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sábado, 25 de enero de 2014

Una gestión confidencial

  
La caída de Sandru
(También esta foto es falsa)
Hughes
Abc
La carrera barcelonista de Sandro Rosell (Sandru) empezó por Brasil y por Brasil va a acabar. De Rosell, del que alguien dijo una vez que tenía cara de actor porno metido en faena (cierta innata truculencia a punto de relamerse), temía el madridismo que fuera un Núñez con idiomas y la clave secreta para fichar a todos los brasileños de Copacabana. Algo debimos sospechar al conocerle, porque eso de ser el hombre de Nike en Brasil era un trabajo demasiado perfecto. Pensábamos que iba a ser el Saporta de Laporta (perdón), pero la verdad es que fue como su Regina do Santos, guía del catalán sandunguero en el edén brasileiro.

Se presentó como emblema del seny moderno con código ético propio, pero su mandato ha demostrado una inclinación a la opacidad contractual que se disfraza de confidencialidad. Destronado Laporta y su presidencialismo de luz de gas (del puro de Bernabéu a su puro húmedo y nocturno) Rosell se las ingenió para acabar enfrentado a los santones culés, Guardiola y Cruyff, más por torpeza que por egolatría. Sin Las Esencias ( Johan y Pep), a Rosell le quedaba un burocratismo apagado y la apelación maniática al presupuesto. No tuvo la genialidad escandalosa y demagoga de Laporta («¡Al loro, que no estamos tan mal!» es el grito que algunos esperan de Rajoy) ni la eficiencia oficialista y oscura de Núñez, que extendió silenciosamente un sistema de dominación por el fútbol español.

Rosell fue el tránsito de Unicef a Qatar, destruyendo el argumentario bobalicón, pero efectivo del laportismo, que oponía al señorío madridista la martingala de los «valors». Tener la pelota y el sermón. Tras lo de Qatar les fue quedando la pelota, que acabarían perdiendo progresivamente hasta llegar a Tata y su alarma de niquis fosforitos. Para colmo, en su torpe ataque a la reciente iconografía culé decidió despedir a Abidal (en sus pesadillas le persigue un coro de niños de Montserrat gritando lo de ¡Abi, Abi!). Dicho de otra forma: fue el hombre que hizo llorar a Abidal. Algo imperdonable. Pero lo serio vendría con el fichaje de Neymar. Cuánto costó es algo que probablemente no se sepa nunca. Circulan ya cláusulas apócrifas como leyendas urbanas: Si abordas a tres brasileñas en una discoteca aparece el papá de Neymar como Carlinhos Brown y te esgrime un derecho de tanteo. A ese contrato, que por fortuna aún no está en la jurisdicción estrictamente culé sino en manos de Ruz (el nacionalismo es que te juzgue siempre gente de tu equipo), parece que se le descuelgan cláusulas, comisiones y subcomisiones en racimo; que casi por cualquier cosa que le pase o no le pase a Neymar acabará cobrando alguien. Incluso puede que Neymar cobre por jugar donde le ponga el Tata. Durante años irían apareciendo parientes de Neymar por el Camp Nou como Sazatorniles reclamando lo suyo.
«Neymar costó 57,1 millones, y punto», se defiende Rosell, pero Ruz le preguntará cuánto costó lo que le cuelga a Neymar, que ésa es la clave. Era un fichaje tan alambicado que ya de inicio más que un fichaje parecía un sumario. A Rosell, al final, lo derriba un socio anónimo (¡el «soci» de Núñez!), el ya famoso farmacéutico de Olesa, cuya iniciativa indagatoria empezó, dónde si no, en una «calçotada», ese ritual de comunión cebollística y jocunda del catalán de-todala-vida («de la ceba»), que se dejará robar el juicio, pero jamás robar el Barcelona. Se va tocando la tecla poco «triomfant» del victimismo, genuino virtuosismo culé.