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viernes, 20 de abril de 2012

Un abuelo de su tiempo


El republicanismo, que fue una ilusión, es ahora un coñazo y una policía de costumbres, y el rey ha pasado a ser un señor de su tiempo, o un anciano de su tiempo, de la ejemplaridad, y ser súbdito era mejor que ser ejemplarizado

Hughes

Aquí casi todos se decían juancarlistas y toleraban la monarquía por simpatía hacia el monarca. Tras los últimos sucedidos africanos se abría la posibilidad de un neojuancarlismo, un juancarlismo depurado, una simpatía por el hombre solo, por el monarca y su agenda -soledad de viajante-, tolerando como una excentricidad evocadora y extemporánea su pasión cazadora, porque el juancarlismo de antes no conocía a Don Juan Carlos, sino su tan traída campechanía, que era lo que vislumbrábamos de él en el acto fronterizo entre ceremonia y normalidad. El neojuancarlismo sería la defensa de la singularidad humana y el respeto al símbolo.

Ahora, el rey ha pedido imprecisas disculpas por ser quien parece ser y con ello ha instituido el perdón público a la japonesa, que es la nueva que se nos viene encima. Preparémonos para ver ahora a nuestros prohombres dar cabezazos de disculpa. No lo volveré a hacer, dice el Monarca a su pueblo. ¿O no es su pueblo? Más bien es la opinión pública vestida de mamá. La opinión pública son cuatro periodistas vocingleros, tres políticos que bastante tienen y twitter, que es una ola borrando la resaca, una eternidad sarcástica, un Sísifo del cinismo, una circularidad y un palabreo sin cuerpo, sin consecuencia.
Pide perdón y ya circulan los chistes sobre el perdón. Twitter destila la misma densidad por todo lo que sucede.

A la máquina circular de hacer palabras que no significan y al mecanismo circular del chiste se ha rendido la institución del Tiempo, plegada a los rabiosos del instante.

Les queda la Iglesia y les quedará después volar una pirámide, por eternal y abstracta.

El perdón es una forma de reinclusión en la comunidad y a mí me parece un acto obsceno, propio de una sociedad colectivizada y muy irrespetuosa con la individualidad. Es una rebaja del perdón, y una pornografía del arrepentimiento que, ya sabemos, no acaba con el vicio. Se pide perdón público por causa de una guerra, un genocidio o un error atómico, no por irse a un safari. ¿Qué será lo próximo, pedir perdón por no veranear en Torrevieja?

El rey será pelele expiatorio y le obligarán a vacar en Marina D’Or.

Cuando escuchábamos eso de que el príncipe era un “joven de su tiempo” nos sonaba a guasa pero ahí había mucha miga. El príncipe será rey si renueva el tácito contrato que acaba de firmar su padre, observando una moral pública informal, instantánea, hipócrita, rencorosa y burda. Republicanizando su cargo, sometiéndolo a un tácito refrendo democrático. Nuestra monarquía parlamentaria era una república con su miajita de monarquía, o una débil monarquia con el aparato institucional, formalista y aritmético de república. En esa hibridación había componenda, quizás, pero sutileza.

El republicanismo, que fue una ilusión, es ahora un coñazo y una policía de costumbres, y el rey ha pasado a ser un señor de su tiempo, o un anciano de su tiempo, de la ejemplaridad, y ser súbdito era mejor que ser ejemplarizado. Es la monarquía ultramoderna: el ser-institución sin intimidad.