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domingo, 22 de marzo de 2020

El francés-trampa



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

La canciller alemán dice que ya es hora de ponerse a pensar en una Constitución europea, pero los ingleses no quieren ni oír hablar de un asunto con el que no van a ganar nada, por muy interesante que resulte la propuesta para alemanes, españoles y franceses.

Los ingleses carecen, en efecto, de Constitución, pero esta circunstancia nunca les ha impedido expandir el fútbol, circular por la izquierda o conservar Gibraltar. Esperar de un ciudadano inglés que lleve anotados en un papel los derechos y los deberes que su natural sentido constitucional le dicta es lo mismo que esperar de un delantero centro manchesteriano que salte a rematar un córner con el reglamento comentado de don Pedro Escartín bajo el brazo.

Las Constituciones están para quienes, careciendo del sentido constitucional, necesitan imponer algún sentido. En ese sentido, la Constitución americana, que es la abuela de las Constituciones, fue el fruto de una transacción entre la realidad y los ideales. En cambio, una Constitución europea sólo puede ser hoy el fruto de una transacción entre el orden alemán, el enredo español y el chovinismo francés, es decir, una Constitución redactada en francés por políticos españoles para guardias alemanes. Los españoles nos hemos pasado la vida redactando Constituciones, así que, si vamos de veras hacia una Constitución europea, tampoco hay que ser un gran aprensivo para figurársela escrita. Quienes tenemos acreditada la solvencia que supone meter diecisiete autonomías en un solo título constitucional, ¿vamos a retroceder ante la dificultad de encerrar a quince países en un huevo de boa? Lo demás es transacción, transacción y transacción.

La izquierda, por ejemplo, podría hacer suya la famosa enmienda republicana del socialista Araquistáin, y proclamar que «Europa es un continente de trabajadores», concepto, por cierto, que siempre dejaría abierta a la derecha la posibilidad de desmontar constitucionalmente, a fin de no restarle a ningún pensionista un átomo de nacionalidad —es decir, de «droit de cité»—, el andamio de eso que en lenguaje periodístico se conoce como «Estado de bienestar». A cambio, todos los políticos deberían intentar persuadimos de que los «particularismos» forman la nueva riqueza espiritual de Europa. En francés, naturalmente, porque, si apostamos por la transacción, qué menos que los franceses pusieran la lengua, una vez que los españoles hubieran puesto las ideas. Incluso Madariaga, qué hablaba cinco lenguas, reconoció que el francés había sido siempre nuestro puente con el exterior, que de ahí venía, precisamente, lo de llamar Charlot a Chaplin, en vez de Charlie o Carlitos.

Todos nuestros aislamientos han tenido la misma causa: la imposibilidad endémica de aprender francés en España. «¿Cómo hacen en esos países, donde los chicos que cursan idiomas terminan por poder expresarse en ellos?», se preguntaba hace siete décadas Femández-Flórez, que culpaba de la situación a una enseñanza que, como tantos otros progresos nuestros, está más en el papel, en las leyes, en los reglamentos, que en la realidad. La realidad era que los profesores españoles, obligados a inventar el francés que enseñaban, cuando tenían que revelar el subjuntivo del verbo comer, escribían en la pizarra: «Que je comise, que tu comises, qu’il comise». Los alumnos, que no suelen acordarse bien de lo que estudian, deformaban a su vez las deformaciones lingüísticas del profesor, y así acababa por nacer una jerga extraña: el francés-trampa. «Y un día, por culpa de la enseñanza irregular del francés, en cualquier Instituto provinciano, surgirá en tal o cual parte un dialecto incognoscible, que establecerá un “hecho diferencial”. En seguida, la bandera, el himno, el “nosofros solos” y el derecho a gastar alegremente los cuartos de la comuni-dad.» Total, diecisiete Autonomías. Un señor que ignora el francés explica una lengua a sus alumnos. ¿Qué lengua? El francés no, desde luego. Pero así era en el Instituto de La Coruña con la Regencia, en el San Isidro de Madrid con la República y en el Oríes de la Dehesa de la Villa con la Dictadura.

Y si ya no es así, es gracias a la nueva Ley de Calidad de la Enseñanza, que ante la imposibilidad de que los españoles terminen hablando, aunque sea mal, alguna lengua, propia o ajena, viva o muerta, apuesta a la integración de los inmigrantes en la escuela.


La Constitución americana, que es la abuela de las Constituciones, fue el fruto de una transacción entre la realidad y los ideales. En cambio, una Constitución europea sólo puede ser hoy el fruto de una transacción entre el orden alemán, el enredo español y el chovinismo francés, es decir, una Constitución redactada en francés por políticos españoles para guardias alemanes