Follow by Email

martes, 20 de mayo de 2014

Undécima de Feria. Juampedro se viene arriba y hiere a un caballo


Desnudo, como los hijos de la mar...

José Ramón Márquez

Segunda novillada de la Feria del Isidro ’14. Las jóvenes promesas se vienen a Las Ventas a mostrar sus avances, con sus ricos vestidos como de figura, con los nombres del toro por ahí cerca: César Jiménez, Fundi, Luis de Pauloba, Ellauri & Tornay, Luis Álvarez. Mientras en un palco el director de una escuela que no ha dado al toreo un sólo triunfador pastorea a una joven promesa contra la que juega la estadística, en el ruedo y sus alrededores los novilleros punteros, los Pedrito de Portugal del tiempo moderno, los que siempre están en la boca del Marqués de la Cebolla -a quien desde aquí deseamos una feliz recuperación de su grave dolencia- se liaban en la puerta de cuadrillas para hacer el paseo.
 
De los tres al único que no había visto con anterioridad era al fuenlabreño Francisco José Espada. Al salir de casa ya me advirtió el portero, gran aficionado, al estilo antiguo de ser aficionado: “¡Ojito esta tarde con el Espada, el de Fuenlabrada!” Pensé “No sé cómo torea, pero al ser el más pobre de los tres, eso ya le valdrá para abrirse un hueco en el duro corazón de Madrid”. En el cartel, además del paisano de Fundi, estaban Posada de Maravillas y Lama de Góngora (vaya nombrecitos, por cierto). Los novillos reseñados y aprobados por la ciencia veterinaria sin objeción alguna pertenecían a la ganadería de El Montecillo que, aunque pueda parecer increíble, pertenece a un constructor y procede de... Juan Pedro Domecq.  Con estos novillos digamos que todo vuelve a la normalidad juampedrera, que es lo que les gusta a los que se ponen más o menos enfrente.

De los toros digamos que todos estuvieron en el registro juampedrero, que se sustancia en esa sencilla afirmación que trae el programa tarde tras tarde cuando afirma que es ganado que “se arranca pronto y lo hace galopando con alegría y fijeza”. Eso traducido a español de andar por casa significa “más tontos que pichote”. Particularmente reseñables en ese registro tontuno serían los novillos número 6 y 13, Chaparro e Ilustrado, y especialmente este último, que era un carretón semoviente sin una mala mirada, sin un mal gesto, sin una mala idea. De todos los novillos el único que sacó los pies del tiesto fue el sexto, Cabrero, número 26,  que derribó con facilidad al caballo que montaba Chicharito y luego se quedó un buen rato encelado con él y dándole cuantas cornadas se le antojó pegarle. Eso hizo que el toro cambiase extraordinariamente, porque en algún remoto gen del bicho se le debió encender la lucecita del placer de cornear, de clavar en lo blando, y a partir de ahí desarrolló un carácter que nada tenía que ver con la bobería ésa de la alegría y la fijeza.

En su primero Espada estuvo de lo más vulgar, sin decir ni mú a la parroquia con su manera tan moderna de torear, con su falta de personalidad o de concepto de faena. Exactamente lo mismo le pasó en su segundo, el tal Ilustrado, pero era tal la bondad del bicho, su afán por repetir, su ansia de echar una mano al triunfo de su matador, que comenzaron a salir esas series en que el bicho no cesa de moverse -no importa desde dónde ni hacia dónde- y que al público de ahora tanto le entusiasman. La Plaza bramaba de gusto con ese ir y venir por fuera y no tuvo en demasiada consideración el hecho de que por el pitón izquierdo el toro no era tan carretón como por el derecho y ahí hubo algunos enganchones y, si se quiere, los dos o tres mejores muletazos del vulgar trasteo. Le pegó un sartenazo alevoso, bajonazo tabernario, tirando el engaño, y como el toro cayó pronto entre vómitos, las buenas gentes decidieron darle el triunfo. ¡Allá ellos! Si con el mejor toro que le ha salido en su vida, en la Plaza de mayor responsabilidad, la obra que ha sido capaz de dejar es eso... el que quiera que se lo piense.

