Follow by Email

viernes, 10 de abril de 2015

"Better Call Garzón"



Hughes
Abc

-He escrito una enciclopedia de la corrupción. Sentí esa necesidad.

 Con modestia, Garzón daba inicio al acto. «El libro tiene 500 páginas y otras 100 de notas, no hay más por el editor». Metido a Diderot del trinque, Garzón resulta igual de plúmbeo que de costumbre y dice cosas como «así no se construye transparencia».

Garzón tiene aspiraciones de héroe universal, pero parece lastrado por el deseo íntimo de ser ministro plenipotenciario y una voz de ciervo herido. Al cabo de un rato es como si te estuvieran hablando unos apuntes de derecho y empiezas a imaginártelo poniéndose los calcetines de Pilar Urbano (se entiende que Garzón luche contra la posibilidad real de pasar a la historia como un personaje de la periodista).

Es un hombre contradictorio que igual asesora a un banco andorrano que pide el certificado de defunción de Publio Cornelio Escipión el Africano. Preguntado por su vinculación a la BPA, apeló al derecho de defensa y al ejercicio de su condición de abogado. El derecho de defensa es lo que vulneró cuando fue condenado por interceptar las conversaciones de los imputados; y habla como simple dueño de un bufete cualquiera hasta que de repente: «¿Doctor Garsón, como defensor de los derechos humanos, qué opina usté?». «Yo, como defensor que soy de...». Y se tira el folio. En un minuto se quita el disfraz de superhéroe y se pone el de Saul Goodman, el protagonista de «Better Call Saul», serie que cuenta los intentos de un señor maduro por abrirse paso en la abogacía. Otro abogado con demasiados principios.

Supura política, ejerce de abogado y piensa como juez. Un lío y a la vez un símbolo: judicializada la política y politizada la justicia, ¡cómo no iba a haber Garzones! Ahora viene a engancharse a las «preocupaciones ciudadanas» con la corrupción, pero cuando mencionaba los Filesa, Gürtel o Naseiro se daba uno cuenta de que son las grandes novelas de la España reciente. ¿Por qué pensar que cambiaremos?

En el Circulo de Bellas Artes hasta los conserjes llevan barba «hipster». Al salir, como llovía, la gente se tapaba el rostro. Parecía que salían de un juzgado.