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lunes, 23 de marzo de 2020

Complicado y difícil



Hughes
Abc


Como la Séptima no hubo ninguna. Porque la Séptima Copa de Europa fue más importante que el Mundial. Si escandaliza esto es porque, sencillamente, no lo pueden entender. La primera obligación es la de ser sincero.

Y la Séptima la ganó Lorenzo Sanz con algo más que estar ahí. Quizás todo estuvo en la campaña de fichajes del 96. Empleó rápido el dinero de las televisiones en fichar a Suker, Mijatovic, Seedorf, Roberto Carlos y Karembeu. Puede que fuera la mejor campaña de fichajes de la historia del club. Además, puso a Capello, cumpliendo por fin el anhelo táctico que se arrastraba desde aquel traumatizante 5-0 de Milán.

Parecido sentido del riesgo tuvo después, cuando fichó a Anelka. “Una locura maravillosa”, lo definió. Salió regular, pero aún colaboró. Quiso fichar a Henry, pero se puso imposible (cuenta la leyenda que el Barça, Gaspart, hizo todo por boicotearlo). En esa ambición ya había algo florentiniano, algo de lo que vendría después. Sacar al Madrid de la medianía en la que languidecía. Soñar a lo grande.

Pero era necesario el dinero para eso. Y el Madrid andaba tieso. Su época, el sanzismo, fue la transición hasta la opulencia de Florentino (entrevista en el parné de las televisiones) desde la degeneración del proyecto de Mendoza y el largo final de la Quinta. Sólo quedaba Sanchís, vestigio generacional, y el recuerdo en el cuerpo de las terribles humillaciones de Tenerife.

Sanz era uno de los delfines de Mendoza, que dividía la sucesión un poco a lo Rajoy, y ya había sido importante como encargado de la remodelación del estadio. Mendoza tenía algo de la fascinación de la jet ochentera, y una chulería que podía ser fina. Podía recitar a Verdaguer en TV3 y luego botar con los ultrasur. Sanz era otra cosa. Era popular, a pie de obra y de ciudad deportiva, muy castizo, con sus profundas ojeras de nosferatu de café con leche y sus grandes abrigos como sopranescos. Cuando entregó la presidencia, Sanz aún pronunció el ritual “Hala Madrid”. Me lo ha recordado hoy el homenaje sentido de Toñín el Torero cantándole el himno antiguo. Ese madridismo clásico y chuleta, de gestos y efusiones, de laurel y parpusa ya no lo veríamos más. Se fue con él. En esa época nos quejábamos algunos del sanzismo, que se vivía como algo provisional y precario (¿No le llamaba “okupa” Mendoza sintiéndose traicionado?). Eran los años de la venta a cachitos de la Ciudad Deportiva, de ir con lo justo, de aquellas partidas de parchís o mus con Gil. De alguna forma, el Madrid se acercaba ahí a las mamachicho, a una esencia de los años 90.

Queríamos una gestión empresarial y moderna para el Madrid, científica y tecnócrata, y la tendríamos, vaya si la tendríamos, pero cuánto íbamos a echar de menos esos tiempos. El viejo himno, el hala Madrid, el chándal de Kelme, esa cierta arrogancia y lo pura y estrictamente futbolero. El Madrid no tenía mucho dinero, pero Sanz supo estirarlo para alcanzar su gloria. Cuando nadie lo esperaba, el Madrid volvió. Y lo hizo con unas virtudes que entonces no sabíamos que tenía, o no sabíamos reconocer, y que estaban en Lorenzo Sanz. En parte, su audacia -una listeza como de mus- consiguió la Copa.

Mendoza decía mucho “la sociedad” y Lorenzo Sanz repetía lo de “complicado y difícil”. Era su muletilla. Las cosas estaban complicadas y difíciles, todo era complicado y difícil, color de hormiga, color de abrigo presidencial, y luego se pondrían muy bien, pero cómo se echa de menos aquel Madrid de los últimos puros, contagioso, imperfecto, vivo.

A Lorenzo Sanz, que ha muerto como no merecía, como están muriendo tantos estos días, nadie le quitará nunca haberle dado al Madrid la Copa más importante de todas. La que reabría la puerta de su eternidad. Descanse en Paz.