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miércoles, 27 de abril de 2011

Sevilla 2011. La tarde de los Dolores Aguirre. Si Vas a Calatayud...

Día de poda a la hora de los toros

José Ramón Márquez

No me llames Dolores, llámame Loli, Loli Aguirre, o la del bote, porque no se puede mandar a Sevilla una corrida con estas hechuras si, como presume, su ganado es Atanasio Fernández y Conde de la Corte. Toros anovillados, sin remate, descolgados, pobres de cara, feos, blandos, mansos, lo único que trajeron fue mala leche, que algo es algo, y casta, eso que tanto molesta a los toreros poderosos y a los toreros artistas.

Creo que la señora ésta llevaba siete años sin venir por Sevilla y, flaco servicio que nos hace, creo que por lo visto esta tarde se puede tirar otros siete sin volver, porque sobre todo no es admisible la falta de presencia de esta corrida. Producía una gran desilusión ver esas pobres anatomías correteando por el albero, y eso cuando no estaban despanzurradas.
La principal censura, pues, debe ser para esos toros que nunca debieron venir al Baratillo, o mejor dicho, para su descuidada ganadera, que nunca debió embarcar esa corrida.

Pero no todo es para Loli. Lo segundo va para los toreros. Pondremos sus nombres: Paco Peña, Pepín Monje, Manuel Muñoz, Juan José Domínguez, Juan Carlos de Alba, Pedro Mariscal, Rafael González Amigo, Raúl Ruiz y Lucas Benitez eran los que iban a pie y Tito Sandoval, Germán González, Agustín Romero, Juan A. Carbonell, Juan Carlos Sánchez y Francisco J. Sánchez iban transportados por un penco. Entre todos ellos sin excepción dieron la lección magistral de las cosas mal hechas, a destiempo, sin arte, razón o utilidad, mostraron a quien las quisiese aprender las cosas precisas para hacer aún peores a los ya de por sí deplorables toros de la Loli Aguirre y para quitar las ya de por sí escasas posibilidades a sus matadores.

Creo que siempre se echa la culpa al toro de todo, que a fin de cuentas está muerto y no se queja, pero creo también que debería analizarse la deleznable labor que en la ruina de la tarde han jugado unos toreros que han recortado a los toros, que les han enseñado lo que no debían, que han pasado en falso o a la media vuelta, que han picado como y donde han podido, mandando más que los matadores, que han hecho a los toros muchísimo peores de lo que ya eran, puesto que sus capotazos, sus varas y sus banderillas no han servido para nada bueno.

Y luego, la Autoridad. Presidir una corrida no es estar ahí sentado dándose pisto y haciéndose el importante. Presidir una corrida es ser el responsable de que haya un orden en todo lo que se hace en la Plaza mientras dura el festejo. El espectáculo de un puñado de toreros desperdigados por la plaza a derecha y a izquierda del picador, con el toro a lo suyo, con un matador ensayando verónicas al aire, cada cual donde le da la gana y el dragqueen con su traje negro, sus botitas de montar y su plumerito en el sombrero pasando de todo en el callejón, es la pura negación del trabajo de la presidencia de una corrida de toros. Mantener toros manifiestamente inválidos en el ruedo es ponerse de parte de la Empresa y no del espectador. Permitir un juego de escamoteos con un toro que se echa, que lo mato, que se levanta, que lo apuntillo, que me tira un derrote, que se vuelve a echar, que lo descabello, que lo apuntille ése, que se tumba y no se muere, y así hasta que el bicho la palma de muerte natural, es hacer una grave dejación de la autoridad. El presidente se llamaba Julián Salguero Villadiego y, en lo tocante a todos los aspectos de su responsabilidad, hoy optó netamente por tomar el camino de su segundo apellido.

Y por último los toreros. Antonio Barrera estuvo hecho un tío con sus dos toros. Tragó lo indecible y a la mala baba de sus oponentes y a la nefasta ayuda recibida por su cuadrilla opuso su firmeza y su torería. ¿En el primero, mejor? ¿En el segundo? Da igual. Estuvo en torero respetable y decoroso. Me hubiese encantado ver al Super Power July con cualquiera de estos dos toros, a ver si refrendaba lo del torero poderoso eso que dicen de él.

Salvador Cortés estuvo espeso. Resulta difícil censurarle con lo que tuvo enfrente y con la poca ayuda que recibió de los suyos, pero la verdad es que se puso pesado.

Alberto Aguilar vino con un vestido espantoso de berenjena y oro –berenjena gratinada, diríamos- y padeció en sus carnes lo que es no hacer bien las cosas. Se descubrió mucho desde el inicio de la faena a su primero y el toro en seguida se orientó; él no cejó en descubrirse y, cuando creía que el toro estaba ya entregándose, el bicho le puso los pitones en el pescuezo, que eso aflige al más pintado. En su segundo presentó idénticas maneras y, la verdad, no nos dejó un gran sabor de boca de cara a las dos corridas que le esperan en Madrid, Escolar y Cuadri. Como sus compañeros de terna, tampoco recibió una ayuda estimable de su cuadrilla.
La corrida, mala. ¿Y por qué no nos hemos aburrido?


El paseíllo

Antonio Barrera se puso con el capote...

...con la muleta...

...y con la espada

El panorama de Alberto Aguilar

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La puesta de sol en la Maestranza