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lunes, 26 de mayo de 2014

Incipit vita nova



 
Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Con la Décima, por fin, en el Bernabéu, “incipit vita nova”, como dijo un paisano de Ancelotti para encabezar su libro de amor.

    Empieza, en efecto, una “vita nova”, pero antes quiero recrearme en los recuerdos de la vieja.
    
Mi recuerdo de la Décima será, sobre el salto de Sergio Ramos en el campo, el salto de Florentino Pérez en el palco: un salto tan simbólico como el de Pedro de Alvarado, el capitán de Cortés, en la Noche Triste, de lado a lado de la calzada inundada, para escapar a la obsidiana india de Simeone.
    
Simeone, con un equipo reventado en la final liguera de Barcelona, puso el fútbol (hablamos de competición, no de tiquitaca), y Florentino, las velas. Contra los movimientos de Simeone, Ancelotti sólo mascaba chicle, como sabiendo que la solución no estaba en el campo, sino en el cielo, “adonde iremos los de siempre”.

    Un arenero de la andanada del 9 en Las Ventas contaba que una vez se les levantó un toro en el desolladero cuando el matarife se disponía a descuartizarlo y que salieron todos corriendo como diablos.

    En Lisboa, ese toro fue Sergio Ramos, hecho “el puto amo” del cojonudismo, en imagen de Casillas, que tiene mano para ellas (el día de su cumpleaños salió en la prensa con una tarta y diciendo “está cojonuda”).

    Cuando Ramos resucitó al Madrid ya en el patio de arrastre, me tomé en serio la leyenda de “la chica de la curva” que Manuel Jabois trasladó al “chico de la terminal”: un joven que, camino de Lisboa, abordó a Florentino Pérez en el aeropuerto para contarle que estuvo en Valencia “y ganamos”; que estuvo en Múnich “y ganamos”; y que viajaba a la Final, “pero no tengo entrada”, un “salsipuedes” supersticioso que resolvió el presidente con un boleto incautado a un directivo.
    
Nadie, pues, se ha currado más esta Décima que Florentino Pérez, y de ahí su salto de Alvarado en Lisboa, ya con pie y medio en la pirámide donde la obsidiana arrebataba a los infelices los corazones que en la mano del sacerdote palpitaban humeantes.

    El dramatismo del partido partió en dos a muchas familias: hombres madridistas (los padres son más de sacar pecho de paloma) y mujeres atléticas (a una madre siempre le parecerá más achuchable Arda Turan que Cristiano Ronaldo).
    
Pero estaba escrito hasta en el horóscopo de Karin Silveyra: mal para Tauro y “gloria con ventura” para Piscis.

    También estaba escrito en el combate Zale-Graziano (o, más reciente, en el Julio César Chávez-Meldrik Taylor), que es como uno se había imaginado desde el principio esta final.

    ¿Qué es el tiempo?

    –Si me lo preguntan, no lo sé –contestó San Agustín, que hoy, sin embargo, ya podría decir: “Darle cinco minutos al Madrid en una final que tenga perdida”.

    El cojonudismo de Ramos y el simeonismo de Di María, más Bale, la tuneladora más cara del mundo (de máquina tan perfecta sólo podía enamorarse un ingeniero de caminos), son los remeros de la Décima (los portugueses amenizaron la espera del partido con un número de marineros muy Tom de Finlandia) que llevó a Florentino Pérez a dar en el palco de Lisboa el salto de Alvarado en México-Tenochtitlan.



EL NÚMERO 10
    La causa del vencedor fue grata a los dioses, pero la del vencido, a Catón. Al Atlético lo mató el Hado y el Madrid completó su estantería de trofeos con la Décima, cúspide de todos los números, pues no se puede pasar más allá sin volver a la unidad. Contamos decimalmente por el hábito de hacerlo con los dedos de las manos, y las creencias populares sostienen que la décima ola del mar sube más que las anteriores y que las aves ponen el décimo huevo mayor que los otros. Diez son los Mandamientos; diez, los grados masónicos; y diez, las Copas de Europa del Real Madrid. Hughes lleva razón: “El Madrid debería ser distinguido con un símbolo de su decimalidad. Ese símbolo, nuevo, recogería simbolizadas Europa, el Fútbol y lo Decimal. ¡Simbolizar eso haría pensar mucho a Europa!”