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viernes, 23 de enero de 2015

Emprendedores



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Al llegar, para él, la hora de rendir cuentas al Altísimo, Benjamin Franklin dijo una verdad tan evidente en sí misma como las de la Constitución americana:

En este mundo sólo hay dos cosas seguras, la muerte y los impuestos.
Hasta que llegó Podemos, que para arreglar lo uno tiene ya al doctor Montes, y para arreglar lo otro, a Monedero.
Pablemos, que fue becario de Blesa antes de triunfar mediáticamente como mezcla del don Pablos de Quevedo y el Harry Potter de Rowling, propone para modelo de emprendedor (¡un “entrepreneur”!) a Monedero, el empresario sin trabajadores, fórmula que le puede permitir a uno ahorrarse, no sé si el iva de Montoro, pero sí la plusvalía de Marx.
Marx se hizo su idea de la propiedad con el cuento de Rousseau (ídolo de nuestro ministro de Justicia) sobre un tipo que llegó al campo, levantó una cerca y dijo “¡esto es mío!”
He aquí el acto inaugural de la cleptocracia burguesa contra la que se alzaron, primero Marx, con su teoría de la plusvalía (el empresario se queda con la parte del león del beneficio), y luego Monedero, con su teoría de la plusvalía invertida, o merienda en las casas bien: yo, que soy un turras, evangelizo a la Lomana y me como su roscón.
Los dos tortolitos hicieron su nido pajita a pajita –es la metáfora de un cronista habanero traído a colación por Ullán.
El otro emprendedor en escena es Pedro Sánchez, que venía a cambiar a España (“vengo a cambiar  España, señores”) con un plan federalista que consiste en cambiar la piel de toro (entre nosotros, siempre fue de buey) por una de conejo.

Pero Sánchez no es invitado a la casa de la Lomana, que es donde se reparte el roscón, y tampoco a la de Bono, que, por lo visto, es donde te crece el pelo. Bono, Zetapé, Pablemos y Errejón. ¡El festín de Trimalción!
Al ir a las primarias, Sánchez ignoraba la ley de hierro de la oligarquía de Michels por la cual en una organización, si tiene la ocasión de votar, la gente vota al menos molesto.