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domingo, 29 de marzo de 2020

VACANZE ROMANE (Sé de qué huyo pero ignoro lo que busco) Episodio 9

 Palazzo Mattei di Giove


Jean Juan Palette-Cazajus

A la salida de la grisácea experiencia descubrimos, casi por casualidad, el encanto antiguo de un patio interior, con doble y noble logia apilastrada. Es el Palazzo Mattei di Giove. ¡barroco apellido donde los haya! Y el arquitecto fue nada menos que Carlo Maderno. Teatrales, pegados a las pilastras de la logia superior, bustos renacentistas y barrocos adornan los pretiles. El patio está sembrado de estatuas antiguas. Es también la sede de la «Biblioteca de Historia moderna y contemporánea». Muros y arcos son oscuros y ennegrecidos, aquí se aprecia a la vez el peso y el paso del tiempo real. Aquí es visible el espesor de la memoria. Así eran, o muchísimo más degradados, los edificios que vieron los turistas hasta los años cincuenta, incluso setenta, del pasado siglo, antes de los programas de sistemática renovación y restauración exigidos y permitidos por la rentabilidad que el propio turismo fue generando. Parece que solo hay un dilema, restauración o ruinas, y que la elección es evidente. O sea la elección entre Viollet-le-Duc, restaurador absoluto, y  John Ruskin (1819-1900), que consideraba que «lo que llamamos restauración significa la destrucción más completa que pueda sufrir un edificio». Para el autor de «Las piedras de Venecia» un monumento era un organismo vivo que hay que dejar morir cuando ha llegado al final. Hoy Ruskin dejaría morir Notre-Dame de París. Su planteamiento supone un desafío demasiado perturbador para el intelecto como para abordarlo ahora. Pero no dudo del evidente y sorprendente suplemento de alma que desprende el palacio Mattei di Giove en comparación con tanto excesivo bótox en la cara de los siglos, en Roma, en París o en la catedral de Burgos.

 Palazzo Mattei di Giove

Resulta que Giacomo Leopardi, segunda gloria literaria de Italia detrás de Dante, era familiar de los dueños de este palacio y aquí residió un tiempo en 1822. Se quejaba «del horrible desorden, de la confusión, de la mediocridad, de la pequeñez insoportable […] que reinan en esta casa». A los pocos metros de salir, nos topamos con la excepcional «Fontana delle tartarughe» . Es - ¡cómo no! - de Giacomo della Porta. Desentona con el largo elenco romano de las fuentes barrocas, por muy diverso que este sea. Es exquisitamente manierista con sus cuatro desnudos efebos, gráciles y espatarrados, que fingen sostener con una mano la pila superior. Aquello no podía agradar excesivamente a la autoridad eclesiástica e inquiero con la vista hasta comprobar que las juveniles entrepiernas están dotadas efectivamente de la reglamentaria hoja de parra. Las cuatro tortugas de bronce, colocadas entre las manos que parecen sostener la pila y el reborde de esta, son una posterior ocurrencia de... Bernini. Los pasados momentos estupendos e inopinados nos confirman en la evidencia de que cualquier plan preestablecido es vano e irrisorio aunque solo fuera porque elegir aquí una meta supone renunciar a otras diez. Sugiero un paseo aleatorio por esta laberíntica Roma del meandro tiberino, fijándonos como rumbo relajado el «Palazzo Farnese». Difícil entonces evitar el paso por el «Campo dei Fiori». Ya no es la hora del mercado matutino que suele llenar el espacio, demasiado regular, de esta plaza. Las horas vespertinas están reservadas a su verdadera vocación actual, terrazas y concentración turística. La estatua de Giordano Bruno aparece como perdida, casi intrusa en medio de aquel espacio hoy trivializado.


 Fontana delle tartarrughe


Giordano Bruno, de obra inabarcable, inclasificable, inextricable, personaje soberbio e indómito como pocos en la historia. La estatua fue inaugurada el 9 de junio de 1889 y dicen que el indignado papa León XIII se pasó aquel día orando a los pies de San Pedro. En 1981, Juan Pablo II emitió reservas sobre el suplicio infligido al inquebrantable polímata pero creyó útil confirmar el carácter herético de su pensamiento. «A Bruno / il secolo da lui divinato / qui / dove il rogo arse» reza, retórico, el pedestal : «A Bruno/ el siglo por él adivinado/ aquí/ donde se alzó su hoguera». Cuando desembocamos en la Plaza Farnese ya viene anocheciendo. Se impone inmediatamente la masa viril del palacio, con aquella impresionante cornisa que le hace como un ceño de pocos amigos. Es sede de la embajada de Francia y lo primero que se percibe, debajo de la bandera en el balcón es el retén de la policía italiana. Es el palacio renacentista canónico,  con sus tres niveles, cada uno recorrido por una fila de 13 ventanas – las conté - sobriamente enmarcadas. Me extrañó la cifra hasta que me acordé de que en Italia trece es cifra considerada fausta. Delante del palacio, la fuerte volumetría de las dos fuentes monumentales parece estar en consonancia mimética con el carisma denso del edificio. «Es que este palacio es magnífico - decía el protagonista de “César o nada” - se ve la grandeza, el poder, la fuerza avasalladora... Parece un antiguo caballero cubierto de su armadura». Desde la calle se adivinan, muy iluminados en la primera planta, los frescos de Anibale Carracci que nosotros no veremos. Nos acercamos a disfrutar unos minutos de la postal pintoresca que componen las traseras del palacio y el arco galería que cruza la Vía Giulia. Es esta una larga y estrecha línea recta, así nombrada porque fue abierta en 1508 por Julio II della Rovere, el «papa-condottiere» y enemigo mortal de los Borgia. En su momento fue un símbolo fuerte de la voluntad renacentista de renovación urbana. «Esta Vía Giulia – dice un personaje de la novela de Baroja – es una calle de capital de provincia, siempre triste y desierta». La frase podría haberse escrito en aquel mismo momento.

