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sábado, 28 de marzo de 2020

Por mi culpa





Francisco Javier Gómez Izquierdo

No sé si les pasa a ustedes, pero durante las horas de caminar por el pasillo suelo cavilar sobre los principios, el presente y las posibles consecuencias de esta calamidad, y entre las muchas preocupaciones me corroe la de no poder estar con mi madre de 90 años y mi hermano enfermo en Gamonal, ni con el hijo, médico residente en Sevilla. Tenía idea de haber ido a Burgos el 14 o el 15 de marzo después de la cita del 13 viernes en la ITV, pero ya sabemos lo que determinó el Gobierno.
       Será porque me eduqué en el nacionalcatolicismo, con su FEN y su Religión, pero el caso es que me acuerdo mucho del Yo pecador. De aquél “por mi culpa, por mi culpa, por  mi gran culpa” que por estas fechas de ejercicios espirituales recitábamos arrepentidos de no sabíamos qué. Me torturo con la posibilidad de haber llegado a la casa de la madre con el bicho encima sin que yo apreciara síntoma alguno en mi cuerpo y contagiara a mi madre y mis hermanos. Me digo que no podría soportar que alguno muriera “por mi culpa” y busco atenuantes a la hipotética decisión de haber actuado sin la prudencia debida.

    Es sabido que el tema de la culpa tiene infinitas ramificaciones psicológicas y que muchas veces es sentimiento que asienta en personas desequilibradas. Sobreentiéndase que no hablo de culpa penal; la que determina un juez por la comisión de un delito, esa culpa de “obra u omisión” voluntaria y a sabiendas, sino culpa  por actos involuntarios e inconscientes de los que algunos hasta pueden tomarse a broma. Suelo decir que tengo culpa de que no me tocaran los cupones porque hace años no hice lo que hacía siempre cuando regresaba de Burgos: ir al Bar Montesinos a echar unas cañas, llevar al chico para que lo viera la Manoli, señora que lo cuidó hasta los 13 años, y cambiar al difunto Paco “el cojo” tres números de hacía 20 días de los que me colocaba poco antes del sorteo de las nueve para poder acabarlos. Ese día le quedaban a las nueve menos cinco, cinco o seis cupones de un número feísimo del que le aliviaron la Tata que nos esperaba, el difunto Marcelino y Miguel el de los muebles. Paco se tuvo que quedar con dos que me hubieran llegado si hubiese hecho lo que correspondía. A todos les tocó el cupón.

      De semejante culpa es fácil desprenderse y hacer chistes, pero ante tanto muerto me inquieta el come-come que puedan tener muchos hijos y nietos durante los años depresivos de por sí que nos esperan. Hijos y nietos que fueron a ver al padre y al abuelo a la residencia después de ver al Atleti y al Barça “porque no faltamos ningún domingo”, o esas señoras que tras cumplir con la obligación decretada durante toda la semana en la tele y el centro cívico de acudir a la manifestación “de las mujeres”, llevaron un pastel de manzana “para mamá, que es su cumpleaños y para que también coman todas las abuelitas que están allí”.

     Éstas serán culpas mortales que no tendrán condena penal, pero ¡ay de aquéllos con el corazón limpio!