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lunes, 13 de abril de 2015

La gran novillada de los Sánchez Herrero

 Ruedas y Dulcero

José Ramón Márquez

Para la primera novillada de la temporada en Las Ventas la Empresa de los Choperón Father & Son, que aún no ha acabado de contar los billetes que les dejaron en usufructo entre Fandiño y las seis ganaderías, decidieron volver a sus grandes clásicos, no fuera a ser que alguien pensase con lo del Domingo de Ramos y lo del Domingo de Resurrección que se habían vuelto locos. Fieles a su inveterada costumbre anunciaron a dos toreros nuevos en la Plaza, de los cuales uno está técnicamente retirado, junto a uno que no es nuevo en la Plaza y que se viene a Madrid con un solo paseíllo en 2014. Nada nuevo: entre los tres sumaban 17 paseíllos en el año pasado de los cuales 16 los pone Antonio Linares. Los otros dos actuantes fueron Daniel Ruedas y Jorge Escudero.  

Por la parte táurica anunciaron una corrida de toros de los Hermanos Sánchez Herrero. Algún indocumentado se pensará que los Hermanos Sánchez Herrero, afamados polleros del mercado de Chamberí, han cambiado la pluma por el pelo y se han metido a ganaderos de lidia; debemos tranquilizar a la selecta clientela de tan esmerados comerciantes porque estos que trajeron los toros hoy a Madrid son unos señores de Salamanca que nada tienen que ver con la distribución minorista de aves y conejos y que en las pocas veces que han traído sus productos a La Monumental han echado corridas de lo más interesantes. Dice el programa de mano que esto de los Hermanos es de procedencia Juan Pedro Domecq Díez -¿quién, si no?-, pero la verdad es que ni con el programa en la mano ni con esa páginas que no paran de repetir ese mantra de “bajos de agujas, finos de piel, de armoniosas proporciones, con encornaduras de desarrollo medio...” uno ve el juampedreo ni por el forro en lo que hoy ha salido por chiqueros. Corrida cuajada de toros, a falta de nada y menos para los cuatro años, predominantemente en capas coloradas y castañas, seria, honda y bien presentada, con cabezas de mucha leña -aunque ya no sabemos si esto viene de la morfología de los animales o del empleo de las fundas- y con un comportamiento generalmente encastado y tirando a mansa. Y que conste que lo de mansa no se anota como un baldón en el debe de los toros, porque ésa es una característica que, si va unida a otras, suele deparar momentos de gran intensidad al aficionado que va a la Plaza a algo más que ver a un tío dando pases. Anotemos que no tuvimos apenas el honor de conocer las lenguas de los toros, de los cuales tres se fueron al desolladero con la boca cerrada y que fueron toros de bastante más exigencia que lo que normalmente se suele ver por ahí. Como es natural en nada recordaron a la antedicha genealogía juampedrera y alguien recordó que en esta ganadería hay más Raboso que Bodeguero, de ahí acaso las capas coloradas y castañas.  En suma, una interesantísima corrida de toros la que los Sánchez Herrero trajeron a Madrid, que si la echan el otro día en Málaga en vez de la gayumbada, habría que ver en qué quedaba tanto ditirambo como manó para los de la lidia y muerte a estoque de las babosas. Imagino que la van a dar más palos que a una estera porque estas novilladas dejan bastante con las vergüenzas al aire a tanto poderoso como hay por ahí, y la cosa como que no interesa.

Para explicar cómo fue desenvolviéndose la corrida digamos que hasta las siete menos cinco, momento en que Marco Galán se puso a bregar al tercero de la tarde, no se había visto un sólo lance o capotazo digno de tal nombre. La soledad infinita de Daniel Ruedas, sin picadores, con los dos Rodriguez (Álvaro y Marcial) picando como si hiciesen fracking, con Ignacio Estévez, que iba de tercero dando la salida al toro hacia el caballo que guarda la puerta, con cuatro pasadas de los banderilleros César del Puerto y el susodicho Estévez, que dejan cuatro banderillas en el lomo del colorao y otras cuatro en la tierra del ruedo, produce una sensación de desamparo del matador, de una infinita soledad que es la suma de la percepción de la dificultad de enderezar la carrera y de la imposibilidad de superar esta tarde en que todo se juega a dos cartas, ambas de capa colorada. La presencia del primero, Dulcero, número 11, era imponente, y la faena que, sin duda, tenía no era para los mimbres de Ruedas, que estuvo con cierta dignidad ante su oponente, sobreponiéndose a sus notorias carencias. En el segundo, Caminero, número 28, otro tío, planteó un inicio de faena por ayudados y estuvo en un registro similar al del primero. A ambos les dejó sendas estocadas de aquella manera que fueron suficientes.