 Palazzo Farnese

Volvemos a la Piazza Farnese y recuerdo que muy cerca tiene que estar la curiosa «Galería Perspectiva» de Borromini. Todo lo que el palacio Farnesio tiene de castrense austeridad decorativa lo tiene, a dos pasos, la fachada manierista del palazzo Spada, de elegancia cortesana, de nichos, estatuas, guirnaldas y medallones. Es la sede del Consejo de Estado. Entramos en busca de la curiosidad borrominiana. Para verla hay que sacar el billete que da también acceso a la colección artística de la familia Spada. La tarde noche es fresca y húmeda, los hermosos patios del palacio desiertos y casi no cabemos en el minúsculo local donde sacamos los billetes, nosotros tres y las tres personas presentes, todas de charleta al calorcito. El ambiente es provinciano y vetusto y poco falta para que nos sintamos trasladados a los tiempos ya míticos de un turismo escaso, privilegiado y artesanal. Frente a la broma borrominiana, en lugar de pensar como un cardenal barroco, me pongo a hacerlo como un tendero y pienso en lo que costaría la construcción de ese «capriccio», una galería larga de 9 metros pero que aparenta 40, gracias al engañoso efecto perspectivo conseguido mediante cálculos matemáticos que obligaron a tallar diferentes todos los elementos constructivos, columnas, losas, casetones.

 Palazzo Spada

El huraño Borromini siempre tuvo problemas a la hora de financiar sus proyectos, a diferencia del cortesano Bernini. ¿Cuál era el mensaje de este trampantojo? Sin duda la exhibición retórica del pesimismo barroco: aquí podéis comprobar hasta qué punto el mundo terrenal es una ilusión de los sentidos; la verdad está en Dios y más allá de la muerte.  A continuación, pasamos a ver la colección reunida por los cardenales Spada, eminentes representantes de aquellas familias de eminencias donde el capelo pasaba de sobrino en sobrino. Es la típica colección de gran familia romana en su marco de época. Como entonces, los cuadros se suceden sobre tres niveles lo que complica seriamente su visibilidad. Hay algún cuadro de Guido Reni, de Guercino, de Artemisia Gentileschi, de Parmigianino, de Domenichino,  y otros nombres destacados. Pero también una  mayoría de artistas de segundo orden que dan idea de la increible producción pictórica romana. La presentación prescinde de toda coherencia metodológica moderna. Hay también algunos excelentes bustos y estatuas romanas. Somos casi los únicos visitantes y tengo cierta sensación de confortable y privilegiada extemporaneidad. La visita relajada y atenta de las 4 salas requiere su tiempo y nos ocupa hasta la hora del cierre, a las 19h30.

 Cualquier perspectiva es engañosa

Durante la cena evocaremos aquellos periódicos o revistas que titulaban su sección turística «Evasión» ¿Sirve para algo más que evadirse un viaje como el nuestro? Esta mañana nos habíamos enfrentado al dilema de entrar o no en los excepcionales Museos Capitolinos. Una visita medianamente seria necesitaba una jornada entera de respetuosa atención y al final la ronda infernal de los bustos y las estatuas siempre termina derrotando la memoria.

Galería Spada

Claro que salimos satisfechos de este tipo de visitas, pero es sobre todo por el sentimiento de haber cumplido con nuestro deber cultural. Más dudoso es el sedimento que la visita haya depositado realmente en nuestras vidas. «Solo los residentes de la ciudad donde se encuentran, sacan realmente provecho  de los museos», asesto, provocativo pero sincero, a mi comensales. Pueden acudir a ellos siempre que lo deseen, con objetivos, duración y estado de ánimo variables. Estos días, personalmente, no quiero restarle ningún momento a mi tertulia cotidiana con la ciudad. No viajamos en las condiciones de Stendhal que podía permitirse apuntar como al descuido: «Después de  seis meses aquí nos preparamos a ver detalladamente cada fresco de las “stanze” de Rafael en el Vaticano». La charla y la cena quedaron amenizadas por una botella de Barberá d’Alba, un vino de Piamonte, seco, sin genialidad pero placentero en boca.

Galería Spada