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jueves, 26 de marzo de 2020

Solos

 Jean-Paul Ritcher


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    El confinamiento gubernativo saca a colación la indignidad de la obediencia.
    
El que obedece, se nos dice, casi nunca es mejor que el que manda, aunque el que manda tampoco sea igual en Inglaterra que en España.

    El inglés es hijo de Milton, para quien reinar en el infierno vale más que servir en el cielo. El español es hijo de la “vividura”, que decía el cursi de Castro (Américo, no Fidel). Confinado, el inglés agota la cerveza, y el español, el papel higiénico. Por eso el “policeman” es tan distinto del guindilla.

    –¡Muy bien, policía! ¡Por desobedecer! ¡Por desobedecer! –grita un “chota de balcón” en el video de un policía que abofetea (¡con guante, of course!), porque sí (no hay resistencia), a un joven transeúnte multado por excusarse con que ha salido a la calle… “a tomar una cerveza”.
    
Por dos causas generales, según el único pensador político de España, se produce y reproduce solamente la obediencia política: por engaño ideológico, sin libertades o con libertades civiles, o por adhesión o respeto a lo ordenado en un procedimiento de libertad política en el que se ha participado o podido participar sin indignidad; es decir, la obediencia democrática.
    
Si el gobierno es designado por los diputados se cometen dos causas de indignidad en la obediencia política. Los ciudadanos no eligen a quien deben obedecer. Y los diputados eligen a quien menos puede mandarlos. Es decir, a quien teniendo sus mismos intereses políticos menos interés tienen en controlarlo.
    
En el debate para prorrogar ese horror que es la alarma me vino el “Sueño” de Jean-Paul Ritcher, que es el de la muerte de Dios: “Discurso de Cristo muerto en lo alto del edificio del mundo: no hay Dios”. El lugar del anuncio es la iglesia de un cementerio inmenso. Los muertos avanzan hacia la resurrección. Aparece en el cielo un Cristo muerto. Los niños muertos se acercan y le preguntan: “Jesús, ¿ya no tenemos Padre?” Y Él responde:

    –Todos somos huérfanos. Vosotros y yo. ¡Todos estamos sin Padre!