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jueves, 16 de abril de 2015

Iglesias quiere ser Khaleesi


Hughes

La interpretación que Pablo Iglesias hace de Juego de Tronos es igual de extraña que su comprensión de la realidad política (“extraña” es un adjetivo perezoso, inadecuado, que elude la cuestión, me hago cargo).

Se dice que quien le gusta a Iglesias en la serie es Daenerys Targaryen, es decir, la Khaleesi, la Que No Arde o La Rompedora de Cadenas.

La Khaleesi no me parece que sea lo más “progresista” de la serie, tampoco lo más refinado políticamente. Ella es un caudillaje sexy. Tiene una legitimidad de origen. El apellido y además el rollo de los dragones y los huevos. Es una reina sin pueblo, eso sí. Es una Eva Perón sin multitud, que es lo que se trata de ganar. Ella no gobierna, aprende a hacerlo como forma de ganarse al pueblo. El gobierno como persuasión. Es, ella misma, bastante populista y se da cuenta, en su aprendizaje, de que medidas como la abolición de la esclavitud no son necesariamente buenas porque la realidad es compleja. El acto de gobernar desvela su carácter primario. Ella lo primero que hace es arrasar con toda norma o costumbre.

El Oriente de la serie, el mundo por el que asciende esta Daenerys, tiene ciudades-estado fastuosas y situaciones de esclavitud. Nos lleva a la antigüedad.

Más allá de Desembarco del Rey parece bullir un mundo feudal, medieval. Población con señores, reyes, quizás algún consejo, órganos de representación feudal y un juego político de alianzas posteriores entre reinos. Pluralidad de órganos e instituciones como esa Mano del Rey, por ejemplo.

Pero lo interesante está más allá del Muro. Allí están los hombres libres, asilvestrados si se quiere, llamados bárbaros, que con una forma que parece nómada, tribal, se vanaglorian de su orgullosa libertad. No les une vinculación feudal con nadie. No hay reinos, ni Estados. No hay estructuras, digamos, gubernativas. Apenas hay instituciones. Su libertad va unida a cierto arrasamiento cultural que ellos asumen. Libertos de sí mismos, prefieren el destierro, el hielo, antes que la sumisión (siempre me extraña que estos amantes de la libertad sean tenidos por bárbaros, temibles además, y me da por pensar en los, a sí llamados, liberales españoles, que tienen todo el día la palabra libertad en la boca, pero luego me acuerdo de que realmente son mártires: barbarie a cambio de libertad. No son previos, sino expulsados, exiliados. Gente que en ocasiones huye hacia la libertad. Y se me pasa).

Por eso, lo suyo sería admirar a Mance Rayder, que lidera el Pueblo Libre con rasgos compasivos. Pero no, a Iglesias (¡como tonto!) lo que le gusta es ser la Khaleessi. Ahí se le ve el cartón. La Khlaessi es sexy, tiene una legitimidad de origen, está ungida con algo. Es un ser que parece cumplir una profecía. Además, con esa Misión, lo único que necesita es pueblo, no le basta con un ejército. ¿Y cómo ganarse al pueblo? Ahí aparece la Justicia como primera medida. La justicia social. La Khalessi es realmente populista y siempre habla al Pueblo. A Su Pueblo (de ella). No hay estamentos, ni complejidad institucional. Es ella, el Pueblo y un tercero conquistable o amenaza. Es guapa, pero un poco simplista, concluyamos.

Mi preferido es Renly Baratheon, el Baratheon gay que estaba liado con Loras Tyrell, el bello paladín de las justas. Renly funda la Guardia Arcoiris y tiene mucho de Valois, pero además es avanzado políticamente. Es un Baratheon y juega sus cartas con éxito mediano (muere, claro), pero es un intermedio entre la tradición y algo ideal. Renly habla de mejorar la vida de la gente, en él, por primera vez, se contempla el futuro de los súbditos. Es posibilista, maquiavélico, es decir, en él hay algo de modernidad y un ideal de bienestar al que quiere dirigir su “acción política” (hablamos ya todos como gorriaranes… pero yo no seré uno más, no seré un gorriarán, ¡seré un gorriadán!), un ideal de perfeccionamiento y mejora que lo convierten en un progresista dentro de la serie.

Renly mola, pero Iglesias, claro, quiere ser Khaleessi.