Follow by Email

lunes, 20 de julio de 2020

El ombligo



Ignacio Ruiz Quintano

Un estudiante británico que se dedica a registrar en Internet disparates cinematográficos ha  descubierto que en «La Biblia» Adán tiene ombligo, lo cual que esa película terminará en la hoguera, si cunde el  ejemplo de la Cámara de Educación de Kansas, cuyos miembros han  resuelto democráticamente que el evolucionismo constituye una teoría hostil al creacionismo. ¿No decía  Francis  Bacon que un  poco de conocimiento inclina al ateísmo? Los bienpensantes de Kansas tienen el poder, y pues que todo poder conlleva la tentación de fomentar la credulidad irracional de  quienes están sometidos a ese poder, han decidido suprimir de la educación pública la enseñanza  del darwinismo. Dios creó el mundo, y  punto. Palabra  del gobernador de Kansas, que, naturalmente, carece de ombligo.

El caso de Kansas reabre el debate de darwinistas y fundamentalistas sobre el ombligo de Adán, ya  que, si Adán fue creado directamente por Dios, no había razón que justificara la existencia de  ombligo.  «¿Tienen ombligo las naciones?», se preguntaba socarronamente Emest Gellner en su testamento intelectual sobre el nacionalismo contemporáneo. América, desde luego, no. Carecer de ombligo es carecer de pasado, y la sociedad norteamericana se fundó por un acto de abolición del  pasado, como tan bellamente ha sido expresado por Octavio Paz en su ensayo sobre la democracia imperial: «Desde su nacimiento, los norteamericanos han sido un pueblo lanzado hacia el futuro. Toda su prodigiosa carrera  histórica puede verse como un incesante galope hacia una tierra prometida: el reino (mejor dicho: la república) del futuro. Una tierra que no está hecha de tierra sino de una sustancia evanescente: tiempo.»

Con el tiempo hemos topado, y esto, fuera de Kansas, es meterse en un jardín de pura filosofía del que cuesta mucho salir, como comprobó el mismísimo San Agustín en el undécimo libro de sus «Confesiones», que es, curiosamente, su libro menos hojeado, y no sólo por los bienpensantes de Kansas, cuya mentalidad parece más afín a la paranoia mostrenca de un Tertuliano que a la teoría del tiempo de San Agustín, según la cual el tiempo fue creado cuando se creó el mundo, y, si el mundo no fue creado antes, fue porque no había «antes». A los escolares de Kansas no se les permite concebir que sean herederos de un tiempo de preparación infinito, y, sin embargo, deben concebir  que hubo un solo momento sin otro momento que lo precediera. Por otro lado, ¿cómo conciliar a Dios con los fósiles? La respuesta de esos escolares será que Dios escondió los fósiles bajo tierra para  probar la fe de las autoridades estatales, ciertamente  inquebrantable, para orgullo de ese  gobernador  sin ombligo que ufanamente presume de haber dado con la solución al problema de la creación del mundo.

Si la tolerancia de lo que te desagrada es lo que caracteriza la actitud liberal, está visto que el  gobernador de Kansas no es lo que en las  conversaciones de salón se conoce por un liberal, y sólo con mentarlo se le encoge a uno el ombligo. Al fin y al cabo, la paranoia es contagiosa, y, como avisa un chascarrillo de psicoanalistas, que uno sea paranoico no quiere decir que no lo persigan. A este  paso, ¿quién nos dice que lucir el ombligo en la playa no equivaldrá a lucir un  «pin» del buen Darwin? Anaxágoras, por enseñar que  el  sol y la luna no son  dioses, hubo de huir de Atenas para librarse de la muerte por impiedad. Y en pleno siglo de las luces, Buffon, que no hizo, el hombre, sino escribir mucho y bonito de la campiña, hubo de retractarse públicamente de la opinión de que no todas las montañas habían existido desde el comienzo del mundo, que, según dogma, fue creado de la nada, aunque crear de la nada sea un acontecimiento que, al menos Buífon, no observó nunca. «Cuando os persiguieren en una ciudad, huid a otra; y si en ésta os persiguieren, huid a una  tercera».  Pero, con la cosa de la globalización, ¿qué hay en Kansas que no haya en Bruselas o en Madrid?


Georges Louis Leclerc, conde de Buffon

«Cuando os persiguieren  en una  ciudad, huid a otra; y si en ésta os persiguieren, huid a una tercera»