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jueves, 28 de abril de 2011

Pregunta a Valle-Inclán: "¿Hay arte en los toros?"

Ramón María del Valle-Inclán


CARTAS A UN AMIGO DE PROVINCIAS

Querido amigo:

He aquí una nota de amena actualidad que puedo brindarte, creyendo que te interesará.
Anoche, como te anticipé en mi anterior, tuve por fin el placer de conversar con el autor de “Cantos de Gesta”, con el gran D. Ramón del Valle Inclán. Cenamos en el estudio del escultor Sebastián Miranda.

Yo, ya supondrás que no cabía en mi de orgullo. ¡Mano a mano, con D. Ramón y con Miranda, en cena íntima!... En aquellos momentos no me acordaba de la poesía bucólica, de los bellos paisajes y del alegre pueblecillo donde vivió nuestra infancia...

Después de los postres, y de relatarles yo, a petición de D. Ramón y Miranda, mi reciente viaje a Londres, le lancé a Valle Inclán la pregunta que tanto te interesaba: “Don Ramón... ¿cree usted que hay arte en los toros?”

Y ahí va su respuesta:

-Naturalmente que sí, y mucho. Mire usted: la mayor manifestación del arte es la tragedia. El autor de una tragedia crea un héroe y le dice al público: “Tenéis que amarle.” ¿Y qué hace para que sea amado? Le rodea de peligros, de amenazas, de presagios... y el público se interesa por el héroe, y cuanto mayor es su desgracia y más cerca está su muerte, más le quiere. Porque el hombre no quiere a su semejante sino cuando lo ve en peligro. Supongamos que un niño está jugando en esta habitación, y nosotros no le hacemos caso; al contrario, tal vez sus juegos nos molesten. De repente, el niño se acerca al balcón y está a punto de caer a la calle; entonces, todos nosotros nos levantamos angustiados y gritamos: “¡Ese niño!” En aquel momento todos queremos al niño, pero ha hecho falta para eso, para que nuestro corazón dé rienda suelta a su amor, que ese ser esté a punto de deshacerse. Es la tragedia... En los toros la tragedia es real. Allí el torero es autor y actor. Él puede a su antojo crear una tragedia, una comedia o una farsa. Cuanto mayor es el peligro del torero, mayor es la amenaza de tragedia y más grande es la manifestación de arte. Hay toreros, como Belmonte, que crean la tragedia, la sienten, y al ejecutar las suertes del toreo, se entregan al toro borrachos de arte. Entonces los cuernos rozan las sedas y el oro de sus trajes; la tragedia se aproxima, el público, sin saberlo, se pone de pie, se emociona, se entusiasma. ¿Por qué? Por el arte. Quitemos a los toros la facultad de matar, y ya no hay fiesta, porque no hay tragedia, no hay arte. Supongamos que en diez años no muere un torero, y entonces se acabó el interés de las corridas de toros. A un torero que no tuviese peligro de ser cogido, acabaría por aburrir al público. Eso le pasó al Guerra. Hoy tenemos el caso de Joselito. Joselito es el torero que tiene mayores conocimientos y que tiene más facultades físicas. Sin embargo, Joselito cansará a los públicos. Joselito es el primer actor de la tauromaquia; pero como en este arte el autor y actor van juntos, Joselito-autor no quiere crear tragedia; no siente el arte de la tragedia, y a pesar de sus faenas asombrosas, de sus facultades, de sus maravillas, el público nota que le falta algo, algo que será la causa de que le aburra un día, algo que no sabe lo que es. La tragedia... el arte... Su hermano Rafael ya es otra cosa; tiene menos facultades que él, sabe menos que él; cuando sale un toro que le inspira, entonces crea arte, entonces es divino, porque, como Belmonte, se transfigura, y transfiguración es teología. Los toros, para ser tal como deben de ser, precisan tener la parte trágica, la muerte del toro, del caballo, y de vez en cuando del torero. El torero que toreando se acerque más a la muerte, ése será el mayor artista, el que mejor interpretará la tragedia taurina, aunque el otro, el que toree con mayor facilidad, quede más veces mejor que él. Joselito, los Quintero y la Argentinita son la misma cosa... Están “bien”. Bueno, que de todo esto que le he dicho, los técnicos taurinos, ni aún los mismos toreros, saben una palabra.

Esto fue lo que me dijo el gran Don Ramón María del Valle-Inclán, y puesto que de él viene; acéptalo como los evangelios.
Te abraza tu amigo,

JOTAPÉ.
La Lidia, 26 de abril de 1905

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Por la transcripción,
J. R. M.

Joselito, Belmonte y El Gallo
Barcelona, 1919