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viernes, 13 de marzo de 2020

Contra el virus, información

Trump knocks 'fake news' CNN after Jim Acosta pressed POTUS
 on his handling of coronavirus


Hughes
Abc

Seguramente habrán recibido mensajes de WhatsApp sobre el coronavirus. Hay uno que permite el autodiagnóstico y recomienda aguantar la respiración diez segundos para comprobar si hay tos o no. Es probable que hayan realizado la prueba al levantarse (este plumilla lo hizo), pero es falso. No es difícil caer en algo así. Todo un presidente argentino, Alberto Fernández, aconsejó a sus compatriotas que «tomaran muchas bebidas calientes» en la creencia de que el calor, en cualquiera de sus formas, mataría el virus. Ningún científico ha dicho que podamos matarlo con sopitas calientes. Eran «fake news», es decir, un bulo como un piano.

Debemos a Donald Trump, líder del mundo libre -hay que recalcarlo en esta hora crítica en la que tantos se obnubilan con China-, una reformulación de las «fake news». Él llama así a los medios tradicionales, progresistas, aunque no sólo.
 
Las dos formas comparecen con el coronavirus, porque una fuerte corriente de propaganda gubernamental, avalada por sus expertos, se dirigió a relativizar la percepción del riesgo. Afortunadamente, internet abría otro canal de información sobre las experiencias de China e Italia y las opiniones absolutamente alarmistas -cuñadas, dirían nuestros «inteligentes»- de expertos internacionales. Y esto permite otra definición de «fake news»: son el precio, pequeño, que pagamos por la libertad del gran caudal informativo que libera la tecnología.

Esta crisis lo revela de forma especial. Otras voces ajenas al mundo oficial permitían conocer mejor la realidad del peligro y, más allá de fundamentar una posición política alternativa, como pasara en otras ocasiones, esto tenía un efecto mayor: servir para que individuos o empresas fueran alterando sus comportamientos. Esas medidas individuales habrán podido contribuir, en su modestia, a dificultar la propagación. La pluralidad informativa del mundo actual hizo posible que algunos ciudadanos, «autogobernándose», modificaran su comportamiento antes de que el Estado presentara plan alguno. No necesitaron del gobierno para empezar a obrar correctamente. En ese instante (instante perdido), lo mejor contra el virus era, y aún es, la información, y eso abre un debate interesante sobre lo segundo.