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martes, 19 de abril de 2011

Descanse en paz


José Ramón Márquez

Dieciséis llamadas en el móvil, hoy que me lo he dejado en casa. Luego, en el almuerzo fraternal me dan la noticia: Juan Pedro se ha matado en un accidente de coche.
Hace un mes escribí en la revista de mis amigos los areneros, que se llama El Rastrillo, de ‘la ojeriza que muchos tenemos a juampedro, y con esa palabra me refiero como es natural a su ganadería y a sus derivaciones y en absoluto a ese caballero a quien no tengo el gusto de conocer’.


Porque Juan Pedro Domecq Solís, juampedro, ha representado para una legión de aficionados lo contrario de lo que nuestra afición dictaba. Si nosotros queríamos toros duros, él los traía blandos; si nosotros queríamos toros con casta, él los traía sin casta; si nosotros queríamos toros listos, él nos los traía tontos; y así sucesivamente. Ganadero dañino, iluminado por una visión errada, puso de una forma obscena la ganadería al servicio del torero, y en esa lógica fue el creador del concepto del ‘toro artista’, sublimación de la entrega del toro a las más abyectas líneas de abandono de la bravura, de la casta y del poder, a favor del pensamiento débil en el que la faenita sin ton ni son es el valor supremo. En ese triste sentido abrió la puerta a la contemporaneidad. Ganadero posmoderno, podríamos decir.

Juan Pedro Domecq Solís heredó el hierro, la divisa, la antigüedad y el ganado del glorioso hierro de Veragua y de ese pan hizo su pandero, al que como dijimos más arriba llamó ‘el toro artista’. Rápidamente una legión de constructores venidos a más y de ganaderos venidos a menos decidieron que debían comprar vacas y sementales de esos toros artistas para sus fines, que pocas veces tenían que ver con la ganadería. La siembra de juampedro, como una metástasis se extendió por el campo bravo, por Andalucía y por Salamanca, por las dos Castillas, por Albacete, y hubo muchos, muchísimos, que ‘eliminaron lo anterior’ para llevar a sus fincas la malhadada estirpe de juampedro.

El daño que esto ha hecho a la ganadería, a la variedad de los encastes, no es un patrimonio achacable en exclusiva al ganadero hoy trágicamente fallecido, porque sin la aquiescencia de los toreros, de los empresarios, de los públicos, no sería posible entender el incomprensible éxito de una labor ganadera basada en arrebatarle al toro sus características más propias. Él se puso a favor de la obra con fervor y es justo reconocer que triunfó en su visión.
En el colmo del sinsentido, cuando se metió al negocio de los jamones y las chacinas, juampedro tuvo la ocurrencia de herrar a los cochinos con el histórico hierro de la V coronada. Era ése el último vilipendio que le quedaba por cumplir con el toro bravo, a cuya domesticación ayudó en la medida de sus fuerzas.

Descanse en paz Juan Pedro Domecq, el hombre. Que la tierra le sea leve.