martes, 10 de febrero de 2026

Pepitas de oro


El Oro de Moscú

 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


Por San Blas la cigüeña verás, pero de momento sólo se ven los B-2 trumpianos camino del Golfo Pérsico (pronto Golfo Americano, como el de México) para pegarle fuego al cuarto de los contadores de la economía global.


Trump pertenece a la cultura del “pressing catch”, y su idea de la guerra es una performance guionizada para la TV que combina disciplinas de combate y artes escénicas con B-2, que son esas alas delta negras con las que quiso asustar a Putin en su recibimiento en Alaska, como una caricatura de Hynkel, dictador de Tomania, apoquinando a Napaloni, dictador de Bacteria, en la película de Chaplin, que en el caso de Trump se completa con sus declaraciones, propias de William Munny en “Sin perdón”, sobre su capacidad para destruir el planeta ciento cincuenta y seis veces (en el Golfo estaríamos al borde de la primera) y sobre las limitaciones de su poder, que se reducen a su moral, bastante laxa, si nos ajustamos a los hechos. Es natural que, con todos los cañones de la propaganda lanzando señuelos de la isla de Epstein (“post coitum onme animal triste”), la imprevisibilidad trumpiana tenga bailando al dólar, ese pollo sin cabeza, y sobre todo, al oro. Pero ¿qué sabe hoy de oros un españolejo?


A España con el oro nunca le salieron las cuentas, y ahí están nuestras grandes “empresas espirituales”. “Quien quiera quitarse de trabajar y ser rico, que venga conmigo a sitiar Valencia”, decía el pregón del Cid, según el juglar de Medinaceli, recogido por Albornoz, que también se acuerda de Cortés, quien “mandó dar pregones y tocas sus atambores… para que cualesquiera personas que quisieran ir en su compañía a las tierras nuevamente descubiertas, a las conquistas y poblar, les darían sus partes de oro, plata y joyas que se hubiesen”. Y de Pizarro, que en la Isla del Gallo, había de invitar a sus hombres a elegir entre ser pobres en Castilla o ricos en el Perú. ¿“Espirituales”? Sí, si aceptamos el oro como verdadero símbolo de la sublimación, como muerte del cuerpo y como búsqueda de una vida “superior” que no es la del cuerpo. 


El dorado es el color favorito de Trump, con gusto de casinero de Las Vegas, cuyos proyectos más megalómanos son la “Cúpula Dorada”, contra los misiles hipersónicos de los malos, y la “Flota Dorada”, con “acorazados de la clase Trump” ante la flota china, todo por alargar mil años la “perpetua decadencia” del imperio, como la del imperio de Oriente, que duró mil cincuenta y ocho, según las cuentas de Gibbon, pues subsistió desde el reinado de Arcadio hasta la toma de Constantinopla por los turcos.


Ahora que todo el mundo corre a refugiarse en el oro, de oro en España sólo nos quedan el perro de “El Jarama”, de nombre “Oro”, y apurando el Nadal, Uclés, en tanto que epígono del Siglo de Oro del Régimen del 78, del que sabemos por la magistral descripción de Manuel García Viñó en “La cultura como negocio”.


[Martes, 3 de Febrero]