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lunes, 25 de abril de 2011

Domingo de Resurrección en Madrid. El "aire Díaz"

La tarde

José Ramón Márquez

Domingo de Resurrección en Madrid. Hace un siglo y pico, la fecha en que empezaba la temporada de toros, hoy una cláusula administrativa más en un frío pliego de condiciones. Sin ilusión ni ganas la empresa, pura burocracia, programa una corrida, y el que quiera, que vaya.

Hoy hemos echado de menos a la nutrida colonia japonesa, canadiense, norteamericana y demás nacionalidades que ayudan a la empresa a sufragar estos carteles. Pocos extranjeros y poca fila en la taquilla, que se ve que se habían ido todos a Sevilla al Parque Temático Domingo de Resurrección. Allá se fue también la flor de la crítica, que no me imagino yo a Paco Media Luna, a Don Modesto, a Sobaquillo o a Don José Neira yéndose a los toros a Sevilla habiendo toros en Madrid. Allá ellos, que en el pecado llevan la penitencia.

Hoy habían programado una corrida de los Recitales, que ni digo ya la procedencia porque es que me da la risa, que parece una broma lo de las procedencias desde que empezó la temporada, y lo que nos queda de chupar de ese neumático, Mariluz.

La corrida tuvo algo inusual en esas plazas de Dios, que incomoda bastante por ahí y que se llama pitones. Luego, los toros no se comían a nadie, pero ver así, descarnadamente, esos pitones seguro que eso aflige al más pintado.

Los más pintados en este caso se llamaron Curro Díaz, Leandro y Morenito de Aranda.

Curro Díaz trajo de entrada una cosa bien y una cosa mal. Lo bien es el vestido que traía, en azul, que el tío iba vestido como un príncipe. Lo mal es las melenas que se gasta el gachó, que ya podía haberse ido al barbero antes de venir a Las Ventas. Luego, de la parte del toreo trajo lo de siempre, lo que llamaremos el ‘aire Díaz’, que se sustancia en andar con guapeza, recrearse en lo accesorio, especialmente en las trincherillas, algo de capote y poco más. Más o menos lo mismo que siempre nos trae este Curro que no acaba de dar el aldabonazo de un faenón en Madrid, que yo creo que hay mimbres. A su primero le hizo monerías con la muleta, recortándole los viajes y sin buscar la rectitud, sin ‘enfrontilarse’, que dice un amigo mío. En su segundo, que aterrorizó por el izquierdo al peón Francisco Javier Crespo, no se confió en ningún momento y su desconfianza llegó con claridad al tendido.

Leandro tuvo el toro de la corrida, Adorado, número 10, de casi cincuenta arrobas. Fue un toro muy en el gusto de Madrid, con alegre galope y franqueza en la larga embestida, al que había que apurar con mando en quince muletazos para poner la plaza boca abajo. A cambio, Leandro nos obsequió con un número de contorsionismo que, francamente, no es lo que habíamos ido a ver. Luego, aburrido el toro, el hombre se puso pesado, por la sencilla razón de que Leandro da pases, pero sin un concepto; vamos, que los da por darlos, porque sí. Conviene resaltar que ya es costumbre en Las Ventas que haya un buen número de espectadores que aplauden si ven que el toro esté en movimiento en dos o tres pases, como si el toreo fuese hacer ir y venir al toro sin ton ni son: a ellos se dirige Leandro. El magisterio julyano, indudablemente va calando. En su primero, Leandro dio el mismo tostón que en su segundo, con la diferencia de que el toro era blando y estaba cansado, así que se echó un ratito a descansar a mitad de la faena, que lo podían haber apuntillado y no habría pasada nada.

Lo de Morenito de Aranda es de pura estupefacción. Lo que hoy se ha mostrado es impropio de anunciarse en Las Ventas en una corrida diurna. Creo que tiene una en la feria; ojalá aproveche el tiempo hasta esa corrida para pensar mucho y muy seriamente sobre él mismo y sus fines, aunque visto lo visto hoy, ya podían haber dado esa corridita de Juan Pedro (qepd), que es la que vendrá a matar el arandino, a Luis de Pauloba, pongo por caso.
Hubo una fuerte y sentida ovación, ya es casi una costumbre, para los monos en el momento de la ‘levantá’ del caballo caído: ‘¡Al cielo con él!’, dijo el capataz, y el penco se incorporó, entre vítores, ayudado por la marea roja de sus costaleros.

Hubo dos detalles de torería que, a todos los efectos, sirven para redimir la tarde. El picador Agustín Sanz, en el quinto, se colocó casi en el siete y desde ahí se aproximó al toro dando el pecho del caballo. El toro se arrancó a buena distancia, con la alegre embestida que tenía y Agustín le echó el palo certeramente agarrando un magnífico puyazo arriba. El toro recargó, levantando las manos del penco y el picador le aguantó con fuerza y con bravura, sin rectificar y midiendo muy bien el castigo. En la segunda vara el toro se le vino atravesado y, de igual forma, encontró el sitio y agarró el puyazo moviendo el caballo y dando la posibilidad al peonaje para sacarlo. Gran tercio de varas.

En ese mismo toro, el peón Miguel Martín puso dos buenos pares de banderillas, andando al toro con seguridad, sacando los palos de abajo para reunir en corto y en la cara y salir andando, como se debe hacer. Vaya en mérito de Leandro el llevar buenos toreros en su cuadrilla.

***

Mañana nos espera Sevilla: el Conde de la Maza, Dolores Aguirre, Alcurrucén y Victorino Martín. Sólo nos va a faltar Miura, pero este año tampoco podrá ser. Mañana nos espera la Sevilla de cuatro tardes de toros en la vieja plaza del Arenal; la de las monas y las monerías viene después: ésa se la dejamos para quien la quiera.


La papela

Brindis de Curro Díaz

La terna
Leandro, Curro, y al fondo, Morenito

Leandro se contorsiona como el muñeco del Seven Up

¡Ah, la vieja escuela de picar!

Agustín Sanz, el triunfador de la tarde