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lunes, 30 de abril de 2012

De Justicia Poética (La novillada venteña suspendida)


Laverón ante el cartel de la feria pasada
 
Vicente Llorca

La verdad es que la tarde invitaba a quedarse en casa. Llovía desde por la mañana, hacía bastante aire, venían más nubes por Toledo  y el cartel de Las Ventas era una novillada con dos que ya habíamos visto y un debutante de Requena.

Sí, pero la ganadería es de Yecla –objeté yo a la hora del aperitivo.

Y para mi sorpresa, la tertulia, ante un argumento tan inobjetable, accedió a quedar donde siempre, y a la misma hora, para ir a los toros esa tarde.

Es lo que tiene una tertulia taurina. Que las únicas razones son las del verso.

Allá que fuimos, debajo de la estatua de Fleming a las cinco. Empezó a llover, de nuevo, y para ver a los novillos murcianos y a una promesa de Espartinas sólo estábamos nosotros, unos japoneses y un colegio de estudiantes alemanes, rubios y sanos, que debían de haberse quedado aquí después de la aciaga tanda de penalties.

Unos adolescentes, ilusionados y atentos, se acercaron a Novillo, el maestro fotógrafo y mozo de espadas, y le saludaron, como experto en la materia de Yecla y la tauromaquia de Utiel-Requena. Éste hizo las presentaciones:
 
Aquí, un ganadero salmantino; el licenciado García, escritor mejicano, y el maestro Laverón, reputado crítico de toros.
 
Ah, maestro. ¿Y dónde escribe usted?
 
En “El Debate” –se apresuró a responder el licenciado García.
 
Antes había estado en “La Solidaridad Obrera” – repuse yo.
 
Cuando él se marchó se acabó la crítica taurina en “El País” – siguió explicando Novillo, aún en maestro de ceremonias.

Los adolescentes marcharon, tan atentos como antes, y alcanzados, sin saberlo quizá, por la justicia poética.

El maestro Laverón tenía entradas de tendido. Hoy, que diluviaba. La otra tarde, que lucía un sol espléndido, me había hecho acompañarle a una andanada remota, debajo de las banderas. Los toros se veían a lo lejos. La Empresa, comentamos esta vez, decididamente se había apuntado al verso. Ella también.

Nos fuimos a la grada, que está cubierta. En la plaza, los rituales de la suspensión de una corrida –que en los toros hasta lo imprevisto tiene su ritual. Los novilleros que bajan al ruedo, las zapatillas que se arrastran por la arena, un delegado del presidente que habla con los diestros, un apoderado atento y silencioso, y los banderilleros que murmuran aparte y deslizan las zapatillas incansables por donde más barro aparece.

(También estaba Moncholi, en la puerta de cuadrillas. Pero ésta no sé a qué parte del ritual pertenece).

Conforme al ritual, el público da palmas de tango, un barítono del siete profetiza en voz alta y la novillada, finalmente, se suspende.

Entonces, un señor serio y atento, que había permanecido solo en lo alto del tendido, se levantó y gritó, con voz estentórea:
 
¡Socialistas, ladrones!

Por un momento, la grada se quedó en silencio.

Entonces, el licenciado García nos aclaró:

Ustedes no lo entienden. Ese cuate llevaba esperando desde hacía años.

Y nos fuimos a tomar un highball a la calle Lista, después de una de las novilladas más poéticas que nos había sido dado presenciar en las últimas temporadas.
 

Laverón, cuesta de Alcalá arriba, de cháchara taurina