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jueves, 19 de marzo de 2020

Moncalvillo y el bicho

Último julio. Buitres en el camino de Moncalvillo


Francisco Javier Gómez Izquierdo

           En esta maldición bíblica se ve que no vale señalar el dintel de las puertas para evitar la peste, por lo que todos andamos por el pasillo del piso con el corazón encogido por si la familia llama para cosa mala. Ayer me mandaron una página del Diario de Burgos con una noticia que temí desde el momento que se anunció el aislamiento de Igualada. “Joé, los de Moncalvillo” me salió al momento y de seguido me acordé de otros serranos de la Demanda, además de Moncalvillo, que allí viven desde los sesenta y setenta y a los que he ido perdiendo la pista con los años. Con una serrana de mi pueblo, quinta con la que celebramos todos los del 59 en el último puente de la Inmaculada, nos pusimos en contacto al momento. Nos tranquilizó diciéndonos que tanto ella como su familia estaban bien.
        
Su familia. Son muchas las familias de Moncalvillo que uno no sabe explicar por qué fueron a parar a Igualada y Santa Margarita de Montbui. Tenemos puestas aquí muchas referencias de los nacidos en pueblo tan pequeño. Referencias a su naturaleza emigrante que nos sorprende con uno surcando el Nilo explicando  las pirámides a los turistas, otro que volvió de Australia renegando con el inglés y en la San Miguel llamábamos “canguro”, Edelmiro Elvira, que cayó en las torres de Nueva York, varios misioneros en el África que murieron asesinados dando gracias a Dios, los que fueron a Francia, Alemania, Holanda en los sesenta... Todos esos hombres ejemplares lo son de un pequeño pueblo -hoy 50 habitantes y todos mayores- en el que acaba la carretera. Mas allá sólo hay monte, la Calvilla a la izquierda, que a mí me gusta subirla de amanecida en los julios, y un camino que lleva a Cabezón por la derecha.

He puesto carretera y no es del todo verdad. En mi niñez la carretera era un camino que salía de Castrillo de la Reina, que era el pueblo donde paraba el coche de línea, y que continuaba para Palacios y Quintanar tras apearse en teléfonos los de Castrillo y Moncalvillo. Éstos se echaban al hombro los bolsos y hacían el camino andando, seis kilómetros hasta su pueblo. Es fama en la sierra la generosidad de los emigrantes que costearon el primer asfaltado del camino, hartos y avergonzados de la polvareda que se levantaba cuando venían por el verano con los coches desde las capitales... y los continentes. Sobre todo, los americanos.
     
 La mayor aglomeración de emigrantes de Moncalvillo se localiza en Igualada y Santa Margarita de Montbui. Tampoco puedo explicar, por ignorancia, lo que empujó al consistorio catalán hace unos cuantos años a poner el nombre de Moncalvillo a una calle local, pero no me extraña la decisión teniendo en cuenta el natural decidido y emprendedor de mis paisanos que seguro ha calado en el corazón de catalanes sensatos, que me consta los hay.
      
A Hilaria de 87 años y Tomás de 85 , nacidos y casados en Moncalvillo, se los ha llevado el bicho cobarde que asesina a los débiles, en Igualada. Su muerte no es como la de Edelmiro en las torres de Nueva York o la de Fernando, asesinado por tribus “sanguinas” en el Zaire. A Hilaria y Tomás se los ha llevado un bicho, que va por el mundo “alante” haciendo el mal. Como los de Moncalvillo pero al revés.