A Posada de Maravillas y al otro, al Lama, me los voy a quitar de un plumazo porque no ha habido nada en sus cuatro actuaciones digno de ser reseñado salvo que el uno lleva de preparador físico a Curro Álvarez, el de la cuadrilla del arte, y el otro lleva de asesor correteando por el callejón a Luis de Pauloba. Unos adornos muy forzados de Lama, de nula naturalidad fueron algo jaleados. Por lo demás no fue capaz de decir nada con el bueno, el tonto tercero, y con el malo, el sexto, declaró palmariamente que él está en la cosa del arte y que esas antiguallas de la lidia y el valor no van con él, que su espíritu está más próximo a Diego Velázquez, pintor de cámara, que al Espartero, nacido en La Alfalfa y muerto de cornada, ambos sevillanos. De Posada, en estos momentos, dos horas y media después de acabar la corrida, he de declarar que no recuerdo ni cómo era el vestido que llevaba.
La Plaza ha sido un festival de capotes y muletas por el suelo, unas tiradas, otras arrancadas de la mano del torero por el novillo, unas volaron hasta las grupas del toro, un capote se quedó como capirote del novillo... no era una novillada de Moreno Silva, era un juampedreo pero hubo momentos en que se palpaba el miedo y la prevención.

El momento de mayor emoción de la tarde y también el de mayor desconcierto vino con el derribo del caballo, especialmente porque los hombres de capote fueron incapaces, cuando no remisos, en ir a hacer el quite, a llevarse el toro, dejando esa misión en las manos de los monicacos que se agarraban al rabo -cola en Andalucía-, e incluso al pitón, y que moneaban lo suyo de manera totalmente antirreglamentaria y con riesgo para su integridad. Llama también la atención que, en los primeros momentos, los monos tuviesen más diligencia en tratar de proteger al caballo que en intentar sacar a Chicharito de debajo del aleluya, que el hombre se zafó como pudo; también choca que mientras se picaba al toro con el picador de reserva, no quedase un torero cerca del penco caído para proteger de una posible arrancada del novillo a los monos que se esforzaban en desnudar al arre de las innumerables y complicadísimas vestimentas que porta. Antiguallas.
La nota más estrambótica de la tarde fue, sin duda, la ovación cerrada que se le dispensó al bobalicón de Ilustrado mientras lo arrastraban. Las cosas se van subvirtiendo y ahora el comportamiento de vaivén en la muleta mueve las facilonas palmas de tantos espectadores a los que ya se ha adoctrinado en que la bravura es ese tonto ir y venir. Pocos de los aplaudidores podrían habernos hablado del comportamiento del toro en los dos primeros tercios, ni falta que les hacía. Antiguallas. En este año catorce, vigésimo aniversario de la lidia y muerte a estoque de Bastonito, imborrable toro de Baltasar Ibán, esas palmas de esta tarde, mucho más que una broma de indocumentados, eran más bien una lesa burla de todo aquello en lo que creemos.

 El chaparrón

 La boina

El cenizo (amarillo)

 El dios de la lluvia llorando sobre el nido de Abella

 Tornay con Pauloba

 El paseíllo

 Florencio

 El mono

 El pío

 The Passenger
(Iggy Pop)

 Bodegón

 Pasodoble Miguel Ángel Moncholí del maestro Braulio

Moncholí dirigiendo a la banda en su pasodoble...

 ...antes de merendar

 Te untaré mis cuernos con tocino porque no me los toques, Gongorilla...

 Juego del novillo ciego

 El ojo de Zaius

 Aleti, Aleti

 Apocalypse Now

 El Guernica

 Detalle

Antigua Casa Puebla