Jorge Escudero traía algo más de desenvoltura, pero hoy no era el día de tirar líneas, sino de embraguetarse y jugarse la femoral. Decidido a plantear sus trasteos por las afueras, al moderno modo, siempre estuvo en el quiero y no puedo de intentar meter a los toros en su idea y no de acoplarse a sus condiciones; como dicen ahora corrió la mano en algunos momentos, pero sin mando ni poder. Bien es verdad que tragó lo suyo cuando un par de veces su segundo, Príncipe I, le puso los pitones en el pecho, pero también es verdad que nunca mandó en sus toros, ni les obligó, ni les lidió. En el Príncipe I, verle en el ruedo era como ver a un tío del GasMadrid abriendo una zanja, porque daba la impresión de que era el toro quien toreaba al torero. Muy mal con los aceros, pues no hace la suerte: se queda en la cara y deja el estoque lo que se dice enhebrado. En el primero le faltaron seis segundos y medio para que le echasen el toro al corral; en el segundo en vez de entrar a matar por segunda vez, se enfangó de nuevo con el verduguillo, que lo maneja con tan poca soltura como el estoque, y lo mató a la última.

Antonio Linares trajo, además de un montón impresionante de seguidores, unas notables ganas de hacerse notar. Su primero, el único negro del encierro, Espartero, número 34, y el único que blandeó un poco, fue muy bien picado por Tomás Copete entre el 10 y el 1, que agarró un buen puyazo cuando el toro se le vino suelto y muy fuerte y a punto estuvo el bicho de derribar, si no le llega el piquero a tener bien cogido. Por esas cosas de la vida le gritaron de forma harto injusta lo de “¡Qué malo eres!”, aunque él sabía en su fuero interno que lo había hecho bien. A este toro lo lidió Marco Galán con unos capotazos cum laude, marca de la casa, y Carmelo González, que iba de tercero, le puso un soberbio par al cuarteo. ¡Hay que ver lo que ayuda el que las cosas se vayan haciendo bien! Linares desplegó ante el Espartero una tauromaquia suelta, muy sobrada, como de haber toreado una barbaridad en el campo, pero ayuna de esa necesaria personalidad que demandamos en cualquiera que se vista de luces. Valga la luz de sus ansias de triunfo, en el día de su presentación ante la Cátedra, y anotemos su falta de entrega al toreo bueno, eligiendo siempre los terrenos de menos exposición y poniendo en práctica lo que ve hacer a los mayores. Con una habilidosa estocada desprendida echándose fuera tumba al toro en un santiamén. Lleva estoque ortopédico. En su segundo, Principe II, número 14, ya es otro cantar, el toro fue el más noble del encierro, ¡noble y no bobo!, con una preciosa embestida que hablaba de terrenos, distancias y entrega. Lo recoge abriendo mucho el trapo, como a veces hacen en los tentaderos, y posiblemente ahí se da cuenta de las condiciones del toro; luego, a diferencia del primero, hay un delirante tercio de varas protagonizado por Miguel Ángel Infantes y un tercio de banderillas en el que Marco Galán deja claro que lo suyo es el percal y no los garapullos, que decía Matías Prats. La “faena” es una sucesión de pases sin ton ni son en los que se despilfarra la embestida del Príncipe II y que van produciendo cierto enfado en el tendido, al comprobar cómo el toro se le va yendo al torero. Le echa al suelo con una estocada de igual factura a la del primero, pero muy baja y sin su efectista rapidez. Entre eso y los veintisiete puntillazos que le han asestado hasta que estiró la pata, hasta los paisanos de Tomelloso se han enfriado en sus ansias orejiles.

La gran inquietud bajando las escaleras de la Plaza es si Abeya habrá tenido tiempo de mandar arreglar la puerta averiada y, con gran contento, comprobamos que ha sido desatrancada. Salimos a la explanada por ella, dando gracias a Dios.


 Leve jirón de niebla
que el viento entre sus alas efímeras dispersa...

 España y Tomelloso

 Alfa y Omega

 Ruedas, Escudero y Linares

 Dos Felipes II pintados por Velázquez-Foxá

 Dos Jaros (de agua fría)

 ¿Qué localidad es ésta?

 La puerta, al fin, reparada

 Final

 Un picaor

 Tú solo

 Pasando la tarde

 Callejón

 Abeya en Pulp Fiction

 Linares y Espartero

 Marco Galán y Espartero

 Linares en el estribo

 Sur la pierre... Homenaje a Manet

 Abeya bajo palio

 Escudero y Rodillero

Un hombre y su público