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lunes, 21 de noviembre de 2011

Albelda era el murciélago


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

De niños llegaba a fascinarnos el Valencia por el murciélago de su escudo en el pecho de Sol y Claramunt. ¡Ah, el murciélago de los árabes, amaestrado como un canario flauta contra los mosquitos de la Albufera!

¿Por qué los murciélagos no van volando hacia la Luna, teniendo en cuenta lo malo que es el alumbrado del campo? –es la pregunta con que nos intriga Mónica Fernández-Aceytuno.

Hacia la luna de Valencia, y así ya tenemos los dos puntos necesarios para sujetar la leyenda valenciana: la luna y el murciélago, Llorente y Albelda.

Con la luna de Valencia el presidente Llorente ha apuntado al club al tribalismo de aldea para ir contra el Madrid (como hiciera Gil con el Atlético), y el resultado es aterrador.
Y de murciélago heráldico hace Albelda (no se explica por otra función): viejo como un murciélago, tiene, como los murciélagos, en la luz su cazadero. ¿Y qué mayor luz que la de Ronaldo?

Lo que pasa es que el Valencia-Madrid del sábado fue un partido de entrenador, o sea, de Mourinho, que no es argentino, patria del fútbol y el psicoanálisis, sino portugués, y da mucha rabia que sea tan listo, cuando, al decir de todos los prejuicios hispánicos, debería estar vendiendo toallas a los turistas españoles. (En el Telediario de mediodía, los funcionarios de deportes de Tve habían ilustrado unos chascarrillos del marqués de Del Bosque sobre el autoritarismo con imágenes de Mourinho dando órdenes en la banda.)

Por el inteligente guirigay táctico de Mourinho en Valencia, las ondas de los ultrasonidos de Albelda rebotaron en Khedira y Lass (el caos) bamboleándose en el cosmos de Alonso, que también hubo de vérselas con las ondas de los ultracolores de Villar (22 faltas y dos tarjetas para los valencianos, 19 faltas y siete tarjetas para los madrileños).

Y detrás de Llorente y Albelda, Émery volvió a ser ese buen novio que discute en la banda la factura de la boda. Pero la furia no es eso. No es lo de Albelda con sus artes de viejo cómico para extraer tarjetas de un pobre hombre. Tampoco es lo del pequeño Alba, tan acostumbrado a la alfalfa del Barça que cree que cuando le quitan el balón es falta. Y, desde luego, no es, a pesar de sus dos casillazos, lo de Soldado, que en el Madrid fue recluta y contra el Madrid va de sargento Arensivia (sin la gracia de Ivá). Esa sangrita brava tan mal encauzada, en vez de a toro de San Isidro, te lleva a vaquilla de Denia en las fiestas del agua.

Pep es un señorazo –ha dicho Julio Iglesias en Miami.

Si el Valencia de Llorente quiere imitar el señorío del Barça de Rosell, no puede jugar al grito de “¡Forasteros al pilón!”, y el modelo de Soldado tiene que ser Pedrito, o Cuenca, o Iniesta, el chico de Albacete que ya habla catalán en la intimidad. Y cambiar de Batman, claro.

¿Y la crítica? Bien: del “partido histórico de Pep” en San Mamés al “sufrimiento de Mou” en Mestalla. Que así se escribe la historia.

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EL PAVOROSO ESCENARIO
Angela Merkel echa a Berlusconi y los españoles echan a Zapatero, pero a ver quién es el guapo que echa a Platini y a Villar, dos personajes representativos de lo peor de la cultura del fútbol: la demostración de que en la vida lo importante no es la cabeza, sino los pies (ni siquiera las pantorrillas). En el pavoroso escenario que se avecina para una imagen moderna del espectáculo futbolero, Platini suena para la Fifa, y para la Uefa, Villar. Y Rosell diciendo que los valores del Barça son los de Qatar.


Abelardo, Barrachina, Aníbal, Martínez, Antón, Claramunt,
Fuertes, Sol, Quino, Pellicer y Valdez