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lunes, 13 de abril de 2015

Aquiles y la tortuga

Antimadridismo en Ipurúa, el campo del Éíbar

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Al pipero se le pone ceja de Carletto, si le recuerdas las paradojas de Zenón, el Valdano de Elea, especialmente la de Aquiles y la tortuga, que supone la demostración científica de que Ancelotti no alcanzará a Luis Enrique en la Liga.
    
Aquiles, “el de los pies ligeros”, al decir de Homero, el Roncero de los griegos, decidió echar una carrera contra una tortuga. Viéndose más veloz que el quelonio, le dio una ventaja inicial. Aquiles recorrió a toda leche (“a toda leche”, era el secreto táctico del seleccionador Javier Clemente) la distancia que los separaba, pero al llegar al punto la tortuga ya no estaba, porque había avanzado, más despacio, un trecho. Aquiles siguió corriendo, pero al llegar otra vez donde estaba la tortuga, ésta había avanzado algo más. Es decir, que Aquiles nunca ganará la carrera, pues la tortuga irá siempre por delante.

    Por lo visto en Sevilla (¡y en tantos otros sitios!) la tortuga culé de Luis Enrique no da ni para sopa, pero cuenta con la ventaja que le dio el Madrid, inmerso ahora en una persecución inútil, de dar crédito a la filosofía griega, circunstancia de ansiedad que disparará el crepitar de pipas en las gradas-estanterías del Bernabéu.

    –Pipak jatea guztiz debekatuta –se lee en una lápida atornillada a la pared de la tribuna de Ipurúa, el estadio del Éibar.

    Al Éibar (“Terminantemente prohibido comer pipas”) los viejos cronistas de la Segunda División le decían “equipo escopetero”, y era el sparring perfecto para preparar la eliminatoria europea con Simeone, que es el enemigo del neomadridismo, un ismo que bien podría estar representado por Isco, el niño de San Ildefonso (tocotoco por tiquitaca) para el piperío.
    
El año madridista está en manos de Simeone, que ya nos ahuecó la Copa del Rey y que ha acabado convirtiéndose en una obsesión.

    La impresión es que en esta ocasión, y por la cuenta que le trae, el equipo se va a presentar en el Manzanares con el partido (¡por primera vez!) preparado, y preparación supone un plan de ataque y de defensa, no el cómico, pero frustrante, “Rufufú” (Gassman, Mastroianni, Totó, Cardinale…) de Monicelli en este par de años donde el único logro ha sido el de ver a la afición simeónica corear el “¡Íker! ¡Íker! ¡Íker!”, jugador, por cierto, que no figura (y así ha sido denunciado) en el equipo ideal que Mourinho ha facilitado al “Telegraph” compuesto con jugadores que él haya entrenado: Cech; Zanetti, Terry, Carvalho, Gallas; Makelele, Lampard, Özil, Hazard; Drogba y Cristiano, con Júlio César, Ashley Cole, Sergio Ramos, Deco, Robben, Sneijder y Eto'o en el banquillo.
   
De sus visitas al Manzanares a Ancelotti le ha faltado decir lo que ha dicho Alonso de su visita a la China: “El objetivo era acabar y coger experiencia e información”.
   
Con experiencia e información, más un poco de Cristiano, de Bale, de Benzemá y de James (“es un zurdo talentoso, exquisito y elegante, como todos los zurdos”, ha dicho de él Maradona en Colombia), debe haber para ganar un partido al Atlético de Fernando Torres, si no es mucho pedir.




ILLARRAMENDI Y CHILLIDA
    La primera genialidad táctica de Ancelotti desde que está en Madrid fue echar al Éibar a Illarramendi, cuyo fútbol “aurresku” arrulló a los escopeteros en una siesta septentrional, pero magnífica. Hasta su portero Irureta fue víctima del sopor, y dejó que Cristiano volviera a catar el sabor de los goles de falta. Viendo a Irureta en la soñarra, recordé una cosa que me dijo Chillida, que fue portero de la Real Sociedad, mientras me mostraba las obras de su Museo, que no sé si seguirá abierto: “El recuerdo más bonito de mi vida es el de verme sacando de puerta en el Bernabéu”. Y que daría cuanto tenía por repetirlo. Dentro de medio siglo, el recuerdo más bonito de la vida de Irureta será el gol de cante “jondo” de Cristiano.