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sábado, 11 de abril de 2015

Castocracia



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Un fraile del Bachiller acostumbraba repetir que el verdadero retrato político de una sociedad es su Código Penal.

Por su Código Penal, España sería políticamente una “castocracia”, término inventado no por Pablemos, como cree Pablemos, sino por Max Stirner, pensador muerto por una mosca y del que, de Marx a Nietzsche, chupó todo el mundo sin citarlo (Ortega le levantó su “circunstancia”).

Llamo “castocracia” al sistema (de castas) de los reyes anteriores a la Revolución.

La “castocracia” se me ha venido encima al ver al ex ministro (¡de Justicia!) López Aguilar defenderse en un plató del Congreso de su Ley de Violencia de Género, que a cursis aquí tampoco nos va a ganar nadie.

Las denuncias falsas son un coste asumible de esta Ley –había dicho al hacerla el hombre que a Beatriz Talegón, Hannah Arendt del partido de Eguiguren, le parece un genio, y lo es, pero del aforamiento (“soy aforado: no puedo evitarlo”).

Ya como ministro vivió el episodio de un hermanillo suyo denunciado por las víctimas del terrorismo tras un “chiste” sobre Alcaraz: en vez de declarar en la Audiencia Nacional, “Sorrocloco” lo hizo por exhorto en Canarias.

Que las denuncias falsas son un coste asumible de su Ley es un “dictum” digno de Robespierre, a cuya Ley de los Sospechosos, en virtud de la cual los sujetos tenían que probar su inocencia, nos devolvió el facundo jurista López Aguilar con una ley que venía a restablecer la presunción de culpabilidad, y ahí se las compongan todos, que yo soy aforado y no puedo evitarlo.

A la publicación del presente decreto todos los sospechosos que se encuentren en la República y que estén aún en libertad serán detenidos.
Robespierre, el Incorruptible, hizo su ley pensando en los nobles como López Aguilar la haría pensando en los fachas, pero la justicia poética es inescrutable, y la Ley de los Sospechosos acabó en el cesto de la guillotina con el pescuezo incorrupto de su “desaforado” autor.

Menudo lúser, Robespierre.