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miércoles, 18 de marzo de 2020

La vacuna

  
Dietmar Hopp


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Trump busca al Oppenheimer que le dé la vacuna para pulverizar el coronavirus.
    
Soy la muerte, que destruye a los mundos –dijo el jefe del Proyecto Manhattan–. Los físicos hemos conocido el pecado y este conocimiento vivirá con nosotros para toda la vida.
    
Oppenheimer era raro antes de ponerse con la bomba: en el tren de San Francisco a Nueva York memorizó los siete volúmenes de Gibbon sobre la decadencia y caída del imperio romano.
    
La peor de las decadencias no es la que nace de un exceso de refinamiento en una elite, sino de la vulgaridad y la malicia general –diría un contemporáneo finísimo de Oppenheimer, Maurice Martin du Gard.
    
Para la bomba atómica se necesitaban físicos y para la vacuna del coronavirus se necesitan químicos, pero Simón, nuestro experto jefe, parece incapaz de memorizar el cuento del dinosaurio de Monterroso y pide tensión para mantener esta movilización patriótica contra el virus, al que quieren ahogar con reales decretos.

    –Bien, sin problemas, lo que pasa es que nos conviene que haya tensión –contestó, a micrófono cerrado, Zapatero a Gabilondo, que le había preguntado por los sondeos del 2008.
    
A la tensión socialista le sigue siempre una catástrofe económica, pero no se puede decir porque para el consenso el verdadero peligro social es parecer diferente.

    “La diferencia engendra odio”, se decía el Julien Sorel de Stendhal en “Rojo y negro”, razón por la cual en el seminario se hacía el idiota como los demás, que es un poco lo que viene haciendo Boris Johnson, personaje odiado visceralmente por nuestros unánimes de guardia en el “mainstream”, incluso por delante de Trump, a quien los hijos de Jim Acosta, Abilio para los amigos, llamó “racista” porque cerró las fronteras antes que la UE, donde los gansos alemanes alertan de que Trump quiere llevarse a América a los Von Braun de la vacuna en Tübingen, una punta de sabios del millonario Dietmar Hopp, entre los cuales no está Echenique, el científico más popular del CSIC del padre Albareda.