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jueves, 21 de abril de 2011

¿Y si José Tomás se pone a matar toros?


José Ramón Márquez

Las cosas referidas a José Tomás, el pétreo, son administradas con cuentagotas por los que manejan su comunicación. Desde que crearon el ‘label’ Tomás han aplicado a este torero los principios de la más moderna mercadotecnia y es de justicia reconocer que la cosa les funciona de perlas.

Desde la famosa cogida de Aguascalientes se ha ido dosificando la presencia del torero en los medios con una regularidad asombrosa. Esa presencia siempre ha cumplido dos condiciones, una es que el torero nunca habla; otro es que esa muda presencia se usa para construir un personaje nimbado por los atributos exigibles al perfecto hombre contemporáneo al que nada humano le es ajeno: solidario, deportista, patrono de una fundación...

Por la boca del torero y con el fin de poner su nombre en los medios de comunicación han hablado una media docena de personas, desde el Doctor Rogelio hasta Joaquín Núñez del Cuvillo. Cada uno ha puesto su gota, o su guinda, a este pastel pétreo y berroqueño alentando las expectativas de la legión de seguidores que esperan la tercera venida del torero de Galapagar como la del Mesías salvador de la fiesta, los ilusos, y manteniendo viva su memoria en los papeles y en los bites.

Porque como el torero no habla, todo se reduce a atisbar indicios y premoniciones entre los que le ven, como aquellos antiguos kremlinólogos que adivinaban lo que estaba pasando en las sentinas de la fenecida URSS por el lugar que ocupaban los vejestorios aquellos en la tribuna para ver el desfile del uno de mayo. Con Tomás pasa algo así. Hoy en día circulan simultáneamente, entre otros, los rumores de que quiere reaparecer en Málaga por su cumpleaños, de que quiere matar la corrida de la liberación en Bilbao, de que si no está chipén no va a anunciarse en ningún sitio, de que tiene reservados no sé cuántos cuvillejos para lo que sirva ordenar... Rumores, indicios, porque nadie ha oído nada de todo eso dicho por la boca del torero.
Yo, por no ser menos, me apunto también a la moda del tomasólogo. Esta mañana tuve la visión de un escaparate de la Casa del Libro de Goya adornado con el libro de Salvador Boix, el ‘apoderado’ del torero. Mi sorpresa fue ver el título del volumen: ‘Toros sí’, y entonces pensé que a lo mejor eso era también una premonición, de que para su reaparición el Monstruito de Galapagar iba a ponerse, como un tío, a matar toros; toros, sí: cucarachas, no. Es decir, que se iba a olvidar de sus cuvis fetiche, de sus juampedritis, de los torillos de chicha y nabo con los que se anuncia y se iba a poner enfrente de los toros de verdad, de los que meten miedo, de los que te hacen grande. Y claro, como este año se va a cumplir el X aniversario del día que se anunció en Madrid con los Adolfos, de los que uno, el famoso Lagartijo, se le volvió vivo a los corrales, a lo mejor es que se quiere sacar la espina, que ya es pena que de dos a uno no lo matase. Puede ser que toda esta introspección sobrevenida con la enfermedad, igual que a Thomas Mann le sirvió para componer ‘La montaña mágica’, le haya llevado al pétreo Tomás a dar un giro esencial a su carrera: ‘Salvador, toros sí’, le habría dicho a Boix con ese aire místico que se gasta; ‘que ya estoy harto de matar monas. Ahora la cosa va en serio’.

PD.-Hoy leo en Mundotoro que el nuevo empresario de Granada lleva a la Feria del Corpus una corrida de Victorino Martín y también la de Partido de Resina que no pudo ir a Francia por problemas sanitarios. Declara, además, el empresario que está a la espera de una reunión con Salvador Boix para ver la inclusión del Pasmo de Galapagar en los carteles.
Al final la profecía parece que se va cumpliendo. ¿Cuál de las dos corridas elegirá Salvador ‘Toros sí’ Boix para su poderdante? ¿La de Victorino, que, a fin de cuentas, es pariente del torero? ¿La de Pablo Romero para emular a Guerrita, a Gallito, a Belmonte, a Ordóñez? O quizás triunfe el torero en su afán de imitación de Manolete y prefiera hacerse el ofendido por el ‘¡Eso, ayer!”, como el Monstruo, y pasar por la Aldea de Tauro sin saber cómo embisten los toros de Gallardo.