martes, 1 de noviembre de 2011

La secularización de los cementerios


Julio Camba


Proclamada la República y consignado en la Constitución su carácter esencialmente laico, había que proceder sobre la marcha a secularizar los cementerios. Pero ¿cómo se seculariza un cementerio?

Muy sencillo –exclamaron los secularizadores–. Echemos abajo esas terribles barreras que en los cementerios no secularizados se interponen entre unos muertos y otros. Cristianos o infieles, católicos o protestantes, creyentes o ateos, en una República como la nuestra, todos los muertos deben ser iguales...

Pero en el momento de iniciar la labor demoledora resultó que las barreras en cuestión carecían de existencia real. Eran un tropo, una metáfora, una figura retórica, y eso de ir con picos y azadones a destruir una figura retórica viene a ser algo así como el armarse de rifles y escopetas para cazar la hidra de la reacción. El desengaño fue tremendo. Nuestro pueblo, como todo el mundo sabe, es un pueblo eminentemente realista, y al ver que allí donde creía encontrarse con unas barreras de cal y canto no había más que barreras imaginarias, debió de experimentar una sensación análoga a la del toro cuando embiste contra un trozo de tela en el sitio donde estaba seguro de tropezarse con un enemigo de carne y hueso.

Parecerá invención, pero en un cementerio de Barcelona no hubo más remedio que construir con buena mampostería una valla de verdad, al sólo objeto de derruirla luego y poder afirmar que allí no había ya valla alguna entre el lugar donde yacían los muertos católicos y aquél donde eran sepultados los que morían fuera de la Iglesia. Fue el señor Ventosa, persona perfectamente seria, quien relató públicamente este hecho, sin que nadie lo haya desmentido hasta ahora, y, por cierto, que yo no veo en él nada que pueda movernos a burla contra los paisanos del distinguido ex ministro. A ellos les habían prometido unas vallas para que se dieran el gustazo de destruirlas, y lo prometido es deuda. ¿Que no existían las tales vallas? ¿Y qué? ¿Tanto costaba acaso el hacer unas a propósito? Indudablemente, los coterráneos del señor Ventosa tenían razón que les sobraba; pero asusta el pensar lo que hubiera ocurrido si, así como no había en nuestros cementerios vallas que demoler, no hubiese habido tampoco en nuestras ciudades conventos que quemar. El déficit de la nación hubiese adquirido entonces proporciones fabulosas.

Yo, la verdad, no sé todavía de una manera muy exacta en qué consiste eso de la secularización de los cementerios. He oído hablar de ello infinidad de veces, pero nunca he podido comprenderlo del todo. Quizá no sea lo mismo el hacer un poco de sitio para los ateos en un cementerio católico, que el hacer un sitio muy grande para los católicos en un cementerio laico; pero si no es lo mismo, es bastante parecido, y no creo que la cosa valiese la pena de una Revolución; pero ¿qué quieren ustedes?, hay palabras mágicas, y la palabra “secularización” es una de ellas. En buen romance español, no se dice secular, sino seglar; pero el pueblo soberano, que creó la palabra seglar, se queda ahora deslumbrado como un pardillo cuando oye eso de la secularización.

La palabra “secularización” es un trabalenguas, a la vez que un trabaconceptos. Es una palabra cursi, confusa y pedantesca, y con unas cuantas palabras así se puede hoy volver el mundo de arriba abajo.

HACIENDO DE REPÚBLICA / EDICIONES LUCA DE TENA, 2006