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jueves, 2 de julio de 2020

El alcornoque y su “corcha”







Francisco Javir Gómez Izquierdo

         El alcornoque tiene mala prensa y no sabemos por qué. Carece de la nobleza del roble ancestral, del glamur de la encina siempre milenaria, céltica y mistérica, o de la rebeldía que trae tatuada en el nombre el quejigo de los gallarones y gallaritas con los que jugábamos de mocosos allá en la Demanda. Al alcornoque lo respetan los hombres que quedan en los pueblos, mi compadre Paco, al que alguien bautizó como “la paz del campo”, el diccionario y el corchero (a los de Villaviciosa de Córdoba, les dicen corchúos), que es oficio y no ocupación.  El alcornoque es familia del roble, la encina y el quejigo, todos quercus, pero de los infantes cerriles de ciudad dice su maestrillo que son alcornoques, y no robles o encinas, con la cabeza llena de corcho, como si lo que es bendición en la naturaleza sin cementar fuera calamidad en los barrios acolmenados.
    
 La ilusión de mi compadre Paco es encontrar un “piazo” perdido en los montes de Cabañeros para plantar alcornoques y verlos crecer porque los que de  verdad aman y conocen el campo distinguen a la perfección lo necesario de lo superfluo, lo bonito de lo firme y les espanta las ocurrencias de tanto bicho que vive del asunto. Nuestro Paco es forestal preocupado por el adecuado discurrir y aprovechamiento del territorio que le toca en los Montes de Toledo. Es más de flora que de fauna y le gusta estar presente en las actividades de la madera. Cuando entra “la caló” es el tiempo del descorche y a Paco le gusta hablar con los descorchadores, hombres de una pericia y habilidad heredada de lo que Naturaleza dio a los hombres condenados -ó mejor, bendecidos- a vivir de lo que el monte diera. Sacan el corcho (por estas tierras se dice corcha) como si recogieran el abrigo de una princesa rusa al llegar a un salón de baile. Lo hacen sin que el alcornoque sufra con cuidados golpes e inclinaciones de hacha en posiciones verticales y horizontales de un virtuosismo más propio de violinistas que del basto leñador que suponemos al hombre con hacha al hombro. Y cuando acaban ¡¡qué desnudez tan decorosa!!

     Ayer mañana descorcharon en el Gargantón dos artistas de Fuencaliente (algún año me ha hablado de una cuadrilla de la sierra de Cádiz de portentosa especialización) y como es tarea poco conocida aquí ponemos las fotografías que nuestro Paco tuvo a bien enviarnos para mostrar un oficio que sigue haciéndose como hace 300 años.

     “Los plantaría y pasaría las horas muertas viéndolos crecer. Hasta que cumplan 30 años no se les saca el corcho por primera vez”. Cree uno que eso es amar el campo. Sin ningún interés.