendo él (olés interiores, exclamaciones mudas) y por eso entendí su error cuando cometió un penalti torpe que acabó en empate de Oyarzabal --el magnífico Oyarzabal--. Huijsen estaba crecido, recuperando autoestima y sitio, mandando, y quiso rubricar eso con una acción defensiva, con la, además, acción defensiva que podía hacerle ganarse al Bernabéu: el tackling o segada. Quiso ser Asencio, quiso barrer patifino pero expeditivo al rival, y midió mal porque no está hecho aún para eso. Fue un error derivado de la inexperiencia, pero más concretamente del subidón de fútbol que sentía y del querer enamorar al estadio con lo que más le gusta.
Huijsen, yo le diría: tú no te rebajes a ellos, ¡que se eleven ellos a ti!
Luego le pitaron, bárbaramente, pero hubo también, por fortuna, aplausos compensadores.
El partido era alegre y sin pausa y el Madrid salió del apuro muy pronto con un penalti sobre Vinicius que el mismo Vinicius marcó con saltito de la rana, beso al escudo y baile contoneante.
El locutor Martínez se quedó exponiendo una teoría moral algo irritante sobre el tirarse o no tirarse sobre la que luego volvió.
Güler coronaba un rombo racional en la media y la pregunta del agonías salía sola: ¿será Güler menos Güler sin Mbappé? Es como si perdiera su gadget.
El 3-1, un golazo de Valverde, llegó a la media hora tras una nueva combinación entre Trent y Vinicius. La jugada siguió su curso y cuando llegó a Valverde, al borde del área pero en el lado izquierda, sorprendió su maniobra, una media vuelta para colocarse él y luego colocar el disparo. Su giro era ya un poco el giro vitinhesco, el giro xaviano, y él lo hizo como un step back a lo Doncic para crearse el sitio desde el que tirar.
No sólo fue el gol. En su sitio de siempre, redescubrimos al Valverde llegador.
El otro interior era Camavinga, con un partido tan bueno o mejor. Era noche de descubrimientos de América y caímos en la cuenta de que Camavinga es eso, ha sido siempre eso: un interior por la izquierda. Todo lo que apunta y no culmina, toda su exuberancia, todos sus excesos inacabados tienen sentido en ese carril ancho e intermedio del interior. Es un jugador para la parcialidad encarrilada, diagonal, omnicomprensiva del interior, para su ir y venir, su acarreo. Ese todocampismo parcial, hasta cierto punto. Si Redondo sentía que fuera del centro le tapaban un ojo, Camavinga se marea.
No sólo eran los interiores. El Madrid transmitía algo nuevo. Era capaz de sostener la atención, el juego. Era por primera vez continuo, sin caídas de tensión o atención e intuimos que era por una razón futbolística. “El fútbol es un estado de ánimo”, vale, pero ¿y si el estado de ánimo estuviera determinado, lo primero, por razones futbolísticas? El Madrid no se iba del partido, no sufría lagunas porque todos colaboraban sucesivamente: Trent y Huijsen daban electricidad al pase, los interiores mantenían la energía, Guler coronaba de sentido, Gonzalo corría solícito lo de todos... y todos estaban en su sitio, jugando de lo suyo, con una adecuada combinación de jugadores sin balón y jugadores con balón, de toques inteligentes y movimientos en consonancia.
En ese rato se produjo, a mi juicio, una de las acciones de la Liga cuando Vinicius, en nuevo duelo con Aramburu, le recortó tan secamente que el jugador perdió pie mientras él quedaba fijado en el suelo. Los viejos recortes patizambos de Garrincha eran homenajeados por Vinicius.
El juego era vistosísimo y la primera parte acabó con una combinación años ochenta de Trent, con pase largo a Valverde, que a su vez se la hizo llegar a Gonzalo. Falló dándola de tacón cuando hubiera bastado cualquier otra superficie del cuerpo.
Nada más regresar del descanso llegó el 4-1, penalti que lanzó de nuevo Vinicius tras otro penalti de Aramburu sobre él, añadiendo esta vez, al recorte seco, un caño añadido, con el intermedio de una pisada. Tardaremos años, si es que volvemos a ver, un jugador como él. Cuando en tan estrecho espacio un jugador se vale de tres suertes seguidas (recorte, pisada y caño) para superar al rival, al borde de la cal, en el límite, lo que pase luego ya no importa. Lo digo por el debate que el locutor Martínez prosiguió acerca de si se caía por el contacto o por tirarse. Esto no importa en absoluto. Igual que un peón de ajedrez puede permutarse alcanzada una cierta fila, cuando un delantero supera al rival en el área, cuando le ha ganado en buena lid el sitio, lo que pase luego, la forma de caer no importa. Como si quiere recitar el monólogo de Hamlet y derrumbarse así. No sólo era penalti, es que algunos penaltis son un derecho que ha ganado el delantero. “Colabora cayéndose”. Pues claro, asesino del fútbol, colabora porque después de semejante obra de arte, lo que no va a hacer Vinicius es dejarlo todo a la ley de la gravedad. La jugada requería un caer mínimamente teatral, igual que los saltadores afinan su entrada en el agua.
El juego del Madrid estaba basado en una gran simetría. El avance por un sector orientaba la defensa rival hacia allí y entonces se cambiaba el juego; y en cada cambio de juego se gana algo, se gana un poco de superioridad; así, como si fuera un cedazo, llega el espacio, meciendo hacia un lado y otro el juego hasta encontrar la pepita de oro.
Por la derecha lanzaba Trent, y por la izquierda Huijsen, que mostraba una inteligencia con Carreras. Por delante, ya se ha dicho, trituraban los interiores...
Para un degustador del fútbol de banda derecha, nostálgico de Míchel, la combinación Trent-Valverde parecía un summum del fútbol y por ello sorprendían, aunque no mucho, las insistencias con Carvajal, que entró junto a Alaba en el 58. El cambio parecía un premio a la superación y la reinserción deportiva, pero ilusionar tampoco es que ilusionara mucho.
El Madrid lanzaba bellas contras tocadas, lograba lo mejor de los dos mundos, el toquecito y la correría y en un momento dado, el realizador mostró a un niño en primera fila del estadio: gordito, con gafitas, con cara de bueno y decía hola con la mano... ¡era el mismo niño! Y ese niño gordito con gafitas maravilloso que decía hola (¡niño adoptable ahora que he roto a padre!) estaba siendo espectador de cosas únicas. Tanto, tan insólitas que el estadio, para espanto seguro del ruidobernabéu, empezó a cantar:
-Hola, Fondo Norte
-Hola, Fondo Sur
Estaban a un pase más de Trent de hacer la ola.
En el 72 llegó el descanso, bien pensado, para los interiores, que se antojan claves en lo que queda. Entraron Ceballos y Brahim a dejar sus buenos minutos.
En esa noche de florecimientos vimos otro lince blanco: una jugada de Güler conduciendo la pelota por fin: control, gambeteo, autopase, esprín, recorte y pase...
Había sido un día tan importante para el mediocampo del Madrid que Cestero entró a sustituir a Tchouameni.
Las lesiones (son de cristal) o las prelaciones (no sé si hay jerarcas pero sí jerarquías) podrán muy fácilmente arruinar el “no la toques ya más, que así es la rosa” vivido ayer.



