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miércoles, 29 de julio de 2020

Sofía Casanova, en el antro de las fieras

Sofía Casanova por Fresno

ABC AL PASO

A vueltas con Trotski

SOFÍA CASANOVA, DE POETA EN LA CORTE DE ALFONSO XII A CORRESPONSAL EN EL ANTRO DE LAS FIERAS BOLCHEVIQUES


Ignacio Ruiz Quintano


    Sofía Casanova (“Babunitka” para su familia y “Sofitina” para los demás) es una Rosalía pasada, en vez de por la calle de la Ballesta (en el 13 de esa picantona calle madrileña escribe Rosalía “La Flor”), por la Revolución soviética, cuyos crímenes describe como corresponsal de ABC con pluma de madera y tinta Pelikán azul y negra.
   
 –Conozco España –le dice Trotski, a quien entrevista “en el antro de las fieras”–. Tengo buenos recuerdos, aunque la Policía “comme de raison” me trató mal. Mi amigo Pablo Iglesias estaba a la sazón en un Sanatorio.
    
A Trotski, a cuya caricatura cómica juega hoy en el teatrillo español Errejón, lo había entrevistado en el calabozo madrileño el Caballero Audaz, que le ve parecido con Pío Baroja. Está enchiquerado por falsificación de pasaporte.
    
La ficha está plagada de errores –se queja el futuro creador del Ejército Rojo–. Pone que soy cosaco, labrador, vagabundo y cuatrero. Procedo de una familia israelita ¡y no he montado en mi vida a caballo! Mi pasaporte está extendido a mi verdadero nombre, León Davidovich Bronstein. León Trotsky es mi seudónimo, como el de usted es Caballero Audaz. No tengo culpa de que la policía ignore esto.
    
Rubia de ojos verdes, a Sofía la dejarán ciega “en un choque de bolcheviques” en Petrogrado. Gallega de Almeiras, a los doce años se establece en Madrid, protegida por Campoamor, que la introduce en la corte poética de Alfonso XII, el rey del Pacto del Pardo (¡la otra Transición!), consenso (entonces, tejemaneje) que Sánchez-Albornoz pone en boca del Pacificador, de 27 años, en su lecho de muerte:
    
Cristinita [a María Cristina de Habsburgo, su esposa], no llores, todo puede arreglarse en bien de España. Guarda el c…, y de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas.
    
Se atribuye al parecido de Sofía Casanova con la infanta Eulalia de Borbón, hija menor de Isabel II, el cariño que le toma el Rey, en cuya corte literaria pulula/ulula, un polaco excéntrico, amigo de Platón y del ayuno, venido a España a estudiar el pesimismo de la mano de Campoamor, que es un optimista de paliza: se llama Wincenty Lutosławski y se casa con Sofía “porque le han predicho que el hombre que liberte a Polonia nacerá de madre española”.
    
Prestigiado por el 98, el pesimismo es la monda del momento, y el mismo Ortega se levanta contra la Real Orden de 1920 que impone la lectura del Quijote en las escuelas, por el profundo pesimismo que, según él, empapa la obra clave de la decadencia española: su lectura escolar lastraría a las promociones llamadas a levantar y modernizar el país, prejuicio que hoy se desvanece a la vista de cómo tienen el país las promociones que ignoran incluso el nombre de Cervantes.
    
En las crónicas de Sofía Casanova, que oye con los ojos (el fenómeno de la audición coloreada, tan caro a Rimbaud, lo descubre Baroja en 1899 a los lectores de “Revista Nueva”), aún conmueve su distancia espiritual para asomarse al “infierno bolchevique” echando mano de “frases chinas”, ese tipo de frases, decía madame de Staël, que contienen más reverencias que palabras.


Sofía Casanova